El concierto estaba a punto de terminar. Mientras sonaban los acordes finales de My Mistakes, Eleanor Friedberger cogió su chaqueta y su bolso de al lado de la batería, se los puso y, con la ayuda de las primeras filas, bajó del escenario para irse directa al puesto de merchandising, donde unos minutos después estaba vendiendo sus camisetas y sus CDs. Esta pequeña anécdota resume un poco la humildad con la que la norteamericana se plantó en Madrid ante un centenar de personas que la elegimos a ella de entre las muchas propuestas musicales que había esa noche en la capital. No hubo momentos de estrella, pero sí de una cantante que se ha reinventado en su carrera en solitario con dos discos absolutamente maravillosos.