Solos en Londres, Sam Selvon (Automática, 2016)

Toparse con este Solos en Londres de Samuel Selvon justo cuando el Reino Unido ha sucumbido —en parte, no es el único factor— a las patrañas xenófobas y al discurso del miedo anti-inmigración, y cuando la Unión Europea nos avergüenza con su bochornosa inacción respecto a los refugiados sirios, es llevarse un buen «bofetón literario», siempre necesarios y bienvenidos. Más aún si vienen propuestos por una editorial tan indispensable como Automática y sirven para rescatar «otras literaturas», como es el caso de Trinidad y Tobago, ignoradas en nuestro país. Estamos ante una lección de historia con forma de novela. Sociología ficcional de la migración. Estudio de la identidad humana, tanto individual como colectiva, en un poderoso retrato de los expatriados antillanos que pese a ocuparse de los años cincuenta, resulta de lo más vigente y premonitorio.

Solos en Londres tiene un planteamiento diáfano, trasladando al papel la experiencia del migrante antillano a la City de la posguerra a través de una estructura coral por la que «entran y salen» diversos personajes con los que el lector va acabar familiarizándose. A medida que Selvon va introduciéndonos a nuevos inmigrantes, sus particularidades, anhelos y motivaciones, lo que va tejiendo es una vivencia colectiva. Un collage formado por múltiples idiosincrasias expuestas a una misma situación, la del recién llegado a una metrópolis en ebullición y repleta de posibilidades… así como sufrimientos, soledad, amenazas, hostilidades —incipientes o ya fácilmente visibles— y frustraciones para quién intenta buscar una vida mejor.

Dicho así, la breve novela —apenas 150 páginas, es casi la única pega que le encuentro, se me antoja demasiado corta— parecería abocarnos a un cierto caos. Pero no es el caso, gracias a su «personaje ancla», Moisés Aloetta, uno de los primeros trinitenses que se aventuró a aterrizar en la capital británica, convertido en el primer contacto para muchos de sus compatriotas necesitados de ayuda al llegar al país y luego en el amigo, la voz más sensata y sabia en ese lugar con demasiada frecuencia inhóspito —y frío—, sobre el que se apoyan a medida que su periplo en Londres va desarrollándose. Al hacer gravitar las historias en torno a esta figura, la obra adquiere una cohesión y dirección más que notables. El epicentro de un círculo de voces, las de la comunidad negra, tan frágiles como auténticas, contando su día a día.

Voces. Recogidas en un lenguaje único, sorprendente, que te aturde, luego te deja fuera de juego y te exige para finalmente atraparte, como si fueras partícipe de algo privado, invitado de excepción frente a un documento reservado a unos pocos… Y es que el lenguaje resulta de lo más revelador, sin duda uno de los mejores ejemplos de las dificultades de la integración en el país de acogida y, sin embargo, también el primer elemento unificador de los llegados a «tierra ignota», un rasgo común que van forjando entre todos. Hay que valorar sobremanera el «trabajazo» de la traducción de Enrique Maldonado Roldán —en ese sentido, prohibido saltarse su introducción, titulada Los chicos toman la palabra—, capaz de trasladar ese inglés imposible, atropellado y con tendencia a la destrucción gramatical, a un castellano caótico, a menudo divertido y entrañable —Gran Ciudad y su hilarante «fúsica» en vez de música, Tita y sus equívocos con la prensa nada más llegar a la estación— y absolutamente convincente. La realidad a través de la lengua.

En Solos en Londres hay picaresca, trapicheos, trabajos explotadores —sin truculencias—, miseria, ligoteos, fiestas organizadas para clases sociales más boyantes a las que autoinvitarse, un insoslayable sentido del humor a veces simple resultado de bobos errores con el idioma o las ganas de refocilarse sexualmente. Pero también hay infinidad de conversaciones en cuchitriles varios alrededor de una botella o té caliente, lacerante incertidumbre, desesperación, y miedo… Miedo a que todo se vaya al garete y te echen de tu ocupación de mierda. Miedo a no tener para comer. Miedo a que la policía vaya a por tí. Miedo a ese racismo que lleva a preguntarte cuál fue tu crimen por haber nacido con ese color de piel —sobrecogedora página 105, con Galahad hablándole «al color Negro»—. Y miedo a que todo siga igual. Resignación deprimente versus obstinada lucha como extremos —¿igualmente fatales?— de una misma experiencia. La de estos buscavidas caribeños en Londres, un pedazo de la humanidad en tránsito forzoso, un antecedente de un fenómeno que en pleno siglo XXI reclama nuestra atención más que nunca. En definitiva, una lectura diferente, de lo más recomendable y necesaria.