Si vais a ver El ascenso de Skywalker en los primeros días de su estreno, en un cine atestado de gente, con familias enteras disfrazadas como los personajes de la saga, descubriréis que no es simplemente una película. 

Sé que no soy el primero en decirlo, pero Star Wars es un mito moderno. Una historia que ha calado tan profundamente en el inconsciente colectivo que ocupa el mismo lugar que las leyendas y la religión. Con esto no quiero decir que la gente “crea” en la Fuerza, sino que su relación con la historia de Luke Skywalker es mucho más íntima que con el libro de Job de la Biblia.

Los mitos no se crearon para vender entradas, camisetas o figuritas: tienen una función psicológica como metáforas de las etapas de la vida, que nos ayudan a superar. Y aunque Star Wars vende un montón de entradas, camisetas y figuritas, su estatura mítica es innegable e inigualable. Porque habrá ayudado a más de un niño a hacerse consciente de la muerte de su padre, le habrá enseñado a otro que una galaxia entera no puede separarle de su hermana, nos ha dicho a todos que hay que rebelarse contra el mal, empezando por el que anida en nuestro interior. 

Esta es mi carta de amor a Star Wars. Una serie de películas, sobre todo las clásicas -para qué engañarnos- que me han acompañado durante toda la vida, que vuelvo a ver periódicamente, en las que he pensado seguramente demasiado y que despertaron en mí el amor por la fantasía, la ciencia ficción, y por el cine. A continuación comento cada film, según el orden de las fechas de estreno, como anticipo al esperado cierra de la saga, esa novena película que prometió y negó George Lucas durante años, y que ahora nos ofrece J.J. Abrams. Seguro que ni él mismo se lo cree. Espero que os guste. Gracias por leer.

STAR WARS: EPISODIO IV -UNA NUEVA ESPERANZA (GEORGE LUCAS, 1977)

Resulta imposible entender en 2020 lo que debe haber sido entrar en un cine en 1977 a ver una película llamada Star Wars. Sin tener ni idea de lo que te ibas a encontrar, cuando La Guerra de las Galaxias era puro misterio. No sabíamos nada de aquel universo tan lejano. Es ese misterio lo que J.J. Abrams ha intentado recuperar con su secretismo sobre El despertar de la Fuerza, en 2015, sin demasiado éxito.

Una nave gigantesca, más grande que la vida, irrumpía en la pantalla de cine. Ahora sabemos que se trata de un destructor imperial, pero entonces no teníamos ni idea. Y la película no nos explicaba nada. En este sentido, George Lucas seguía la idea de Stanley Kubrick -en 2001: Una odisea del espacio (1968), de la que también sale la respiración de Darth Vader– que establecía que, si los personajes viven en ese mundo, no es lógico que se expliquen unos a otros cómo funciona todo a su alrededor.

Igual que nosotros no le contamos a nadie cómo funciona un coche. Star Wars era lo no explicado. Estimulaba nuestra imaginación, que fantaseaba con esas Guerras Clon de las que Ben Kenobi (Alec Guiness) le hablaba a Luke (Mark Hamill). Hoy tenemos una película sobre ellas, El ataque de los clones (2002). ¿Cómo robaron los rebeldes los planos de la Estrella de la Muerte? Entonces no importaba. En 2016 tuvimos otro film sobre el tema, Rogue OneStar Wars era imaginarse todo eso que ahora tenemos sobreexplicado en precuelas, novelas, cómics, series animadas, páginas webs y documentales. Algo hemos perdido.

En Star Wars, George Lucas supo mezclar muy bien diversos elementos para hacer algo original. Todo comenzó con Akira Kurosawa y sus películas de samuráis. Lucas se inspiró en ellos para sus jedis y más concretamente en La fortaleza escondida (1958) de donde extrajo la idea de una pareja cómica –R2D2 y un C3PO cuyo aspecto recuerda a la María de Metrópolis (Fritz Lang, 1927)- y también de una princesa temperamental y guerrera. ¿Y si Toshiro Mifune hubiera sido Obi-Wan Kenobi? Sergio Leone plagió Yojimbo (1961) en Por un puñado de dólares (1964), y Tatooine tiene mucho de Almería, es casi un spaghetti Sci-Fi.

Estas influencias se mezclan con la intención de hacer un serial de aventuras galácticas -una space opera al estilo de Flash Gordon (1936)- copiando además momentos del cine de aventuras que deben haberse quedado grabados en la memoria del autor de THX 1138 (1971). Cuando Luke atraviesa un abismo en la Estrella de la Muerte con la princesa Leia (Carrie Fisher), el director calca una escena de Simbad y la princesa (Nathan Juran, 1958). Por si fuera poco, las escaramuzas entre los Ala-X y los cazas TIE están inspiradas en viejos documentales de la Segunda Guerra Mundial.

Por debajo de estas referencias cinéfilas, hay un sustrato mítico, fruto del estudio que hizo Lucas de la obra del mitógrafo Joseph Campbell. Star Wars tiene los mismos elementos que los mitos de culturas de todo el mundo: la idea de una persona corriente que se convierte en héroe, en el elegido, para salvarnos del mal. J.R.R Tolkien debe haber pensado algo similar: si comparáis la historia de Luke con la de Frodo, encontraréis que Star Wars y El Señor de los anillos (1954) cuentan prácticamente lo mismo. Luke es un granjero y Frodo un simple hobbit que vive en la Comarca. Un mentor les enseña el camino para convertirse héroes: Ben Kenobi y Gandalf. Ambos encuentran aliados en una cantina: Han Solo y Aragorn. Los dos reciben armas de gran poder: el sable láser y el anillo único. Y se aventuran en el territorio de su gran enemigo Darth Vader/Sauron cuando entran en la Estrella de la Muerte/Mordor. Por último, el anillo único ejerce en Frodo el mismo poder que el lado oscuro en Luke. Con esto no estoy hablando de un plagio, ni de una casualidad, sino de elementos comunes a todas las historias que forman parte del inconsciente colectivo humano. Por eso, Star Wars (1977) -o El Señor de los Anillos, o Matrix (1999)- resuena a un nivel muy profundo en todos nosotros. Por eso resulta casi imposible resistirse a su encanto. Puntuación: 9/10

