Takashi Miike, director japonés, ha cultivado una filmografía inabarcable en la que cada estreno es su penúltima película, dinamitando el concepto de autoría en el cine. De alguna manera, el tipo detrás de Audition (1999) o Ichi The Killer (2001) ha conseguido mantener la productividad de un artesano eficaz en su oficio -suele firmar dos cintas al año, en 2007, por ejemplo, dirigió cuatro- y, sin embargo, a pesar de aceptar todo tipo de encargos y moverse en cualquier género, Miike tiene un sello reconocible casi siempre.