¿Y qué más?

Me resulta caprichosa la forma en la que Netflix ha dividido la cuarta temporada de Stranger Things, que se completa con dos episodios, uno de ellos de dos horas y veinte minutos de duración. ¿Por qué hacerlo así? ¿Por qué estrenar estas dos entregas más tarde? ¿Por qué dividir las tres horas y media que restaban en dos capítulos y no en cinco? Poco importa. Lo cierto es que el último tramo de está ficción resulta al mismo tiempo espectacular, divertido y anodino.

Recapitulemos. La serie creada por los Hermanos Duffer comenzó como un simpático remedo de la obra de Stephen King, sobre todo de It (1986). De hecho, aunque el villano de esta temporada esté inspirado en el Freddy Krueger de Pesadilla en Elm Street (1984), las situaciones que vemos aquí son también muy parecidas a la forma en la que ‘Eso’ utilizaba los temores de los protagonistas en la novela de King. A esa base argumental se sumaba una multitud de referencias al cine de los años 80, sobre todo a las películas de Steven Spielberg, tanto las dirigidas por el autor de E.T. el extraterrestre (1982), como a las producidas por este -por ejemplo, Gremlins (1984) o Los Goonies (1985)-. Con este planteamiento, Stranger Things era un divertimento sin más ambición que entretener apelando a nuestra nostalgia -y me imagino que despertando la curiosidad en el público más joven por las obras citadas-.

Desde la primera temporada, sin embargo, las virtudes de Stranger Things no ocultaban los defectos de un guión caprichoso, deslavazado, sin rigor, que se fue desarrollando en sucesivas entregas no precisamente satisfactorias, que fueron añadiendo personajes y situaciones sin demasiada coherencia. Llegados a la cuarta temporada nos encontramos con la necesidad de los Hermanos Duffer de atar los cabos sueltos. Así, se crea al mencionado nuevo villano, al que deben enfrentarse los numerosos personajes aparecidos durante las tres temporadas anteriores a los que se suman nuevas creaciones para esta cuarta entrega. Una sobrepoblación que ha llevado a dividir la trama en varios frentes distintos, diluyendo el interés y ralentizando el desarrollo argumental. Por suerte, en esta última recta final de dos episodios, la acción se concentra para dirigirse hacia el enfrentamiento final contra Vecna (Jamie Campbel Bower). Esto, por fin, le da un empujón a la historia -que lo estaba necesitando- para llevarnos a un clímax espectacular, aunque predecible y no precisamente sorprendente.

Lamentablemente, la serie adolece de graves problemas de ritmo por la inclusión de escenas dramáticas en las que los personajes desnudan sus sentimientos a través de diálogos no precisamente brillantes. Con una puesta en escena estática, estas escenas constituyen parones en la acción, que, además, no resultan coherentes con lo que ocurre en la ficción: ¿Es el fin del mundo un buen momento para decirle a tu crush que soñabas con ser padre de familia numerosa? Este defecto se amplía en un lamentable epílogo, que nos muestra el ansiado reencuentro de los personajes principales, en una concatenación de momentos lacrimógenos que se suponen emocionantes. Entre los personajes secundarios que no nos han importado nada hasta la cuarta temporada y los protagonistas que han desaparecido en estos últimos capítulos, creo que los Hermanos Duffer han sobrestimado el carisma de sus creaciones y se han metido en el pantanoso terreno del melodrama mal ejecutado.

Menciono también sus incursiones en un humor fallido y rancio, como los chistes machistas del ruso Yuri (Nikola Djuricko) o las bromas stoner perpetradas por Argyle (Eduardo Franco), por no hablar de la desperdiciada subtrama sobre ser ‘popular’ y el acoso escolar -el tema principal de la serie- centrada en el personaje de Jason Carver (Mason Dye), cuyo desarrollo y resolución dejan mucho que desear. Añado, finalmente, que encuentro decepcionante el giro final que elimina del planteamiento inicial de la historia el horror cósmico, para centrar el conflicto en la venganza de un adolescente marginado por ser diferente. Decepcionante.