STAR WARS: EPISODIO V -EL IMPERIO CONTRAATACA (IRVING KERSHNER, 1980)

Siempre he pensado que la película original de Star Wars (1977) -esa a la que luego se le añadió aquello de “Episodio IV“- es única. Creo que su final, con el triunfo de la rebelión y el espectacular clímax de la destrucción de la Estrella de la Muerte, ofrece la sensación de cierre, de conclusión. Es verdad que quedaban cabos sueltos: Luke Skywalker (Mark Hamill) no llegaba a enfrentarse directamente a Darth Vader (James Earl Jones) y este acababa flotando en el espacio; pero tenéis que admitir que en Una nueva esperanza no hay un cliffhanger obvio como en el resto de películas de la saga, exceptuando, claro, El Retorno del Jedi (1983). Lo que quiero decir es que La Guerra de las Galaxias existe en mi mente como una obra cerrada y perfecta. Las secuelas y precuelas son otra cosa. Algo similar me ocurre con Matrix (1999).

Dicho esto, El Imperio Contraataca (1980) es mi película favorita. Y creo que es la mejor de la saga. El guión de Lawrence Kasdan -autor de En busca del arca perdida (1981)- y de Leigh Bracket -colaboradora habitual de Howard Hawks– a partir de una historia de George Lucas es dinámico, ingenioso y brillante en los diálogos. Los intérpretes -sobre todo Harrison Ford y Carrie Fisher- están mejor que nunca. La dirección de Irving Kershner es funcional, pero también sobria y elegante. Y creo que no hace falta hablar de los efectos especiales. A pesar de ser una secuela, El Imperio no se repite, presenta ideas nuevas o escenas soñadas como el enfrentamiento entre Luke y Darth Vader. Eso sin contar con los divertidos giros propios de la space opera, término que mezcla ciencia ficción y culebrón. Por todo esto, creo que muchos sentimos que el Episodio V es la cúspide de la saga de Lucas.

Si lo pensáis bien, El Imperio Contraataca es Star Wars. La mayoría de las cosas que identificamos con la saga están en esta secuela y no en la original. Empezando por los mastodónticos caminantes imperiales -los AT-AT-; destacando a un personaje tan importante como Yoda (Frank Oz); sin olvidar a otros como Lando Calrissiam (Billy Dee Williams) o Boba Fett (Jeremy Bulloch); pasando por momentos como el ya mencionado duelo de espadas láser que lleva a una de las frases más reconocibles de la historia del cine: “Yo soy tu padre”. El romance entre Han y Leia produce, además, otra línea de diálogo inolvidable, el “lo sé” que responde Han Solo al “te quiero” de la princesa. Por último, se puede decir que La marcha imperial de John Williams es el tema más popular de la saga. ¿O no?

En Clerks (Kevin Smith, 1994), dice el protagonista que “El Imperio tiene un final mejor: a Luke le cortan la mano, descubre que Darth Vader es su padre, a Han lo congelan y parece que ha muerto… es deprimente. Verás, la vida es así, una sucesión de finales tristes.” Y tiene razón. El Episodio V reduce el papel de los droides y amplía los conflictos dramáticos -freudianos- que son más complejos que la mera oposición del bien y del mal. En Una nueva esperanza el lado oscuro de la Fuerza estaba claramente definido y personificado en Darth Vader; aquí, Yoda enseña a Luke que el mal anida también en su interior. Si toda la saga está pensada para un público infantil, El Imperio Contraataca parece una película para niños que también puede disfrutar un adulto. Puntuación: 10/10

STAR WARS: EPISODIO VI -EL RETORNO DEL JEDI (RICHARD MARQUAND, 1983)

El Retorno del Jedi le debe a Kevin Smith su mala fama de película de “muñecos”. Es verdad que hay marionetas y un montón de ewoks. Es cierto que George Lucas abandona el tono relativamente adulto de El imperio contraataca (1980). Pero a cambio, el Episodio VI recupera el optimismo contagioso de Una nueva esperanza (1977), que se resume en el grito eufórico de Lando Calrissian (Billy Dee Williams) tras la destrucción de la segunda Estrella de la Muerte.

El principal defecto del Retorno es que aporta pocas novedades. Sí que se estrenan personajes importantes -ya mencionados en las películas anteriores- como el repugnante Jabba el Hutt y el malvado emperador Palpatine (Ian McDiarmid). Hay también secuencias memorables como el homenaje al stop-motion que es el gigantesco rancor y la electrizante carrera de moto jets. No olvidemos a los ewoks, que a pesar del odio que despiertan en los espectadores “adultos”, son el mejor reflejo de la rebelión contra el Imperio opresor y su poderío tecnológico. Pero hay que reconocer que el resto de elementos de la película son una reiteración de lo ya visto en los capítulos anteriores y casi un remake de Una nueva esperanza. Revisitamos Tatooine con los droides; Luke (Mark Hamill) vuelve a encontrarse con Yoda (Frank Oz); descubrimos también que hay otro Skywalker; la batalla helada de Hoth es reemplazada por la de la jungla en la luna de Endor; cambiamos los pesados AT-AT por los ágiles AT-ST; Luke y Vader vuelven a enfrentarse con sus sables; y se repite la batalla final de la Estrella de la Muerte, que si bien supera a la original en el apartado técnico, seguramente no la iguala en emoción. Esta estrategia de evocar momentos ya conocidos sería la elegida por Lucas en las precuelas: según él, estas “riman” con la trilogía original. 30 años después, el esperado Episodio VII (2015) hace algo similar para complacer al fan.

