Si tienes más de treinta años probablemente recuerdes con cierta nostalgia los tiempos en los que, con el impulso del Melody Maker y/o el NME, cada mes aparecía una nueva banda británica destinada a ser la mejor del mundo y a poner la escena patas arriba. Luego acabábamos descubriendo que más de la mitad no valían un pimiento, pero eso era lo de menos. La excitación estaba allí, y algunos hechos contundentes nos llevaban a creer que, efectivamente, la banda de nuestra vida podía aguardarnos a la vuelta de la esquina.