La propuesta musical de los rusos es clara, indie pop ochentero en general y el lado menos áspero de Joy Division en particular.
Así pues los movimientos y bailes a lo Ian Curtis (tanto encima del escenario como entre el público) no creo que extrañasen a nadie. Y precisamente eso fue una de las características del concierto, pese a lo melancólico que tiene en sí el género, la intensidad y la contundencia del sonido del grupo en directo hicieron que  casi nadie dejase de bailar de principio a fin.