Felizmente «resucitados» en 2019, tras un parón que se alargó una década, sólo habíamos podido disfrutar a Stereolab en Barcelona en el Primavera Sound pre-pandemia. Quedaba verlos en sala, una sangrante ausencia que alcanzaba los quince años. Por tanto, no era de extrañar ni el sold out ni las vibraciones de «concierto grande» en la Sala Apolo. ¿La excusa? La gira de presentación de Pulse of the Early Brain, quinto volumen de su dilatada antología de rarezas Switched On, publicada el pasado septiembre. Sin embargo, creo que todos los asistentes teníamos la certeza que la noche no iba a ir de descartes y caras B. Sino del reencuentro con una de las bandas más fascinantemente inclasificables de la historia del pop.

Aunque antes, de nuevo por sorpresa pese a la conexión con Stereolab —el bajista Xavi Muñoz es su productor habitual y Laetitia Sadier canta junto a él «Le Soleil» en su último disco El desencanto—, tocaba telonero. La tarea del saguntino Alberto Montero no era sencilla, ya que se plantó solo ante el peligro, guitarra y voz. Dudo mucho que las sempiternas cacatúas —gracias Óscar— permitieran disfrutar su actuación —saldremos mejores, nos decían—. Pero, al menos desde las primeras filas, sí logró cautivarnos con su folk-pop sin ataduras, interpretado con hondura y aplomo. Especialmente cuando nos recordó lo hermoso, y a la vez misterioso, que es Arco Mediterráneo, enorme álbum del que cayeron «Cuando el aire resuena», «Flor de naranjo» —con ayuda de Muñoz—, «Madera muerta» o «Viajeros».  

Alberto Montero, con Xavi Muñoz al fondo. Foto: Raül Jiménez

Puntuales respecto al horario previsto, Stereolab se desplegaron en formato quinteto por el Apolo sin aspavientos, incluso con cierta timidez. De hecho, arrancaron titubeantes, tanteando el terreno con «Supah Jaianto» y dejando alguna duda respecto a la voz de Sadier comparada con la potencia de la percusión. No obstante, ya con el segundo tema, el rescate de la pretérita —¡30 años ya!— y profética «Laissez Faire», sentaron las bases de lo que depararía la velada. Sin renunciar a sus aventuras sónicas, una querencia por la descarga guitarrera, incursionando en fragmentos que coquetearon con el noise. Ideal para acallar las aves psitaciformes con entrada, caldear el ambiente y demostrar que el indie pop más diverso, cerebral, y «rojeras» —sí, amigos, las letras del pop pueden tener substancia—, puede hacerte mover el esqueleto. 

Tras el primer arrebato eléctrico, el concierto pasó a una fase algo más reposada. Para que el lado sintético del laboratorio estereofónico británico, presidido por los sintetizadores de Joseph Watson —centrales en el escenario—, junto al más modesto de Sadier, también entrasen en combustión. Aun así, la dedicatoria a las corajudas mujeres de Irán en «Eye of the Volcano» y la quintaesencia experimental, sana sustancia psicotrópica para oídos y mentes, de quince minutos de «Refractions in the Plastic Pulse», epicentro de Dots and Loops, siguieron subiendo la temperatura de la abarrotada sala. Ahora sí, la maquinaria estaba engrasada.  

Tim Gane y Andy Ramsay. Foto: Raül Jiménez

El show entró entonces en una fase sencillamente abrumadora. La perfecta ensoñación motorik de la nuevamente añeja «U.H.F.–MFP» nos trajo el primer solo incontestable del superhéroe indie que es Tim Gane. Le siguió nada menos que el más improbable de los hits, el celebradísimo lounge espacial de «Miss Modular». Luego vendría la espídica «Mountain», con Andy Ramsay desbocado en la batería y Gane edificando un acelerado muro de sonido. Y, tras el remanso marino de «Delugeoisie», el retorno al infalible ritmo 4/4 de «Harmonium», con el otrora fundador de McCarthy —sonrisa de oreja a oreja teclear ese nombre— haciendo aullar sus cuerdas mientras los teclados jugueteaban y el bajo insuflaba vida. Ovación cerrada. 

Desembocamos en el tramo final del concierto con la ingravidez, quizás demasiado lánguida e iterativa —y con voces y coros algo difuminados entre la marabunta transónica—, de «I Feel the Air (of Another Planet)». Mucho mejor, en cambio, la elegante, sofisticada sin resultar distante, «Pack Yr Romantic Mind». Y, sobre todo, el krautrock sideral de la memorable y fundacional «Super-Electric». Épica matemática para devolver al Apolo a unos 90 ajenos a las camisas de leñador, el machacón drum & bass, o el retorno de los peinados Beatlescos a lo tazón, y ponerlo a cabriolear. Una majestuosa forma de poner el punto y seguido al recital. 

El 80% de Stereolab en el Apolo. Foto: Raül Jiménez

Y es que, tras un fugaz retirada, Stereolab salieron dispuestos a echar el resto con los bises. Primero, con el esperado trallazo de «French Disko», tan apresurado como contundente himno de rebelión solidaria contra el pesimismo existencialista —toma ya, igualito que la verbigracia de lo urban, ¿verdad?— . Y para cerrar, una suerte de extensa jam session instrumental conformada por «Simple Headphone Mind» —colaboración de 1997 con Nurse with Wound— fusionándose con la sinuosa, amenazante, «Excursions into “Oh, A-Oh“». Vistos los dos pildorazos previos, parecería que fue un desenlace un poco a la contra…

… Si no fuera porque los británicos siempre han vivido al margen de cánones o modas. Además, su amalgama simpar de estilos, géneros e influencias —de la chanson al space rock marxista, del twee a la electrónica demodé, de la tropicalia situacionista a Kraftwerk— gana proximidad y pegada en directo, como demostraron en el Apolo. Mal que les pese a los profetas de la novedad tuneada, no creo que su regreso a los escenarios sea otro ejercicio de nostalgia. Visto el panorama, Stereolab suenan tan modernos y estimulantes hoy como en su época de apogeo. Ojalá nuevas canciones pronto. Porque otro tipo de pop es posible… y necesario.