Adam McKay dirige el primer episodio de Succession, serie creada por Jesse ArmstrongIn the Loop (2009), Four Lions (2010)- de forma coherente con sus trabajos inmediatamente anteriores, El vicio del poder (2018) y La gran apuesta (2015).

Ambas son comedias negrísimas sobre unos Estados Unidos en crisis, económica y moral, en el que la ambición y la avaricia son los valores imperantes. También son retratos del poder, de personas con mucho dinero, que toman decisiones que afectan -y perjudican- a otros. Y esos poderosos son descritos como personas con defectos. Con muchos defectos. De estos surge una comicidad que puede producir una sonrisa congelada por la catadura moral de los actuantes. 

En Succession estos personajes forman parte de una familia, encabezada por un magnífico Brian Cox como Logan Roy, un multimillonario con achaques, auténtico Rey Lear que ve acercarse el momento de dejar su imperio económico en manos de alguno de sus hijos.

No será fácil. Ellos son, primero, Kendall Roy (Jeremy Strong), un hijo de papá, un absoluto inútil -como George W. Bush- que protagoniza escenas de vergüenza ajena, pero que en principio tenía que hacerse cargo de la empresa de su padre. En ese papel había estado antes Roman Roy –Kieran Culkin– con actitud de estar de vuelta de todo, capaz de las bromas más crueles -cuando ofrece un millón de dólares a un niño en un partido de béisbol- y uno de los grandes personajes de la serie. Mencionemos también a Shiv Roy (Sarah Snook), en principio más independiente, pero igual de ambiciosa -y de insegura- que sus hermanos.

Por último tenemos al mayor de todos, Connor Roy (Alan Ruck), que prefiere apartarse de las rencillas fraternales por el poder, aunque todos le desprecien: magnífico el momento en el que regala ‘masa madre’ a su padre por su cumpleaños. Hay que agregar al sobrino idiota, Greg Hirsch (Nicholas Braun) que no duda en apelar al nepotismo para su provecho. Por último, elegante y al margen de todo, la madrastra del clan, Marcia Roy (Hiam Abbass). Todos ellos son presentados en un primer episodio, The Summer Palace, que te convierte automáticamente en fan de esta serie.

El segundo capítulo es también maravilloso, con un hospital como escenario casi único, cuando Logan sufre un derrame cerebral, y donde los imbéciles de los hijos intentan imponer sus privilegios de rico en una situación de vida o muerte. Succession propone el dinero y el poder como los valores más importantes, por encima de la compasión y el amor. 

La lucha fraticida por suceder a Logan sería repugnante si no fuera tan graciosa. La situación de crisis familiar -y empresarial- permite que Kendall diga las frases más idiotas posibles. Hay momentos muy ridículos en este episodio, como cuando cuando el cuñado Tom (Matthew Macfadyen) -otro gran ejemplo de la vergüenza ajena- le pide matrimonio a Shiv. El plano final, en el que Logan despierta finalmente, es un cierre fantástico por su repercusión. 

Los siguientes episodios de la primera temporada desarrollan la guerra por la sucesión y ofrecen imágenes y momentos memorables: Roman masturbándose delante de los rascacielos de Nueva York; o cuando un convaleciente Logan, bajo los efectos de la morfina, lleva la mano de su hija a sus partes; el intento de Tom de fardar por su asquerosa experiencia en su despedida de soltero; el humor negrísimo del accidente en el lanzamiento del satélite. 

Si podemos decir que Succession es una comedia cruel rodada e interpretada como si fuera un drama -potenciado por la música compuesta por Nichola Brittell– también podemos decir que la trama acaba decantándose por la tragedia. Kendall, personaje principal en cuyo éxito la serie nos obliga a poner nuestras esperanzas, acaba siendo un inútil, un niñato blanco que se cree duro cuando habla como un rapero negro -los tacos a destiempo le cuestan caro en los negocios- y que escucha las primeras palabras de su padre tras sobrevivir al derrame: “Eres un jodido idiota”. A pesar de sus esfuerzos, Kendall no consigue escapar a la etiqueta de niño rico, bueno para nada, y sufre derrotas crueles y humillantes, que llevan a ese terrible accidente de tráfico y a la desoladora escena final en la que rompe a llorar en brazos de su padre, su peor enemigo hasta entonces.

