Súper empollonas

¡Jó, qué noche!

Pocos subgéneros cinematográficos debe haber tan transitados como la comedia adolescente americana -desde finales de los 70, Desmadre a la americana (John Landis, 1978) pasando por la renovación de American Pie (1999)-. Pero si algo demuestra la sorprendente Súperempollonas -típico título en castellano que busca despistar- es que cualquier producto comercial, con un mínimo de cariño, puede escapar a la mediocridad.

Primera sorpresa, dirige la guapísima -perdonen ustedes la referencia machista a su físico- Olivia Wilde -la recuerdo sobre todo en la serie House– quien, probablemente, cansada de papeles sin enjundia en los que hace de ‘guapa’, se coloca tras la cámara demostrando buen gusto, entender bien la comedia -su marido, Jason Sudeikis, ex alumno del SNL, aparece en un breve papel- y sobre todo sensibilidad.

Lo que ya no sorprende es que en la producción aparezcan los nombres de Adam McKay y Will Ferrell, a los que ya relaciono con un cine comercial que tiene un añadido de interés social o humano. Súper empollonas -de nuevo, título tan poco afortunado como el Jo, qué noche de After Hours (Martin Scorsese, 1985)- comienza como una comedia adolescente, con la fiesta de fin del instituto como excusa para todo tipo de gamberradas juerguistas, pero que también sirve para hablar del fin de la adolescencia.

La película muta hacia un coming of age de sensibilidad indie, que acaba ganándose nuestro corazón, a fuerza de cariño hacia sus personajes protagonistas -femeninas, por cierto- y estupendas actrices -y buenos ejemplos de un casting que evita a los chavales guapos de calendario- Beanie Feldstein -nominada al Globo de Oro- y Kaitlyn Dever.

Sin evitar los clichés, pero buscando giros inesperados para superarlos, Booksmart está saturada de canciones de moda, sí, y de efectos videocliperos -similares a los utilizados, por ejemplo, en la oscura Euphoria– vale, pero además encuentra soluciones visuales muy creativas, que rompen con lo esperado: una secuencia de animación; que las fantasías de las protagonistas se apoderen del relato para mostrarnos un ridículo baile romántico; o dejando que la acción se salga de madre, como cuando conducen en un coche hacia la ceremonia de graduación; y mencionemos también el delicioso y surrealista personaje de Gigi (Billie Lourd).

Además de estas virtudes, el film contiene un mensaje sobre los roles sociales, sobre los arquetipos de instituto en este tipo de películas. Si los empollones se vengaban en La revancha de los novatos (1984), aquí se juega con el prejuicio contrario: que los cerebritos serán los futuros Bill Gates, que verán cómo el quaterback y la cheerleader del instituto les atienden en un Starbucks.

La contradicción de esta absurda premisa es lo que catapulta la historia, que luego se dedica a criticar las etiquetas y los prejuicios que todos sufren por igual en el instituto y bajo cuyas máscaras se esconden simples seres humanos. Así, de buen rollo, y en tono conciliador, la película acaba convirtiéndose en una feel goodmovie que termina siendo mucho más de lo que esperábamos.