«Stand up to rock stars, Napoleon is in high heels / Josephine, be careful of small men with big ideas» («Stand Up Comedy», No Line on the Horizon)

Comenzamos nuevo año de lecturas con unas memorias aparecidas, con notable fanfarria y disco inminente —preocupante, me temo—, a finales de 2022, pero especialmente familiares para un servidor. Me refiero, claro, a Surrender. 40 canciones, una historia, la singular autobiografía de Paul David Hewson, universalmente conocido como Bono, que nos trae Reservoir Books. Sí, ya sé que U2 dejaron de molar hace eones según los cánones de «la modernidad». Y que el dublinés es hoy el «Pablo Iglesias del rock». Pero no todo van a ser Motomamis y TikTokeables discos supuestamente zeitgeist. De vez en cuando, está bien que el músico signifique algo para quien escribe —el primer amor nunca se olvida—. Y, sobre todo, que éste tenga algo que contar…   

Ese es, precisamente, el principal atractivo de Surrender. Bono se mete en todo «fregado» imaginable —los matices, a posteriori—. Por aquí desfilan el joven airado traumatizado por el fallecimiento de su madre. El punk-rockero creyente. El músico de éxito metido a ejercer de ceñuda «conciencia del rock». La celebridad bon vivant. El marido —Ali Stewart coprotagoniza el libro— y padre «sospechoso». El recopilador de anécdotas. El activista «caviar». En definitiva, un tipo con evidentes contradicciones, numerosas dudas, incluso aún más preguntas sobre si mismo. Será un megalómano, pero en estas paǵinas suena bastante humano.     

Además, en Surrender sorprende, para bien, el sentido del humor del habitualmente calificado como mayor ególatra de la música, junto a un tono, salvo alguna excepción, poco gravoso —bien reflejado por la traducción de Ana Mata Buil y Miguel Temprano García—. Asimismo, debe destacarse tanto la voluntad de jugar con el texto, insertando canciones, listas, secuencias oníricas, como la capacidad narrativa del irlandés —siempre fue un gran letrista, aunque cada vez más a cuentagotas—. Sí, hay una línea más o menos cronológica, pero la estructura de capítulos, en torno a tres grandes bloques y las 40 canciones del subtítulo, permite a Bono romperla con frecuencia. Eso le facilita adentrarse en terrenos no demasiado transitados en el subgénero de las memorias musicales. 

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Imágen promocional de U2 con motivo del 30ª aniversario de The Joshua Tree, 2017. Foto: Anton Corbijn

En ese sentido, Surrender es una obra valiente, poco o nada al uso. Por supuesto, junto a los episodios relevantes en el ámbito personal, en ella se da cuenta de la dilatada carrera de U2, grabaciones y discos, giras, batallitas varias. No obstante, creo que Bono usa la trayectoria del grupo como punto de apoyo para profundizar en cuestiones harto infrecuentes. Ya sea la experiencia religiosa —crítico episodio de Shalom incluido—. La vida conyugal y en pareja. La compleja relación con su padre. Su discutido papel como actor político. O la singular dinámica de la banda, cuatro grandes amigos… muy distintos. No, U2 nunca ha sido epítome del sexo, drogas y rock and roll. Qué bien que los topicazos puedan romperse. 

Dicho esto, su osadía formal y temática conlleva ciertos peajes para el lector. Uno es la propia extensión de la autobiografía. Surrender supera holgadamente las 600 páginas y, sinceramente, algún «tijeterazo» le vendría bien. El mejor ejemplo, a mi juicio, es el espacio dedicado a relatar su labor social. La figura del Bono filántropo necesita contexto y argumentos. Resulta loable que el frontman de U2 no rehúya la controversia entre ser un millonario evasor de impuestos que lucha contra la pobreza, o se fotografía con Bush II y sus halcones, criminales de lesa humanidad. Es sumamente interesante, y no caeré en el manido cinismo hipócrita. Los logros de campañas como Drop the Debt, u organizaciones como (RED) y DATA son irrefutables. ¿Pero deben ocupar una sexta parte de las memorias?  

«They want you to be Jesus / They’ll go down on one knee / But they want their money back/ If you’re alive at thirty-three / And you’re turning tricks / With your crucifix/ You’re a star / Ooh child» («Hold Me, Thrill Me, Kiss Me, Kill Me», Batman Forever BSO)

Directamente ligado al párrafo anterior, la tercera parte de Surrender me deja la sensación que la música de U2 queda en un preocupante segundo plano para su cantante y cara más reconocible. De hecho, tras el eterno Achtung Baby, Bono solo se detiene realmente en explicarnos la génesis de All that you can’t leave behind. No creo que Zooropa, Pop o No line in the horizon —sus discos más experimentales, ¿casualidad?— merezcan ese trato. Es más, esa especie de ninguneo parece darles la razón a quienes hablan de la irrelevancia de la banda en las últimas décadas. Hay que cuidar legado y futuro… o asumir la conversión en dinosaurio.

En cualquier caso, prefiero quedarme con lo bueno de Surrender, que es mucho. La estupenda primera parte, donde ahora la sexagenaria celebridad evoca su convulsa adolescencia y la formación e imparable ascenso de la banda hasta el final de los 80. Los capítulos «berlineses» —aprovecho para pedir la traducción de U2 at the end of the world de Bill Flanagan, lo mejor que se ha escrito sobre los irlandeses—. Los sentidos fragmentos relativos a su padre, con la reconstrucción de su relación y el inesperado secreto incluido. Y, diría que por encima de todo, los pasajes que tienen que ver con sus compañeros de U2, un vínculo único que define al grupo y explica su longevidad. Infinitas gracias por ese anuncio escolar, Larry

Puede que Surrender no depare demasiadas sorpresas musicales —si habéis leído a Neil McCormick, Eamon Dunphy, Niall Stokes, etc, podéis echar en falta mayor insight respecto a U2 en este milenio— a los fans irredentos de la banda. No obstante, sí muestra a su vocalista desnudo, en todo su singular y divisivo esplendor. Locuaz —algo turras, a veces—, reflexivo, nada santurrón pese a su religiosidad. Sabedor de su peculiar condición y posición, que lo sitúa en una diana pública, a veces con razón —inolvidable el affaire Apple, menudo drama apocalíptico, ¿verdad?—. Un acróbata en busca del equilibrio, siempre dispuesto a decir, hacer, y soñar las cosas como su idolatrado Sinatra. A su manera.   

«And I must be an acrobat / To talk like this and act like that. / And you can dream, so dream out loud / And you can find your own way out» («Acrobat», Achtung Baby)