En los años sesenta, Clint Eastwood fue el “hombre sin nombre” en la famosa trilogía del dólar de Sergio Leone. Un justiciero sin afeitar -lejos del cowboy de sombrero blanco del Hollywood clásico- en la tierra sin Ley del spaghetti western. Inmediatamente después, en Harry el sucio (Don Siegel, 1971), fue un policía enfrentado a sus superiores, políticos, burócratas -y blandos- que eran los principales obstáculos para que el expeditivo detective de la Magnum .44 hiciese “justicia”. Mucho más tarde, ya como director, Eastwood, sigue interesado en la esquiva figura del héroe moderno. El protagonista de El francotirador (2014) era sin duda un “héroe” en el campo de batalla si atendemos a su capacidad para las hazañas bélicas, pero también la víctima de una guerra sin sentido y del trauma de todo veterano para adaptarse a una sociedad civil que le recibe con una incomodidad culpable.