El pasado sábado acudimos a una nueva edición, la vigésimo primera nada menos, del Minifestival de Música Independent de Barcelona, uno de los agentes culturales más longevos, coherentes y auténticos de esta ciudad condal cada día más hueca. Una edición marcada, como siempre, por la cantidad y, sobre todo, la calidad de las bandas y artistas reunidos en su cartel. Pero también por su traslado a La Capsa del Prat Llobregat, factor que a muchos de sus seguidores, entre los que por supuesto me cuento, nos provocaba ciertas dudas. ¿Respondería el público? ¿Valdría la pena el cambio? La respuesta es sí, con varios matices. Con la recién estrenada L9 de metro llegar hasta el nuevo emplazamiento es ciertamente asequible y cómodo —si bien lejano—, pero la asistencia de público se resintió. Esperemos que sea algo que el tiempo solucione porque, a cambio, estamos ante un lugar formidable para la música que, de entrada permitió a la organización añadir al de por sí completo Festival tres actuaciones previas al mismo en el espacio habilitado en el bar. Tras Ex-Cèntric, llegamos justo cuando arrancaba el concierto de Her Little Donkey, más orgánico y dreampop que en sus grabaciones, que pudimos disfrutar igual que a Kinsale y sus sugerentes juegos vocales de folk-pop arrebatado.