En A Ghost Story, una pareja –Rooney Mara y Casey Affleck– se despierta en mitad de la noche, sobresaltada por un misterioso ruido. Cuando vuelven a la cama, abrazados, la frente del uno apoyada en la del otro, comienzan a besarse con ternura. Esta es para mí una de las representaciones cinematográficas del amor más verdaderas que he visto. Un beso que no es la culminación de la famosa tensión sexual no resuelta, que no ocurre tras un peligro fabricado con efectos especiales, ni se debe a exigencias de un productor que pide piel en la pantalla. Ese beso nace de lo cotidiano, de la compañía, de la constatación del otro y por eso es el beso de cine más cercano al amor de la vida real que recuerdo.