El final

No sé si Succession es la mejor serie de los últimos años, porque no las he visto todas. Pero sí tengo claro que la creación de Jesse Armstrong atesora una calidad que pocas veces he disfrutado mirando la televisión. Y no puedo evitar pensar que, a pesar del éxito de esta ficción de HBO, la historia de la familia Roy no ha sido comprendida del todo por el espectador medio. Primero, porque creo que más de uno no se ha enterado de que estamos ante una magnífica comedia. Las rencillas familiares, los rencores, la lucha por el poder, todo eso tan ‘shakesperiano’ es un material dramático de primera, es cierto, pero está mostrado desde el humor. Eso sí, estamos ante una comedia de lo incómodo, de la vergüenza ajena, que ridiculiza a unos personajes con los que es imposible empatizar y que viven situaciones indignas que a veces cuesta soportar. Lo que lleva al segundo punto sobre Succession, que me parece que muchos pasan por alto: es un estudio de personajes. No estamos ante una serie narrativa. Estamos ante una comedia de situaciones: los guionistas proponen un escenario que hace reaccionar a los personajes, que se revelan ante el espectador. Y, de hecho, los personajes de Succession prácticamente no evolucionan. ¿Es Kendall Roy (Jeremy Strong) menos imbécil y flipado en esta última temporada que en la primera? Yo creo que, lejos de madurar, está todavía más jodido que cuando lo conocimos. Por supuesto que la serie da vueltas alrededor de lo mismo. Porque lo que quiere hacer Armstrong, creo yo, es una sátira de los poderosos, claro, y de paso, una radiografía de los peores efectos del capitalismo y un análisis sobre cómo afecta este a las relaciones laborales y, claro, a las familiares. Succession es la evolución de The Office de Ricky Gervais y Stephen Merchant. Si en la ficción británica los retratados éramos nosotros, los currantes de vidas grises sin esperanza aquí son los poderosos los que se ponen en sorna. Es una suerte de venganza social. Los guionistas de Succession son los modernos bufones de la corte. 

Conviene analizar el episodio más comentado de la última temporada de Succession para entender cómo funciona la serie. Hay dos líneas argumentales que funcionan como meras excusas para seguir explorando a los personajes. Dos McGuffins. Uno es la boda de Connor Roy (Alan Ruck), personaje tan patético como sus hermanos que, encima, es despreciado por ellos y que sueña nada menos que con ser presidente de Estados Unidos en una de las mejores puyas de la serie contra la sociedad estadounidense: cualquier imbécil con dinero puede intentarlo. La boda sirve para reunir a los personajes y para generar situaciones de vergüenza ajena en un evento social en el que todo se resume en aparentar felicidad. Paralelamente, Logan Roy (Brian Cox) y Tom (Matthew Macfayden) se dirigen a cerrar una importante venta empresarial de la que depende el futuro de toda la familia. Entonces ocurre un giro inesperado: Logan muere. Lo que vamos a ver a continuación no es cómo este fallecimiento cambia el rumbo del argumento de la serie. Lo que hacen los guionistas es explorar cómo cada uno de los hijos del patriarca afronta la pérdida según sus personalidades. En una idea genial -y retorcida-, Tom le da la oportunidad a cada uno de despedirse de su padre colocando su teléfono móvil al oído de Logan, mientras intentan reanimarle. Una idea absurda, hilarante si no estuviéramos ante la tragedia. Una idea que combina una emoción humana -despedirse de un progenitor que agoniza- y la frialdad empresarial de comunicarse a través de lo tecnológico, de un símbolo de estatus como es el teléfono móvil, encima, desde un jet privado. El episodio es soberbio, empezando por cómo está escrito y acabando en las interpretaciones de unos actores estupendos, por no mencionar esa interesante decisión de realización y montaje que nos escatima la imagen del gran personaje de esta serie en su despedida de la misma. Creo que estas intuiciones se confirman en el siguiente capítulo, Honeymoon States, episodio dedicado exclusivamente al día después a la muerte de Logan Roy y a cómo sus hijos y su entorno digieren la muerte. Succession no es Juego de Tronos. Lo importante no es quién va a conseguir sentarse en el despacho del director del imperio empresarial, sino cómo cada personaje, poco a poco, va revelando sus ambiciones. ¿Cuánto dedica cada uno de ellos al luto? Kendall dice estar muy afectado, pero Roman (Kieran Culkin) asegura que se ha imaginado tantas veces la muerte de su padre que ya ha superado la pérdida, un gag de humor negro que me parece genial; mientras tanto, Connor (Alan Ruck) ya ha comprado la casa paterna a su viuda (Hiam Abbas). Diferentes formas de reaccionar ante un hecho, que revelan a los personajes. Otro tanto ocurre con los directivos empresariales, francamente divertidos y todavía más despiadados gracias a que no tienen lazos familares con el fallecido. ¿Lo mejor de este episodio? Que, ocupándose del dolor y de la pérdida, tiene algunos de los chistes más luminosos de la serie. Risas para descomprimir.

