¿Hasta qué punto ha sido despojada la clase trabajadora de su humanidad? La película italiana Sole, de una forma muy sutil, se plantea este asunto poniendo sobre la mesa un tema polémico y complejo, el de la maternidad subrogada. El director debutante Carlo Sironi consigue una reflexión demoledora sobre el tema, haciendo algo tan sencillo como colocar el punto de vista en la pareja que debe entregar a su bebé (y que lo hace por dinero), en lugar de hablarnos de padres que desean tener hijos, pero no pueden. 

Protagoniza el relato Ermanno, un joven sin futuro, cuyo único destino es deslomarse en algún trabajo basura el resto de su vida. Fantásticamente interpretado por Claudio Segaluscio, el personaje es un tipo de mirada perdida, siempre de chándal, al que no le importa nada más que conseguir dinero de la forma más sencilla posible, por lo que le veremos, mecánicamente, pulsando botones delante de una máquina tragaperras. El pasado trágico de su familia hace de Ermanno un chico que responde con monosílabos, algo hostil, que ni siquiera desea escapar de su situación, porque parece incapaz de imaginar algo mejor. Por eso acepta hacerse pasar por el padre del bebé que espera Lena (Sandra Drzymalska), una inmigrante polaca que hace de vientre de alquiler para una familia adinerada.

Con rigor realista, pero sin evitar crear imágenes estéticas -sobre todo la del mar, real o pintada en las puertas de un ascensor-, la cámara de Sironi registra de forma demoledora los preciosos momentos que vive toda pareja que va a tener un hijo: la ecografía, las primeras pataditas, el tener que decidir un nombre, pero que colocados en Ermanno y Lena, que no tienen ningún interés en el bebé, ni instinto paternal y maternal, se convierten en un horror de gestos deshumanizados. El retrato que hace Sironi de la juventud perdida de Europa es desolador, pero es que, además, se guarda un as en la manga, para darle un giro a la historia, desarrollar a estos personajes, y dejarnos con el corazón encogido tras salir de la sala.