El fantasma encarna el miedo más primario. El miedo a la muerte. Pero en la ficción, los espectros suelen ser además una metáfora de los conflictos de los protagonistas de la historia que nos cuentan. Traumas personales, secretos familiares, el dolor de una pérdida: los entes sobrenaturales pueden ser leídos como la proyección de la psique de los personajes. Estas apariciones incorpóreas -no tienen la fisicidad del asesino en serie del slasher– se prestan por tanto a un terror más atmosférico y psicológico -muchas veces no sabemos si lo que vemos ocurre solo en la mente del protagonista-. Relato de fantasmas paradigmático, la novela La maldición de Hill House (1959) de Shirley Jackson, ha sido llevada al cine por Robert Wise, en 1963 -creo que podemos olvidar el remake de 1999 de Jan de Bont– en una obra de enorme influencia para el subgénero de casas encantadas. Eso, aunque su máximo exponente actual, James Wan, haya optado por un terror sin ninguna ambigüedad.