Sorprendentemente, contra todo pronóstico, la serie post Logan Roy se sostiene gracias a su calidad intrínseca. Incluso gana enteros. El episodio de la negociación en Noruega, Kill List, es muy divertido, potenciado el discurso sobre el postureo y las apariencias al máximo, cuando hay miles de millones de dólares, e incluso vidas, en juego. Impagable la ridícula conversación en la que Lukas Matsson (Alexander Skarsgard) dice que están discutiendo sobre si Francia, como país, va a salir adelante – ¿Se puede ser más pretencioso?- mientras el pringado de Tom intenta caer bien, poniendo al límite la incomodidad y la vergüenza ajena. La dinámica de Succession siempre es la misma: los personajes intentan aparentar ser una cosa, y luego son humillados -de cara al espectador- al quedarse al descubierto. Sabemos que Kendall es un iluso, pero, quizás, a pesar de todo, podría tener éxito ¿Es un visionario o solo un idiota con ínfulas que se cree Steve Jobs? En esa ambigüedad transita la escena sobre la presentación empresarial de Living+ -un producto absurdo, puro márketing vacío- en el episodio del mismo título. Solo quizás, Kendall, al tener un lado humano y sensible, acaba teniendo éxito porque es capaz de conectar -de vez en cuando- con otros. ¿Es real la relación entre Tom y Shiv? Desde luego es una de las relaciones de pareja mejor escritas que yo haya visto: de cara a la galería, está claro que Tom ha dado un ‘braguetazo’, pero también hay momentos en los que parece que sus sentimientos son verdaderos, pero cuando alcanza cierto grado de intimidad, todo acaba derrumbándose por las tremendas inseguridades de los dos miembros de la pareja. Todo esto se desarrolla de una forma fantástica en los episodios Living+ y Tailgate Party. En este último se confirma, además, que Lukas (Bill Skaarsgard) no es el genio que aparenta ser, a pesar de su arrogancia y aires de superioridad. Luego, el episodio America Decides, es una buena muestra de la calidad de Succession. Los protagonistas se enfrentan a unas elecciones presidenciales, al frente de su imperio informativo, por primera vez tras la muerte de su padre. Además del acostumbrado análisis de los personajes, en el que se revelan -de nuevo- sus debilidades -la hilarante escena en la que Tom y Greg esnifan cocaína, la decisión de Roman contrapuesta a las dudas morales de Shiv, la falta de carácter de Kendall a la hora de la verdad- pero que además tiene la ambición de ser un durísimo comentario sobre la democracia en Estados Unidos y su relación con los medios de comunicación. ¿Pueden decidir los medios unas elecciones? Lo tremendo es que no nos parezca del todo descabellado.

Pocas cosas más se pueden hacer con los personajes de Succession, que en el episodio Church & State. Kendall enfrentado, impotente, a la disputa por sus hijos con su exmujer, reacciona utilizando, de forma cobarde, los medios económicos -y legales- a su alcance. Pero donde realmente se revelan los hermanos Roy es en el funeral de su padre, en el que se ven obligados a enfrentar la muerte del patriarca y a afrontar sus luces y sus -profundas- sombras. Y de forma soberbia vemos cómo nadie es capaz de aceptar que Logan Roy era un tipo despreciable, un auténtico malvado: la muerte ha lavado sus pecados. La larga escena del funeral es casi insoportable porque nos muestra lo más patético del ser humano, los personajes despojados de sus caretas por el dolor, pero intentando mantener la compostura y vender la imagen de un gran hombre de cara a la galería. Aquí cobran especial importancia los actores, que humanizan a sus personajes y los hacen -casi- cercanos, siempre rozando el ridículo. Luego, la escena posterior en la que vemos a los hermanos peleándose para arrimarse al posible nuevo presidente de Estados Unidos, lleva la vergüenza ajena a unos niveles difíciles de superar. El gran golpe de efecto de esta última temporada de Succession, matar a su gran activo, Logan Roy (Brian Cox), se revela como una decisión tan arriesgada como afortunada: la ausencia del personaje eleva su estatura dramática, paradójicamente lo hace más presente que nunca, aumenta el peso de su sombra sobre sus hijos, lo convierte en una suerte de mito fundacional con el que las nuevas generaciones tendrán que lidiar. Su figura ya es inalcanzable.

El último episodio de la serie tiene una duración de 80 minutos y es divertido, emocionante y emotivo. Probablemente es el capítulo más enfocado en una trama de todo Succession, ya que coloca a los hermanos ante un conflicto dramático claro -la sucesión que da título a la serie- y ante una amenaza externa -Lukas Mattson-. Y el desenlace es, al mismo tiempo, sorprendente y exactamente lo que esperábamos. Una vez más, los personajes se retratan ante una situación límite: Kendall se siente el elegido desde niño, Roman quiere serlo, pero no se siente apto y Shiv quiere vengarse de sus hermanos por no tenerla en cuenta. En el fondo, estamos ante el retrato de gente rica y poderosa que lo seguirá siendo pase lo que pase. It´s just business. No está en juego hacer lo correcto, ni la moral, ni la ética. No existen el bien ni el mal. Lo único que se discute es el valor de los lazos familiares, y aunque la serie nos ha dicho en varias ocasiones que los hermanos siempre serán hermanos, y que los hijos siempre amarán a sus padres, un desenlace amargo y pesimista deja claro que no hay esperanza en este mundo cuando lo que se disputa es el poder. Y aunque absolutamente todos los personajes de Succession son detestables, cuando por fin los vemos convertidos en perdedores de la batalla capitalista, no podemos evitar sentir pena por ellos. Después de todo, tras varias temporadas, les hemos cogido cariño. Lo peor es que también sentimos compasión por los vencedores. Imposible imaginar un final más incómodo.