Los que tenemos cierta edad sabemos que, si hiciéramos con nuestros hijos lo que hicieron con nosotros nuestros padres, el Estado nos quitaría la custodia. Fuimos niños sobre los que se fumaba, que iban en coche sin cinturón de seguridad, adosados a unos padres que seguían haciendo su vida a pesar de nosotros, negándose quizás a ceder el protagonismo de su existencia a sus vástagos. Recordemos la figura paterna ausente de la mexicana Roma, en la que Alfonso Cuarón recordaba cómo su padre abandonaba a su madre y se desentendía de sus hijos para irse con una amante. Para seguir haciendo su vida. La directora argentina, Ana García Blaya, nos presenta en su ópera prima, Las buenas intenciones a un padre de actitud adolescente, rockero, divertido, sí, pero también irresponsable en lo que se entiende por el cuidado de unos hijos, y que sobre todo no cumple las expectativas de su exmujer.