Uno de los miedos de Agnes Obel es la tendencia del llamado primer mundo a convertirnos, casi de manera obligada, en ciudadanos de cristal.  Nuestra biografía, nuestros gustos, nuestras obsesiones y nuestras inquietudes han de quedar abiertos para que el mundo los vea, opine sobre ellos y, de paso, pueda decir si “les gusta” o no.  La artista danesa no se ha terminado de adaptar a esos comportamientos, y de momento no parece que vayamos a verla incendiando las redes con ejercicios de sobreexposición. Pero sí que quería usar ese concepto de ciudadanos de cristal para desprenderse de algo de su opacidad natural a través del vehículo que le resulta más cómodo, la música.