A pesar de estos defectos, El retorno del Jedi es una película perfecta para su público (infantil): es pura aventura. Hay una mayor dosis de humor -los ewoks creen que C3PO (Anthony Daniels) es dios- y como en muchas terceras partes, asoman los primeros apuntes autoconscientes, postmodernos: el mencionado C3PO narra a los ewoks lo ocurrido en las entregas anteriores. En otro momento, Chewbacca (Peter Mayhew) se columpia en una liana haciendo el grito de Tarzán. Puntuación: 8/10

STAR WARS: EPISODIO I -LA AMENAZA FANTASMA (GEORGE LUCAS, 1999)

Seguramente la primera película de la trilogía de precuelas de Star Wars no es tan mala como la recordamos. Pero al menos para mí, es la peor de las ocho películas que, hasta hace poco, componían la saga. Su gran problema es que resulta aburrida. No hay otra forma de decirlo. De ritmo irregular, el film alterna secuencias estupendas con momentos absolutamente insoportables que lastran su interés. Los peores son probablemente los de esa subtrama política cargada de diálogos farragosos que los personajes declaman en escenas estáticas por culpa de los cromas. George Lucas se pone serio -¿Para qué?- y se empeña en hablarnos del uso del miedo para limitar la democracia. Tiene su mérito, porque se anticipa un par de años al clima post 11-S del cine que vendrá. Pero como narrativa cinematográfica, esta subtrama no despierta precisamente el entusiasmo. Se supone que Star Wars debe ser fantasía y aventura.

No hace falta incidir a estas alturas en el odiado Jar Jar Binks (Ahmed Best), heredero del humor de los ewoks de El retorno del Jedi (Richard Marquand, 1983) -puro slapstick– pero sin la presencia física de aquellos, aunque fueran de peluche. En general, los efectos especiales que dan vida a los gungan de Naboo son lo más endeble de la película. Si George Lucas hubiera decidido no hacer caso de su obsesión por crear personajes y decorados digitales -en busca de la libertad total del director de cine- quizás estaríamos ante una película muy diferente. La prueba es que J.J. Abrams se empeñó en que en El despertar de la Fuerza (2015), los efectos y decorados fueran físicos. Encima rodó en celuloide. Toma ya.

También se ha criticado siempre el tono infantil del film, una tendencia que ya podía entreverse en El retorno del Jedi. Creo que esto se debe sobre todo a que el personaje principal es un niño, Anakin Skywalker (Jake Lloyd), pero seamos sinceros: el público objetivo de Star Wars son los críos. La inocencia de Anakin es un punto a favor de la película y su personaje, que debe liberarse de la esclavitud, resulta coherente con los valores presentes en la saga. El otro acierto es su relación paternal con Qui-Gon Jinn, maestro jedi interpretado por un Liam Neeson que es quizás lo más sólido de la película y el auténtico protagonista.

El otro punto controvertido de La amenaza fantasma es la inmaculada concepción de Anakin. Lo que parece un desvarío de George Lucas se puede explicar por su filiación a las teorías del mitógrafo Joseph Campbell sobre el “monomito”: una historia arquetípica cuyas etapas esenciales se repiten en las leyendas de muchas culturas humanas. No solo Jesús fue engendrado sin la participación de un padre humano, recordemos también a los semidioses de la mitología griega, todos hijos “bastardos” de Zeus. El origen misterioso de Anakin se debe también a una necesidad argumental: Star Wars es una historia sobre la paternidad. Inventarse un progenitor para Anakin era abrir otra historia que quizás a Lucas no le interesaba explorar. Lo verdaderamente malo es que el autor se saca de la manga una coartada pseudocientífica para un asunto que siempre había sido una cuestión de fe: los midiclorianos son la explicación -¡microscópica!- de la Fuerza. En todo caso, el personaje de Anakin responde al arquetipo del “elegido”: igual que Frodo en El Señor de los Anillos (J.R.R Tolkien, 1954), John Connor en Terminator (James Cameron, 1984) o Neo (Keanu Reeves) en Matrix (Los Hermanos Wachowski, 1999). Eso sí, sabemos que “el que traerá el equilibrio a la Fuerza” será realmente Luke (Mark Hamill).

Obviamente, también hay cosas buenas en esta película. La Amenaza Fantasma brilla cuando más se parece a la trilogía original, cuyo espíritu reencontramos en los rústicos ropajes de los jedi; en las arenas de Tatooine; en la imagen imperfecta de los hologramas que utilizan para comunicarse; en los uniformes de la República en los que se perciben los diseños de los del posterior Imperio; en la nave de Darth Maul (Ray Park) que prefigura la de Darth Vader (James Earl Jones); en los efectos de sonido creados por Ben Burtt y sobre todo en la magistral partitura de John Williams. Conscientemente, George Lucas busca en su película escenas “espejo” que reflejan momentos de Una nueva esperanza (1977): Padmé (Natalie Portman) se agacha delante de R2D2 (Kenny Baker) como lo hizo -¿o lo hará?- Leia (Carrie Fisher); la carrera de vainas recuerda a los X-Wings en las trincheras de la Estrella de la Muerte; en la escena final, los héroes también reciben medallas como recompensa y Lucas hace incluso los mismos planos de las sonrisas de sus protagonistas.

