Suburbicon es una urbanización de casas perfectas, césped verde y rasurado y coches limpios y brillantes aparcados. La típica estampa de los Estados Unidos más optimistas, consumistas y conservadores. Como en Eduardo Manostijeras (1990) o Terciopelo azul (1986) detrás de esa fachada de perfección idealizada se esconden sombras. Dirigida por George Clooney y escrita por los hermanos Coen, la frase precedente resume esta película impecable, pero sosa.

Los autores de Fargo (1996) vuelven a inspirarse en el cine negro clásico para contar una historia de personas comunes -el matrimonio que forman Matt Damon y Juliane Moore– implicadas en sórdidos asesinatos. Como suele ocurrir en una de los Coen, el crimen está lejos de ser perfecto: de hecho, es una chapuza que pronto se desmorona. El problema es que Clooney dirige de forma estupenda -tiene algunos momentos inspirados y tensos, sobre todo cuando su cámara adopta el punto de vista del niño, Nicky (Noah Jupe)- pero no consigue despegarse lo suficiente de un guión tan redondo como predecible. Hay momentos de humor negro que son puro Coen -Damon pedaleando sobre una bicicleta de niño- que a la dirección elegante de Clooney parecen quedarle lejos. Otra cosa que suelen hacen los hermanos de Minesota es esconder sus intenciones, haciendo sus películas más crípticas, sí, pero también más interesantes. Aquí el director de Los idus de Marzo (2011) resulta diáfano al decirnos que detrás de la fachada de la normalidad blanca, anglosajona y protestante, se esconde la mentira, la avaricia, y sobre todo el miedo, el odio hacia el otro, en este caso, una familia afroamericana que sufre el acoso racista de la comunidad que da nombre al film. Esta subtrama habría sido material suficiente para una película diferente y aquí Clooney la inserta forzadamente para hablarnos, cómo no, de Trump y de su muro.

Buenas intenciones y mucho talento para una película, en definitiva, fallida.