Contra —no podía ser otra— nos trae unas memorias musicales muy especiales para acabar el año. No solo porque Sing Backwards and Weep aparezca en nuestro país en el año de la muerte de Mark Lanegan, por siempre el cantante de la voz cavernosa, el aura maldita y la planta ominosa. Sino porque el contenido del libro del malogrado líder de los pioneros grunge Screaming Trees y múltiples singladuras posteriores relevantes, lo sitúan directamente entre las obras más crudas —con pasajes de auténtico terror— y honestas del género. 

Fallecido en su casa de Killarney, Irlanda, el pasado febrero —causas no reveladas oficialmente— a los 57 años, el legado artístico del prolífico Mark William Lanegan es enorme. Nacido en Ellensburg, Washington, en 1964​, se le conoce como el vocalista y posterior compositor de la banda Screaming Trees, con quienes publicó siete discos entre 1985 y 2000. Grabó un total de doce trabajos como solista. Fue miembro de proyectos colaborativos junto a, entre otros, Isobel Campbell, Greg DulliThe Gutter Twins—, Dave GahanSoulsavers—, y superbandas como Queens of the Stone Age, The Twilight Singers o Mad Season. Pero hay más, porque entre poemarios y libros de memorias, Lanegan nos dejó un total de siete obras, entre ellos este sobrecogedor Sing Backwards and Weep.  

Publicadas originalmente en 2020 —da miedo solo pensar en Devil in a Coma, el relato acerca de su lucha a muerte contra la Covid aparecidas un año después— estamos ante una autobiografía… del dolor. Sí, nos hace partícipes de su devenir musical con Screaming Trees y primeras aventuras en solitario —digamos que la perra vida claramente nos ha escatimado una segunda parte, ya que el libro concluye a finales de los 90—. Sin embargo, tengo la sensación que Sing Backwards and Weep son en realidad las brutales memorias de un yonqui. Un yonqui metido a rockero. Podría haberse subtitulado Mi (jodida) vida antes de desintoxicarme.  

Tan crudas que podrían formar parte de la colección «Al Margen» de mi querida Sajalín, su texto es un periplo por el daño, emocional y físico, mayoritariamente autoinfligido —aunque el episodio de reencuentro familiar es espeluznante y explica bastantes cosas—. Sorprende lo demoledor que Mark Lanegan es consigo mismo. Cuesta imaginar a un músico tan dispuesto a mostrarse, sin ambages, sin miedos, en todo su patetismo y miseria. Tan vulnerable. En las antípodas del narcisismo o —supuestamente— molar a costa de la habitual vida canalllesca y el habitual topicazo —cumplido a rajatabla en su caso— de sexo, drogas y rock and roll…    

Sing Backwards and Weep es «Desolation Row» versión politoxicómana y, me atrevo a decir, ¿nihilista? La crónica de una espiral de desgarros, salpicados de grabaciones de discos y giras, que debieron llevarlo, repetidamente, a la tumba. Y la pléyade de anécdotas, entre lo macabro, lo deprimente y lo mordaz, reflejan la magnitud del desastre. Fue camello de múltiples músicos y conocidos, el más famoso Kurt Cobainesa llamada no contestada—. Colega de chutes de Layne Staley de Alice in Chains. Infiel, destructiva pareja de varias buenas mujeres. Experto e irascible saboteador de su carrera musical. Hasta el episodio del beef con Liam Gallagher de Oasis, el más cómico del lote, muestra una personalidad peligrosamente desquiciada.  

No soy capaz de compartir la visión —un poco eslogan publicitario— de «toda la alegría y el dolor de vivir están aquí» o «pasión incombustible» que intentan, a mi juicio, almibarar las memorias. De hecho, creo que no le hacen justicia. Los pasajes lidiando con el «monazo» más terminal. Y, sobre todo, el abismal capítulo «La gélida casa de la risa europea» están por derecho propio entre lo más sórdido que ha visto la literatura rockera. Reflejo de su actitud y vivencias, Mark Lanegan parece decirle al lector «Sobreviví para contarlo, pero aquí no busques glamour, ni felices historias redentoras. Esto es lo que hubo. No fue bonito».

Igual que su voz, sus canciones y, habiendo leído Sing Backwards and Weep, su prosa —traduce la infalible Elvira Asensi que, además tiene un sentido corolario final—, Mark Lanegan escribió este libro decidido a abrazar y mostrarnos la oscuridad. El resultado es un viaje a los muy personales círculos del infierno de un ser humano tan talentoso como repleto de demonios, enfrentado con medio mundo, en primer lugar, él mismo. Un dantesco inframundo de adicciones llevadas al extremo a ritmo de grunge. Unas memorias viscerales, incendiarias y auténticas. A la altura del tristemente desaparecido artista. Un blues funéreo con resquicio final milagroso para la resurrección. «I nearly lost you there…»