George Lucas se mantiene fiel a sus fuentes y vuelve a buscar inspiración en los mismos clásicos que le sirvieron en 1977. La idea de una reina, Amidala (Natalie Portman), que utiliza un señuelo (¡Keira Knightley!) para poder mezclarse con los plebeyos proviene de La fortaleza escondida (Akira Kurosawa, 1958) de la que Lucas había copiado ya una pareja cómica que se parece mucho a R2D2 y a C3PO (Anthony Daniels). También vemos en el ejército gungan ecos de las tropas de Ran (Akira Kurosawa, 1985) y sus coloridos estandartes. Lucas ha copiado siempre, además, los barridos (wipes) entre planos del maestro japonés. No descubro nada, además, si os digo que la carrera de vainas proviene de la de cuádrigas de Ben-Hur (William Wyler, 1959) aunque sus corredores tengan el tono de Los autos locos (Hanna-Barbera, 1968). ¿No se parece Sebulba (Lewis Mcloud) a Pierre Nodoyuna (Dick Dastardly)? Hay, además, guiños a Metrópolis (Fritz Lang, 1927) en el planeta-ciudad Coruscant -recordemos que C3PO ya estaba inspirado en la mujer máquina de aquella- y curiosos cameos, como la presencia en el senado de los congéneres de E.T., el extraterrestre (Steven Spielberg, 1982) o la de  Warwick Davis -Wicket en El retorno del Jedi y protagonista de Willow (Ron Howard, 1988)- como espectador de la mencionada carrera de vainas.

Lo mejor de esta película aparece cuando George Lucas permite que la imagen y el sonido se apoderen del espectáculo. La larga secuencia de la carrera de vainas es espectacular en todos los sentidos. Lucas consigue que la tensión vaya creciendo sin apoyarse -por esta vez- en la música de John Williams. Hizo algo similar en Una nueva esperanza (1977) en la batalla de la Estrella de la Muerte: la música aparece solo para iniciar el clímax. El otro momento a destacar es la pelea de sables láser -acrobáticas como nunca antes- entre Obi-Wan Kenobi (Ewan McGregor), Qui-Gon Jinn y Darth Maul. La tensa espera de los luchadores ante las barreras de energía que les impiden el paso, es uno de los hallazgos más originales de toda la saga. Puntuación: 5/10

STAR WARS: EPISODIO II -EL ATAQUE DE LOS CLONES (GEORGE LUCAS, 2002)

El Ataque de los clones es para muchos la peor película de Star Wars. Yo solo puedo disentir un poco: creo que es la segunda peor. La ausencia de un personaje fallido como el famoso Jar Jar Binks la coloca por encima de La amenaza fantasma (George Lucas, 1999). Hay además en el Episodio II una dosis inferior de la farragosa trama política que lastraba el Episodio I. Por lo demás, es cuestión de gustos. En la primera entrega de las precuelas teníamos una aventura más infantil -no toméis el término en el sentido peyorativo- con un tono optimista que recuerda a Una nueva esperanza (George Lucas, 1977). El ataque de los clones, en cambio, tiene aspectos que la emparentan con El imperio contraataca (Irvin Kershner, 1980), pero obviamente está a miles de parsecs de la calidad de aquella. La película comete, además, dos pecados al desvelar misterios que nadie quería resolver. Vemos aquí la famosa guerra clon -mencionada por Ben Kenobi (Alec Guiness)- y el origen del enigmático Boba Fett. Y como suele ocurrir, ambos asuntos eran mucho más interesantes cuando solo existían en nuestra imaginación.

Valoraciones subjetivas aparte, hay un tema en El ataque de los clones que era inédito en Star Wars: la rabia juvenil. Una rebeldía adolescente que no vimos demasiado en Luke Skywalker (Mark Hamill). El protagonista aquí, Anakin Skywalker (Hayden Christensen), es un rebelde sin causa: en un momento de la película le vemos correr en su speeder bike a toda velocidad como podría haberlo hecho James Dean en los años 50. El problema, quizás, es que Lucas no profundiza en el inconformismo de Anakin. Si en la primera trilogía Luke tenía un desarrollo de personaje muy claro hasta convertirse en Jedi, aquí la caída de Anakin al lado oscuro no está narrada demasiado bien. Antes que por el desarrollo de los personajes, Lucas apuesta por la mezcla de géneros. El más cuestionable es sin duda el romántico: la relación entre Anakin y Padmé Amidala (Natalie Portman) solo se salva por el arrebatado tema musical compuesto por John Williams. Pero hay más géneros cinematográficos en el Episodio II, como el cine negro que domina las secuencias en Coruscant y la investigación -casi policial- de Obi-Wan Kenobi (Ewan McGregor) tras la pista de una conspiración. Encontramos también un aire de ciencia ficción “clásica” en el planeta acuático Kamino y los extraños clonadores que allí trabajan. Y por supuesto la fantasía -Space Opera– del planeta Geonosis, habitado por insectos que recuerdan a los marcianos de la serie de novelas iniciada por Una princesa de Marte (Edgar Rice Burroughs, 1917) y adaptada luego en John Carter (Andrew Stanton, 2012). Si os fijáis, los bichos son iguales en ambos films.

