Ante un atentado terrorista, los asesinatos en serie o la muerte de un niño, nos sentimos vacíos. Estos actos de violencia parecen echarnos en cara que la existencia no tiene demasiado sentido, a pesar de que nos pasamos la vida cargándonos de razones y de valores morales, para construir un castillo de naipes que llamamos civilización. Queremos pensar que existe el bien y el mal. Que hay culpables e inocentes. Cuerdos y locos. Por eso, para calificar al terrorista, al asesino o al agresor sexual, solemos recurrir a la comparación con el animal, con la bestia salvaje. Curioso, porque en realidad, un depredador mata para comer.