Vivir en el campo

Nominada a dos premios Goya, por la dirección novel del prometedor Mikel Gurrea y por la estratosférica interpretación de Vicky LuengoSuro es la última sorpresa del cine español en un 2022 que nos ha dejado una cosecha de obras patrias que se antoja difícil de igualar en los próximos años. La historia nos propone a una pareja joven, Iván y Elena, que intenta crearse un futuro en una finca heredada -por ella- en la Cataluña rural, que cuenta con una explotación de corcho. Por supuesto, Iván y Elena se enfrentarán a los problemas lógicos de comenzar una nueva vida -para formar una familia- sin demasiados recursos económicos, a pesar de pertenecer a una clase media acomodada, a esa burguesía que, en el fondo, siempre acaba cayendo de pie.

Con este sencillo planteamiento y apoyándose en unas excelentes interpretaciones de sus protagonistas –Pol López merecía también la nominación al Goya-, Suro plantea temas y preocupaciones como las relaciones de pareja en un mundo cambiante; la desorientación masculina ante la igualdad de género y el feminismo; la mala conciencia de la clase media ante las desigualdades y la inmigración; y el cuestionamiento de la necesidad de tener un proyecto de vida cuando el mundo parece desmoronarse -la pandemia, la guerra, el cambio climático- mientras nos preguntamos si deberíamos volver a lo básico, a lo primitivo. La película se abre con un baile en el que ambos miembros de la pareja aparecen completamente sincronizados, pero se cierra con otra danza de muy distinto signo, para dar paso a un epílogo alegórico y apocalíptico que convierte a Vicky Luengo en una actriz de culto. 

Suro, por cierto, confirma que el campo se ha convertido en uno de los grandes puntos de interés del cine español de 2022: AlcarràsAs bestas y El agua hablan del fin de la vida rural y de la necesidad de emigrar a las ciudades para subsistir; mientras que cintas como Tenéis que venir a verla o incluso el episodio Equilibrio dirigido por Isaki Lacuesta para la serie Apagón, plantean la vida en el campo como posible escapatoria para la clase media, en el primer caso como un espejismo, en el segundo como una utopía, lo que también hace ahora Suro y de una forma muy estimulante.