Hay también algo del western: el clásico, el de John Ford, en el encuentro de Anakin con los moradores de las arenas que han secuestrado a su madre, que parece evocar a los pieles rojas de Centauros del desierto (John Ford, 1956). Pero también del spaguetti western: si el misterioso y silencioso Boba Fett siempre había recordado al “hombre sin nombre” –Clint Eastwood– de la trilogía del dólar de Sergio Leone– aquí, su padre se llama nada menos que Jango Fett (Temuera Morrison) un nombre que remite al personaje Django, aparecido en decenas de westerns, empezando por Django (Sergio Corbucci, 1966) y acabando con Django Desencadenado (Quentin Tarantino, 2012). Recordemos además que Por un puñado de dólares (Sergio Leone, 1964) era un plagio de Yojimbo (Akira Kurosawa, 1961) y que la filmografía samurái del maestro japonés inspiró de forma determinante a George Lucas en la primera película de la saga. Se cierra el círculo. Apuntar también en el Episodio II algunos brochazos de otro subgénero italiano, el péplum, en la escena en la que los protagonistas son sacrificados en un coliseo-colmena. Y otro círculo que se cierra: si la primera Star Wars en 1977 nos hacía pensar en videojuegos que todavía no existían –Space Invaders es de 1978- en 2002, Lucas se rinde al medio que domina hoy la industria del entretenimiento y diseña una set piece en la fábrica de droides de la Federación de Comercio que se parece mucho -demasiado- a un juego de plataformas en la línea de Mario Bros. (1983).

Lo que está bien en El ataque de los clones son, como ocurría en La amenaza fantasma, las estupendas set pieces: el continuo movimiento de la trepidante persecución en Coruscant, un planeta-ciudad a medio camino entre Metrópolis (Fritz Lang, 1927) y Blade Runner (Ridley Scott, 1982); las bombas que lanza la nave Slave I de Jango Fett contra Obi-Wan Kenobi, cuyas explosiones van precedidas de un instante de silencio; el duelo entre estos últimos bajo la lluvia del planeta Kamino; la entrañable presencia de Christopher Lee como el Conde Dooku -claro homenaje a su personaje más famoso, el Conde Drácula- que permite que cada trilogía cuente con su estrella de Hammer Films: Peter Cushing participó en Star Wars (1977).

El clavo ardiendo al que nos aferramos los fans de la trilogía clásica son los ecos de esas películas que encontramos en las precuelas. Cuando Obi-Wan (Ewan McGregor) corta un brazo en un bar de Coruscant recordamos el que Ben Kenobi (Alec Guiness) corta en la cantina de Mos Eisley. Anakin y Padmé se abrazan antes de saltar al vacío en la fábrica de droides, como lo hicieron Luke y Leia (Carrie Fisher) en la Estrella de la Muerte, en una imagen robada de Simbad y la Princesa (Nathan Juran,1958); Anakin pierde un brazo ante el Conde Dooku -comienza a convertirse en una máquina- como perderá Luke su mano ante él mismo en El imperio contraataca (1980); C3PO (Anthony Daniels) acaba destrozado en piezas, algo que le ha ocurrido repetidamente; la persecución de Obi-Wan a Jango Fett, entre asteroides y recurriendo a la argucia de soltar lastre para perder de vista a su perseguidor es similar a lo que hace Han Solo (Harrison Ford) cuando le pisen los talones el Imperio y precisamente Boba Fett; la comida familiar que comparte Anakin con Owen Lars y Berú nos lleva directamente a Una nueva esperanza (1977), recuperando aquel escenario en Tatooine; y por último, sabemos que la marcha del ejército clon ante la mirada atenta del senador Palpatine (Ian Mcdiarmid) pronto se convertirá en la del Imperio ante el malvado Emperador. Precisamente, para el final de la película, George Lucas renuncia de nuevo a los diálogos y prefiere que John Williams se apodere de la narración con su música. Se contrapone su tema ya clásico, The Imperial March, que acompaña el desfile de soldados clon, a su nueva pieza, Across the Stars, que proporciona emoción a la boda secreta de Anakin Skywalker y Padmé Amidala. Puntuación: 6/10

STAR WARS: EPISODIO III -LA VENGANZA DE LOS SITH (GEORGE LUCAS, 2005)

Simon Pegg, actor fetiche del director británico Edgar Wright y considerado una autoridad en temas frikis, respondió en una entrevista reciente que la mejor de las precuelas de Star Wars -que por otro lado, odia- es La venganza de los Sith. La razón no es necesariamente una mayor calidad cinematográfica del film, sino su carácter de película-puente con la trilogía clásica. Pegg -que interpreta a Scotty en las nuevas películas de Star Trek y que aparece en El despertar de la Fuerza– argumenta que lo que ocurre en las precuelas “no le interesa para nada”.

Si pudiéramos ponernos en la piel de un espectador “virgen” que no ha visto las películas clásicas, creo que descubriríamos que la historia, lo que cuentan estas primeras películas, no es interesante. Sé que esto es absolutamente subjetivo, pero tengo la sensación de que las precuelas han sido concebidas siempre desde el punto de vista del espectador -nostálgico- de la trilogía clásica. Esto puede resultar obvio, pero siempre me he preguntado qué habría pasado si George Lucas hubiese intentado contar algo nuevo. Lógicamente, había que narrar la historia de Obi-Wan Kenobi y Anakin Skywalker, pero ¿Era necesario meter -con calzador- a personajes como Chewbacca? Yo creo que no. Tampoco eran necesarias piruetas argumentales como que el padre de Boba Fett fuera el molde para los soldados clon que luego se convertirían en stormtroopers. Ni que Anakin fuera el constructor de C3PO, o Padmé la dueña de R2D2. Si Lucas se hubiese olvidado de todo eso, quizás, habría conseguido una historia menos enconsertada.

