Viene siendo una tendencia habitual que los más iluminados y musicalmente dotados del universo musical acaben cansándose de las confinaciones del formato pop y vayan saliéndose de los márgenes hasta que, a veces, se sumergen en un universo tan complejo y personal que el gran público acaba dándoles la espalda. Ahí tenemos a Rufus Wainwright, entre óperas y sonetos de Shakespeare; o Sufjan Stevens, al que cada vez cuesta más convencerle para que haga algo en la línea del folk luminoso que nos apabulló durante sus discos-estado; o a Benjamin Clementine, que ha desafiado con su muy “arty” segundo disco a todos los que veían en él a un delicado y sensible intérprete de piezas basadas en piano y voz.