La segunda temporada de Succession se convierte en otra cosa diferente y se confirma así como una de las grandes series del año. Si la primera entrega se apoyaba en el gag, en la vergüenza ajena -el posthumor- y el humor negro -negrísimo- los siguientes 10 episodios le dan mucha más importancia al argumento.

Asistiremos a la lucha desesperada del conglomerado por mantenerse a flote, lo que se mezcla, claro, con las dinámicas del clan familiar de los Roy. El protagonismo de Kendall se esfuma, tras sus problemas al final de la primera entrega y el ‘hijo pródigo’ pasa a ser un personaje más, permaneciendo de tapadillo, a pesar de tener sus momentos -su relación con Naomi Pierce (Annabelle Dexter-Jones) y cuando canta rap en el homenaje a su padre-. Eso hasta que una jugada magistral de guión desvela sus verdaderas intenciones en la última escena de esta segunda temporada.

Logan Roy -fantástico Brian Cox, en un auténtico recital- gana relevancia en estos episodios, proponiéndose como uno de los grandes personajes de la ficción catódica, un villano neocon sin escrúpulos -la tensa cena familiar con la familia demócrata de los Pierce en Tern Haven– enfrentado al Congreso en el episodio DC-; personificación del jefe déspota -el juego del ‘jabalí caído’ del capítulo Hunting– y sobre todo un padre terrible, que Cox consigue, de alguna manera, matizar y humanizar. Su enigmática sonrisa al final de la segunda temporada es la guinda de un estupendo personaje, al que hemos visto volver a sus orígenes en Escocia -en Dundee-.

Logan maneja y humilla a sus subalternos, y sobre todo, a sus hijos, a los que utiliza a su antojo. Cada uno experimenta aquí una evolución más que interesante: Shiv, ambiciosa pero insegura, capaz de las peores cosas, actuará siempre bajo la -falsa- promesa envenenada que le hizo su padre en la primera temporada; su marido, Tom, representa mejor que nadie al enchufado, al incompetente con ínfulas, divertidamente machacado por las peticiones sexuales de Shiv, a las que no consigue hacer frente; en la misma línea tenemos a su sidekcick, Greg, un inútil que solo quiere mantener su posición, un peón a utilizar; Roman sigue siendo un muy divertido hijo de puta cuyo punto álgido es esa retorcida relación con Gerri -magnifica J. Smith Cameron-; mencionemos por último el papel, algo menor, pero siempre divertido, de Connor y sus esperanzas políticas -nada menos que la Casa Blanca, en clara referencia a Donald Trump: cualquiera puede aspirar a ser presidente- y su pareja, Willa, una exprostituta que pretende ser autora teatral y que, con dinero, podría llegar a serlo.

El gran fichaje de esta temporada es Holly Hunter, quien interpreta a Rhea, un estupendo personaje misterioso, de lealtades cambiantes, que dará mucho juego como elemento desestabilizador de la familia Roy. No puedo dejar de alabar la forma en la que la serie consigue que nos produzca antipatía un tipo como Gil Eavis (Eric Bogosian), político que ataca a los Roy para que se haga justicia, al que percibimos como un auténtico inquisidor. 

Succession es un adictivo retrato del poder, sí, pero también un retrato de lo humano. De lo peor de nosotros. Ambición y traición son temas universales, shakesperianos, pero también freudianos -esa búsqueda patológica de ser el elegido por el padre, mezclada con el deseo de acabar con él- y una idea terrible, la de que una empresa puede ser casi un organismo vivo que sobrevive a su fundador y que acaba siendo más importante que los seres humanos que la conforman. Ver cómo los ricos ejecutivos y los niños ricos del clan Roy se lanzan puñaladas a vida o muerte en el último episodio de la magnífica segunda temporada es un placer, al que sin duda tengo ganas de volver en una tercera entrega.