¿Una pérdida de tiempo?

Stranger Things se despide de sus fans en Netflix a lo grande con una cuarta temporada -dividida en las ya habituales dos partes- que es la más cara de toda la serie y que cuenta con episodios más extensos de lo habitual. Una circunstancia que ha alegrado a los seguidores de la creación de los hermanos Duffer pero que, a mí, que nunca me convenció esta nostálgica ficción, me ha sumido en la desesperación. Creo que un mayor presupuesto y una mayor duración han conseguido que cada episodio sea más grande, más espectacular y más terrorífico -más o menos-; pero también se ha amplificado el gran defecto presente desde la primera tanda entrega de Stranger Things. En mi opinión, esta serie tiene poco que contar y lo que narra está expuesto de una forma nada satisfactoria. La primera temporada funcionaba mejor porque no sabíamos lo que estaba pasando y descubrir el enigma hacía que la trama tuviera interés, aunque el argumento diera vueltas y vueltas, sin mucho sentido y de guiño nostálgico en guiño nostálgico. Una vez conocido el origen de Eleven, la conspiración que hay detrás y la naturaleza del mundo del revés, lo que nos cuentan pierde interés porque no hay desarrollo de personajes, ni temas de fondo, ni una narrativa brillante, lo que llevó a que la segunda y tercera temporadas fueran muy criticadas. 

Este defecto se agudiza en esta cuarta temporada, ya que con capítulos que superan los 60 minutos de duración y con un episodio final que es un largometraje, las tramas se alargan y se estiran de una forma que encuentro excesiva. Los Duffer dividen la historia en varias tramas, ya que son muchos los personajes en la trama: a los que se han ido acumulando en tres temporadas, se suman algunos nuevos y se recuperan otros que creíamos haber dejado atrás. Este recurso, que normalmente imprime ritmo y agilidad a lo narrado, ya que saltando de una trama a otra no da tiempo a aburrirnos, aquí me parece contraproducente, ya que no hay avance, prácticamente, en ninguno de los frentes abiertos hasta bien avanzada la temporada. Por no decir hasta el final de la misma. Así, he tenido que soportar un primer episodio dedicado a… ¡Un partido de baloncesto! Que encima se alterna con algo tan cinematográfico como una partida de un juego de rol. Eso sí, ambos eventos aparecen rodados a todo lujo, con la cámara volando sobre una grúa y decenas de figurantes en el público que asiste al partido. Pero ¿Era necesario dedicar tanto tiempo a estos eventos? Yo creo que no. Asimismo, encuentro excesiva la división del argumento en cinco tramas diferentes, lo que diluye el punto de vista y hace que el protagonismo sea más coral que nunca. ¿Dónde quedan los cinco niños que dieron inicio a la historia? Yo los veo relegados a roles casi secundarios. Poco importa, porque si algo encuentro irritante en Stranger Things es un desarrollo de personajes muy pobre: realmente no sabemos demasiado de ellos -Mike Wheeler (Finn Wolfhard) me parece especialmente soso- y resulta increíble que, a pesar de haber compartido con ellos tantísimas horas de aventuras, su interés siga dependiendo casi exclusivamente del carisma de los actores que los interpretan. Volviendo a las tramas que componen la historia, encuentro muy frustrante la que atañe a Jim Hooper -estupendo David Harbour– que necesita más de seis capítulos para que su situación varíe mínimamente. Otra subtrama irritante es la de los abusones del equipo de baloncesto, capitaneados por Jason Carver (Mason Dye), que representan los prejuicios sociales contra el diferente -el gran tema de la serie, aunque siempre tratado desde lo superficial-, el matonismo y el acoso escolar, pero que se pasan todos los episodios buscando a su presa, sin encontrarla nunca (lamento el spoiler). Eso sin contar que el personaje está tan mal escrito que nunca resulta amenazador y que sus acciones son, más bien, poco creíbles.

Stranger Things impide que sus personajes evolucionen, ni siquiera para reflejar la edad que tienen ahora en pantalla, elemento que se desaprovecha completamente. En la mayoría de las películas de los 80, el adolescente de turno echa de menos a su padre (o a su madre), sufre acoso escolar, y luego se convierte en un héroe que salva al mundo. Aquí, Eleven (Millie Bobby Brown) ha salvado al mundo ¡Cuatro veces! y ahora resulta que es la víctima de todos los abusones. Su trama solo sirve, además, para recuperar personajes, escenarios e ideas de la primera temporada en un reciclaje poco estimulante que apuesta por la retrocontinuidad. Por lo demás, esta primera mitad de la cuarta temporada es casi un remake de la temporada original, con los acostumbrados -y simpáticos- robos argumentales de Stephen King y los homenajes también simpáticos pero gratuitos –Robert Englund en una escena sacada de El silencio de los corderos (1991)- a películas de los años 70 y 80: especialmente a Pesadilla en Elm Street (1984). Así, tras más de seis horas de un argumento que da vueltas sin mucho sentido -aunque hay que reconocer algunos momentos estupendos, como la historia narrada en flashback de Victor Creel-, llegamos al episodio final de la temporada en el que, por fin, encuentro lo que buscaba desde el principio: acción, fantasía, terror y aventura. El capítulo final de este primer volumen de Stranger Things es estupendo. Como ya he dicho, tiene la duración de un largometraje y, aun así, prescinde completamente de dos de las cinco tramas que se han estado desarrollando durante la temporada -¿Por qué será?- que quedan, con sus respectivos personajes, completamente olvidadas hasta el segundo volumen. Eso deja espacio para escenas espectaculares y una acción más concentrada, aunque el final se vea estropeado por una secuencia expositiva de puro diálogo que desvela, de la forma más torpe posible, la identidad del gran villano de esta tanda de episodios. Uno de los grandes defectos de esta temporada es que el argumento se alarga tanto que las sorpresas argumentales se desactivan, acaban desvelándose a sí mismas, terminan cayendo por su propio peso.

En mi opinión, Stranger Things es una serie simpática, para pasar el rato, cuya calidad, quizás, no justifica el dedicarle más de siete horas de nuestras vidas. Con la inabarcable oferta de ficción y entretenimiento que tenemos, cuando más de uno se queja porque películas como Drive My Car, -una de las mejores obras del año- dura tres horas, no entiendo que se dedique tanto tiempo a una serie que seguramente ha sido consumida de un tirón, durante el fin de semana de su estreno en Netflix. Quizás es porque la narrativa descromprimida de la serie permite verla mientras se consulta el móvil o se comparten comentarios en Twitter. No os vais a perder nada. Una forma de experimentar historias que, irremediablemente, conlleva el olvido casi instantáneo de lo visto. Nada que objetar. Si habéis disfrutado viéndola, me parece suficiente. Pero no dejo de tener la sensación de que hay mejores cosas que hacer con nuestro tiempo.