Ahora bien, no se puede negar que este Episodio III es un prodigio en lo que respecta a su diseño de producción. Los mundos fantásticos, las criaturas increíbles, la variedad de naves y vehículos, incluso los uniformes de los soldados de la República, todo goza de una riqueza de detalles difícil de igualar que hacen de la película un derroche visual. Resalta sobre todo la secuencia que narra la muerte de los caballeros Jedis en varios planetas, cada uno completamente diferente al anterior. Pero si nos centramos en los personajes, Lucas demuestra sus carencias. Interpretados por actores claramente incómodos, muy tiesos, recitando diálogos sin brillo delante de frías pantallas verdes o cromas. Estos aburridos momentos se intercalan con batallas espectaculares -destaca la batalla aérea del inicio- pero sin la humanidad necesaria para implicarnos emocionalmente en la historia. Estupendos actores como Ewan McGregor y Natalie Portman hacen su mejor esfuerzo para darle vida a escenas que parecen teatro filmado. La comparación con Una nueva esperanza (George Lucas, 1977) que es pura aventura y movimiento, resulta dolorosa.

Al igual que en el Episodio II, Lucas divide la historia en dos. Por un lado, vemos a Anakin (Hayden Christensen) caer finalmente bajo la influencia del senador Palpatine (Ian McDiarmid) en lo que es la trama más estática de la película. Por otro lado, Obi-Wan Kenobi (Ewan McGregor) protagoniza la batalla clave contra el General Grievious (Matthew Wood) en lo que constituye la parte más dinámica -y mejor- del film. En el tercer acto, Lucas enfrenta a estos dos personajes, en el duelo más esperado de la saga: por fin vemos al maestro contra el aprendiz. Aunque aquí se consigue una cierta tensión emocional -sobre todo gracias al trabajo de McGregor- la lucha enmarcada, una vez más, sobre decorados digitales acaba resultando algo fría. La transformación final de Anakin en Darth Vader (James Earl Jones) tiene todo el morbo de la galaxia -y vibra en la misma frecuencia que el Frankenstein (James Whale, 1931) de la Universal– pero se queda a medio camino del aliento épico que debería tener el nacimiento de uno de los personajes más emblemáticos de la historia del cine. Puntuación: 7/10

STAR WARS: EPISODIO VII -EL DESPERTAR DE LA FUERZA (J.J. ABRAMS, 2015)

El despertar de la Fuerza, como obra de entretenimiento, es perfecta. Recupera el tono de serial de aventuras de la trilogía clásica. Pero lo que hace realmente es convertirnos, a los fans, en protagonistas de las películas de nuestra infancia. Y nos pone cara a cara con los héroes de nuestros mitos. Los personajes principales de nuevo cuño son jóvenes que han crecido escuchando historias. Rey (Daisy Ridley) ha oído hablar de los Jedis como si fueran solo una leyenda. Kylo Ren (Adam Driver) venera el casco de Darth Vader y trata de vestirse como él, prácticamente un cosplayer. Finn (John Boyega) se disfraza como un stormtrooper, pero no es realmente malo. ¿No es esa una metáfora perfecta del fan de Star Wars? Cuando los actores de la trilogía original aparecen en pantalla, parecen dioses colocados junto los personajes de una película “normal”, digamos, de Los Juegos del Hambre. La gran baza de estos nuevos films, es que utilizan a los personajes originales interpretados por sus actores verdaderos y por eso su calado siempre será superior al de las precuelas. Luke, Han Solo, Leia, Chewbacca y sus objetos relacionados -como el sable láser- son idolatrados por los nuevos personajes. Justo como los fans de la saga. El director, J.J. Abrams, fue uno de esos frikis de Star Wars y ahora hace una película que le permite recrear los momentos que le hicieron elegir la carrera de cineasta. Como un niño que juega con figuritas en su habitación.

J.J. Abrams emprendió hace unos años un reseteo mucho más directo de la saga rival, Star Trek (2009). Esto le liberaba del peso de décadas de historias -aunque tuvo que buscar una excusa argumental para no eliminar la continuidad anterior- y le permitía utilizar los arquetipos de los personajes -Kirk, Spock, McCoy- en nuevas situaciones. Pero en El despertar de la Fuerza, Abrams hace un remake de Una nueva esperanza (George Lucas,1977), recreando la misma estructura, algunas de sus escenas y cargando su película de guiños. Siendo coherentes, esto no es nuevo. El retorno del Jedi (Richard Marquand, 1983) hacía exactamente lo mismo. Por lo tanto, de siete episodios, tres incluyen el ataque a una Estrella de la Muerte -aquí llamada la base Starkiller, en honor al primer apellido que se le ocurrió a Lucas para Luke-. Por otro lado, el propio Lucas, en las precuelas, ha dicho que buscaba hacerlas “rimar” con respecto a la trilogía original, creando momentos que nos hicieran pensar en ella. Pero para mí hay una diferencia entre un eco y una repetición sin alma. Kylo Ren se quita el casco para ver la cara de su padre en un momento muy emotivo, que trae a la memoria a Darth Vader, haciendo lo mismo para despedirse de Luke. Eso es un eco. Pero cuando Poe Dameron (Oscar Isaac) lidera en su X-Wing un ataque que es una mera repetición de algo ya visto, me emociono menos. Es un momento clonado. Así que es mejor concentrarse en lo nuevo, que lo hay. Los nuevos personajes, Rey y Finn son geniales. Ella tiene el aura adecuada para recoger el testigo de los personajes clásicos. Finn aporta un sentido del humor más moderno, que no gustará a todos. El droide, BB8, es un hallazgo y recupera la conexión con lo infantil que tenía R2D2. Kylo Ren es un villano complejo, frágil, que personifica los temas más profundos de la saga. Pero también debo admitir que el gran spoiler de la película fue una gran decepción personal: que la nueva trilogía no es la continuación de las aventuras de los personajes clásicos. Puntuación: 7/10


