Pocas secuencias se han quedado tanto tiempo en mi memoria como la de la autopsia en la oscarizada El silencio de los corderos (1991). El director Jonathan Demme nos introducía en un procedimiento completamente ajeno a nosotros, en el que la agente Clarice Starling (Jodie Foster) indagaba en el interior de un cadáver, buscando las pistas que desvelasen el modus operandi -y por tanto la identidad- de un peligroso asesino en serie. Esa mezcla de lo macabro con la limpieza de lo quirúrgico; la tensa, fría y exacta metodología de los forenses ante la muerte, tuvo un impacto evidente en ficciones posteriores. Siempre vi ecos de aquella en las frecuentes autopsias realizadas por la agente Dana Scully (Gillian Anderson) en Expediente X (1993-2016). Probablemente, tampoco habría existido una serie llamada Bones (2005-2016). Pues bien, La autopsia de Jane Doe es, básicamente, la deliciosa expansión de dicha escena hasta convertirse en un ajustado largometraje de 86 minutos.