Skippy muere, Paul Murray (Pálido Fuego, 2020)

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Especialistas en la literatura contemporánea más osada y estimulante, Pálido Fuego regresa felizmente a esta sección con Skippy muere, de Paul Murray. Una novela sorprendente, terrible y, sin embargo, divertida, rebosante de ideas sobre nuestra sociedad moderna, el rol de adultos y jóvenes en ella, y la traumática pérdida de la inocencia para estos últimos, a partir de un suceso luctuoso: el inesperado fallecimiento de un adolescente, alumno de un internado católico irlandés, Daniel «Skippy» Juster.  

Nacido en Dublín en 1975, y tras estudiar en el Blackrock College —atención, otro internado—, Paul Murray se licenció en Literatura Inglesa por el Trinity College. Ha escrito tres obras hasta la fecha, An Evening of Long Goodbyes (2003), Skippy muere en 2010 y The Mark and the Void (2015), ampliamente traducidas y premiadas. Singularmente la novela que nos ocupa, ya que Skippy muere fue finalista de los premios Booker, Costa, y el National Book Critics Circle de ficción, y la revista Time la situó como la tercera mejor novela de ese año.

Ambientada en 2003, Skippy muere descoloca nada más arrancar, con la narración del absurdo fallecimiento de su protagonista. Desde entonces, la novela va abriéndose en canal, ofreciendo un fresco acerca de qué acontecimientos desembocaron en el deceso y cómo éste afectará a tantas vidas. Murray desarrolla su obra apoyándose en distintas voces que responden a otros tantos personajes relevantes —perfectamente recogidos por la traducción de José Luis Amores—, sobre los que el infortunado devenir de Skippy gravita. Es un proceso en el que autor dublinés se toma su tiempo —la extensión de la novela, más de 650 páginas, puede echar para atrás a más de uno—. Pero vale la pena perseverar. Mucho.

Porque, superado el shock inicial y bien adentrados en el libro, éste hace «clic» y su atracción es irreversible. Y es que los elementos de interés de Skippy muere son legión. Tenemos el retrato de ese universo tan singular, siniestro no obstante risible, del instituto Seabrook. Un lugar en el que el aparente prestigio académico y la supuesta rectitud religiosa oculta egos, jerarquías y secretos —harto conocidos si hablamos de colegios católicos, por desgracia— abominables. Y ahondando en el plano adulto, hay una disección a toda una retahila de padres, madres y profesores miserables o superados por la maquinal realidad del sistema. El reflejo de una clase social —media aspirante a alta— arribista, superficial, embotada por las expectativas de fama y riqueza para sus hijos, o varados en su cobarde mezquindad. 

Aún hay más. Si la mirada de Murray a los mayores resulta sugestiva, la disección del universo juvenil es simplemente asombrosa. En Skippy muere vemos la presión constante a la que los adolescentes están sometidos, especialmente en el caso femenino —Lori es pura tragedia, también de sobras conocida—. El ocio vacuo y/o perverso al que parecen abocados —donuts, alcohol, drogas, videojuegos, porno—. La confusión, la ausencia de referentes en un entorno de cinismo. Su aplastante sensación de soledad y desatención, incluso trato arbitrario por parte de los adultos. Algo que en el caso del tímido, quebradizo Skippy —o su brutal nemésis, Carl— es desgarrador.  

Pese a ello, Skippy muere no resulta una lectura deprimente —si posee pasajes duros, ojo—. Y ello se debe a los momentos de pura magia que atesora la novela en su interior, siempre con los críos como actores principales. Destacan sobremanera las hilarantes conversaciones y puyas constantes entre Geoff, Mario, Dennis, Ruprecht y Skippy —magistral combinación entre lo elevado y soez en esos diálogos—. O gracias a Ruprecht Van Doren, púber científico loco y sus experimentos, cerebrito del grupo que bucea en la física cuántica y la teoría de cuerdas —no asustaros, sin ínfulas ni «turra» a lo Christopher Nolan— esperando comprender esa desazón insoslayable. Unidos frente a la adversidad generada por los adultos. Jóvenes prodigiosos.

Lo que ha conseguido Paul Murray con Skippy muere es alucinante. No recuerdo muchos libros que logren mantener el equilibrio con tantas y tan dispares, en apariencia, cuestiones que abordar. Entre la surrealista, grotesca orgía, la solemne visita al Memorial Gardens de Islandbridge con Howard, cobarde maestro —clave en sus actos e inacciones—, y el emocionante, inolvidable concierto/intento de conectar con su desaparecido amigo debiera haber un mundo. Igual entre la antimateria y los misterios arcanos propios de la «Isla Esmeralda». Sin embargo, encaja. En el fondo, todos buscan fantasmas para intentar encontrar respuestas…

Skippy muere funciona de una manera alquímica, no enteramente explicable. Humildemente, me inclino a pensar que se debe a la extraordinaria empatía que desprenden sus personajes centrales —me vale hasta el caso del irritante Howard—. Aunque creo que es mejor no obsesionarse con el análisis de la novela. Es demasiado especial y, estoy seguro que cada lector hallará su propio camino en ella. Es preferible dejarse sorprender, atrapar y conmover por Skippy y los suyos. Directa a las lecturas del año.