ROGUE ONE: UNA HISTORIA DE STAR WARS (GARETH EDWARDS, 2016)

La mayoría conoce Star Wars por siete películas que se cuentan entre las más taquilleras de la historia del cine. Bienvenidos al universo expandido: el éxito de la saga de George Lucas dio origen, desde el primer momento, a derivaciones en todo tipo de formatos -novelas, cómics, videojuegos y series de animación- que cuentan historias en los márgenes de la narración principal, utilizando personajes secundarios o proyectándose hacia el pasado -o el futuro- de las aventuras de los Skywalker. Puro negocio. Sin el control creativo de Lucas, aquellas historias no siempre tenían la calidad esperada, aunque a veces fuesen más libres, desviándose del canon. Disney ha eliminado de la continuidad ese “universo expandido”, pero ahora convierte una de esas pequeñas historias en un evento cinematográfico. Un poco como cuando Lucas y Spielberg utilizaron argumentos y la sensibilidad de las películas de serie B, de los seriales de aventuras, para hacer películas de alto presupuesto. Crearon el blockbuster moderno. Rogue One: una historia de Star Wars es un par de líneas del crawl que abre Star Wars: Episodio IV (1977) hinchadas hasta convertirse en un film autónomo. Esto ya lo hizo George Lucas con las guerras clon en Star Wars: Episodio II (2002), con resultados bastante discretos. Aquí, se ha elegido a un director prometedor, Gareth Edwards, autor de la estupenda Monsters (2010) -mezcla de romance y monstruos gigantes- y ya curtido en los grandes presupuestos de una franquicia con la interesante -aunque algo fría- Godzilla (2014). Así, Rogue One se define entre el spin-off y la precuela, con la dificultad añadida de tener como referente films absolutamente mitificados y la responsabilidad de abrirle camino a futuras entregas como la aventura en solitario de Han Solo. Hay que imaginarse a Edwards haciendo una suerte de juego de malabares entre los imperativos de una franquicia y su propia voz como artista. ¿Sale con éxito de semejante aprieto?

Edwards tiene que hacer una película de Star Wars sin sus personajes más reconocibles -con los que sí cuenta J.J. Abrams en Star Wars: Episodio VII (2015)- sin la música de John Williams -solo Michael Giacchino podía sustituirle- y hasta sin el famoso crawl que necesariamente iniciaba el ritual que es ver una película de la saga. Aquí Darth Vader (James Earl Jones) apenas hace un cameo, por lo que hay que tirar del aparatoso Imperio galáctico, de sus máquinas de guerra y de los icónicos stormtroopers. Nos cuentan cómo un grupo de rebeldes roba los planos de la Estrella de la Muerte, que acabarán en manos de la princesa Leia (Carrie Fisher), quien los ocultará luego en el entrañable R2D2 (Kenny Baker), auténtico McGuffin de aquella primera Guerra de las Galaxias de 1977. A pesar de estos condicionantes, Edwards salva la papeleta de una forma más que satisfactoria. Rogue One tiene una personalidad propia, no se parece demasiado a una película de Star Wars y eso es bueno. Estamos ante un film más adulto, más de género bélico que space opera, quizás demasiado serio, que se aleja del candor infantil de la trilogía original. Si toda la vida los rebeldes han sido los buenos y el Imperio los malos, aquí descubrimos algunas sombras en los primeros y desertores en los segundos. La guerra está planteada de una forma más sombría que los tiroteos lúdicos de las primeras películas, en las que los stormtroopers caían como muñecos. Aquí la muerte tiene mucho más peso y esos mismos soldados de asalto resultan más amenazadores -y fascistas- que nunca. El motor de la acción, la redención de los pecados del padre, es el mismo que une a Luke y a Anakin Skywalker. Pero estamos ante una película coherente con la filmografía de Edwards, que reincide en los mismos temas que en Monsters y Godzilla: aquí también el individuo y sus problemas existenciales se contraponen a un conflicto de dimensiones enormes -galácticas- que le supera. Edwards juega de nuevo con la escala: mantiene la cámara a la altura del hombro de los personajes, por lo que las gigantescas naves espaciales y los colosales caminantes AT-AT parecen más grandes que nunca. Y no hablemos de la Estrella de la Muerte. Pero también es verdad que el director imprime un ritmo pausado a una historia que no cuaja del todo hasta la fantástica batalla final, inspirada, eso sí, en los mejores momentos bélicos de El imperio contraataca (1980) y El retorno del Jedi (1983). Destaquemos también la belleza de las imágenes fantastique que consigue el director y la estupenda recuperación del referente -estético- de Akira Kurosawa en el prólogo. Rogue One brilla más cuando se aleja de la trilogía clásica y es una pena el peaje que debe pagar para conectar con la historia principal, porque, aunque nos emocione a los fans, resulta lo más endeble de la propuesta. La inclusión de personajes del Episodio III y sobre todo del Episodio IV resulta bastante forzada. ¿Lo peor? Hay que decir que una película de Star Wars ha vuelto a caer en la tentación de lo digital: personalmente, tengo que reprochar la osadía de resucitar a uno de mis actores favoritos de todos los tiempos, Peter Cushing. En definitiva, Rogue One es el pulso entre un estupendo film independiente y la obligación de hacer algo así como el Episodio III 1/2Puntuación: 7/10

STAR WARS: EPISODIO VIII -LOS ÚLTIMOS JEDI (RIAN JOHNSON, 2017)

Mientras los críticos de cine de la vieja escuela duermen la siesta en sus butacas, los millennials graban con sus móviles el crawl de la última de Star Wars para poder decir “yo estuve ahí”. La saga creada por George Lucas en 1977 es probablemente el último gran evento cinematográfico. Un acto comunitario que se resiste al pirateo, a Netflix y al vídeo bajo demanda. La gente sigue haciendo colas en las salas para ver La guerra de las galaxias. Algunos incluso van disfrazados. Pero, sobre todo, la space opera de Lucas ha conseguido saltar por el hiperespacio generacional. Todo el sentido de la nueva trilogía de Disney es, precisamente, pasar el testigo de lo antiguo -Han Solo, Luke y Leia- a una nueva generación de héroes -Poe Dameron, Finn y sobre todo Rey- y también de fans. La operación obedece, sin duda, al afán de hacer dinero. Pero no nos equivoquemos: Star Wars se apoya en mitos que siempre estarán presentes en las historias que consumimos, se llamen como se llamen: tienen mil máscaras. Su renovación es, por tanto, natural y por eso una nueva generación de cineastas, que creció con aquellas películas, se encarga ahora de proponer nuevos episodios de una historia interminable. Si J.J. Abrams hizo un meticuloso esfuerzo para reproducir la magia y las constantes de la trilogía original; aquí Rian JohnsonLooper (2012)- se atreve a despegarse de la textura de la trilogía clásica para aportar sabores distintos. Abrams es el alumno aplicado, Johnson es un pelín rebelde. Y eso es bueno. El director imprime su mirada a Star Wars y eso resulta estimulante. Hay que decir que visualmente es el episodio más potente de todos, muy lejos del clasicismo impuesto por un Lucas enamorado del western y de Kurosawa. Johnson es un estupendo creador de imágenes, algunas realmente hermosas y de puro sci-fi. Por otro lado, el humor de la película es absolutamente contemporáneo, postmoderno y en ocasiones, roza la parodia. Pero Los últimos Jedi triunfa desarrollando unos personajes que ya han sido presentados previamente, transformándolos y preparándolos para un futuro conflicto final. En la película hay sorpresas mayúsculas y momentos realmente emocionantes para los recién llegados, pero también para los veteranos, que acabarán más que satisfechos. A pesar del mencionado humor sarcástico, hay en este Episodio VIII una emoción honesta, genuina y multiplicada por lo que echaremos de menos a Carrie Fisher. Si El despertar de la Fuerza era un clon de Una nueva esperanza, esto es probablemente El imperio contraataca con algunos instantes robados de El retorno del Jedi. Pero se mantiene fresca, sorprendente y sobre todo, nos devuelve el misterio del qué pasará, ausente en las precuelas. Solo hay que lamentar que Benicio del Toro no funcione y esos zorros de hielo salidos de Pokémon. Pero Rian Johnson es lo más interesante que podía pasarle a Star Wars: normal que le hayan encargado su propia trilogía. Puntuación: 8/10


HAN SOLO: UNA HISTORIA DE STAR WARS (RON HOWARD, 2018)

A pesar de ser una obra fallida, Han Solo compensa su naturaleza de episodio menor en la serie galáctica creada por George Lucas con una sana intención de divertir. Hay que olvidarse entonces de la épica de la saga de los Skywalker, pero también de su gravedad. Creo que esta es la primera secuela de Star Wars (1977) que recupera su tono ligero y aventurero, para siempre representado por la sonrisa de Han Solo a los mandos del Halcón Milenario, acompañado del peludo Chewbacca. Esta precuela/spin-off  sorprende por lo libre que es, precisamente por mantenerse al margen de la historia principal de la famosa space opera. Nadie mejor que Lawrence Kasdan -guionista de El imperio contraataca (1980) y de En busca del arca perdida (1981)- (y su hijo Jon) para escribir un texto que clava a los personajes que ya conocemos, bien canalizados por los nuevos actores. Alden Ehrenreich hace lo que puede para convertirse en un canalla socarrón de buen corazón, Donald Glover está gracioso como Lando Calrissian, Jonas Suotamo nos devuelve al mejor Chewbacca. Luego están los personajes específicos de esta historia, con poco margen para su desarrollo, pero bien defendidos por Emilia Clarke, Woody Harrelson, Thandie Newton y Paul Bettany. Nunca sabremos qué habrían hecho con este material Chris Miller y Phil Lord –La Lego Película (2014)- despedidos por no dar con el tono requerido por los productores para la franquicia. Seguramente habríamos visto una obra con algo más de personalidad. Pero el sustituto, un veterano Ron Howard -que ya hizo Willow (1988) para Lucas- cumple de sobra, aunque sin brillar, y nos regala un paseo por los géneros del cine clásico, desde el noir -la femme fatale que es Emilia Clarke- instalándose en el western -el asalto al tren, los guiños a Sergio Leone y sus pistoleros pícaros- pasando de puntillas por el bélico -las trincheras de Senderos de gloria (1957)- y proponiendo sobre todo aventura (espacial). Para ello, el texto recicla situaciones y frases muy conocidas de la trilogía original -algunas calcadas- en su empeño de reconstruir, de forma fetichista, los elementos característicos del personaje central: la pistola, el compañero, el vehículo, las hazañas y hasta el corazón roto. La película vuela alto cuando se desarrolla de forma independiente, pero resulta algo mecánica en su esfuerzo para llegar a un desenlace que encaje con el Episodio IV. Lo que menos me ha convencido es la música de John Powell, que palidece cuando se recuperan los temas conocidos de John Williams, esos que llevamos en el alma, y que levantan la película en volandas. Por último, Han Solo se olvida un poco de la maldad fascista del Imperio, al menos en sus formas estéticas, pero mantiene de fondo el tema de la opresión, la rebelión y la libertad. Porque cuando el que manda es el mal, los criminales acaban siendo los buenos de la función. Puntuación: 5/10