El libro no es una biografía más, tampoco es un ensayo sobre el cantante que animó las vidas de los norteamericanos y, más allá, durante siete décadas, desde los años treinta hasta el decenio de los 1990. Frank Sinatra falleció el 14 de mayo de 1998, en un hospital de L.A., de la mano de Tony y de su cuarta esposa Barbara Marx, en conflicto permanente con las hijas de su marido, Nancy y Tina Sinatra, que no pudieron hacerlo. Sinatra fue la primera estrella del pop. Y con él se inició el fenómeno de las fans. Después de uno de sus declives, luego de un corto retiro, regresó para cantar en estadios. «Ol’ Blue Eyes» falleció a los 82 años. 

El autor cuenta que decidió tomar distancia durante años para explicar su visión de los hechos, con el objeto de deshacer entuertos con respecto a la figura pública y privada de su reverenciado Frank. Tony Oppedisano se convirtió en uno de los mejores amigos y consejeros de Sinatra; un compañero de largas charlas nocturnas, en las horas de duermevela a la que referencia el título original del libro, Sinatra y yo. Hasta altas horas de la madrugada, 2022 (Sinatra and Me: In the Wee Small Hours, 2021), que así mismo hace un guiño a uno de los mejores álbumes de Sinatra, In the Wee Small Hours, 1955. Fue su noveno álbum de estudio, en su fructífera etapa en Capitol

La obra borra las líneas entre las figuras de road manager y el de asistente personal para convertir al autor en «chico para todo» las 24 horas del día. La base narrativa es el recuerdo, la nostalgia, combinado con una actualidad pesimista y problemática. Para saber quién es en realidad el cantante, hay que acudir al artículo que sobre su figura y su personalidad escribió el periodista Gay Talese, Frank Sinatra Has a Cold, para la revista Esquire, en su edición de abril de 1966. El texto pasa por ser el mejor nunca escrito sobre una figura musical. 

Sinatra, que lleva años residiendo en Palm Springs, en el desierto californiano, es consciente de dos cosas: la presunta decadencia profesional y la muerte. Sus achaques empiezan a hacerse evidentes. El vía crucis existencial del cantante pasa por sus inseguridades, plasmadas en un carácter volátil e iracundo, su atracción por las mujeres y el peso del divorcio de Nancy Rose Barbato, su gran amor. Fue su primera esposa y la madre de sus tres hijos, a los que no veía con la asiduidad deseada. Esta cuestión es un tema recurrente en sus conversaciones con el autor. 

Más allá de ser un eslabón más de la ceremonia de la nostalgia, tan del gusto de los públicos anglosajones, el escritor no aporta gran cosa que no se sepa. Las versiones pueden variar, pero en la faceta musical, Oppedisano se detiene en determinados conciertos y en los shows en los casinos de Las Vegas. “Sinatra: All or Nothing at All”, 2015, es un notable complemento a las memorias del autor. El asistente personal coincide con el documental en el seguimiento voraz de cierta prensa y la relación y posterior ruptura con el clan Kennedy, pero infantiliza el papel de la mafia en la vida del cantante; por contra, enfatiza la malidicente actuación del FBI. Aporta detalles sobre la capacidad filantrópica de Sinatra, para recaudar fondos para obras sociales, su defensa de los derechos civiles y su sentido de la generosidad; al tiempo, que omite la disposición favorable de su amigo a la guerra de Vietnam. En la película, Tina Sinatra afirma que su padre vivió dos guerras mundiales y temía que el país se fuera a dividir. 

Ambos están tranquilamente en el desierto, dejando pasar las hojas del calendario. Bien poco se habla del papel determinante de Sinatra como cantante y productor. La trayectoria de «Ol’ Blue Eyes» va ligada a la evolución tecnológica de la industria musical. Empezó con las grabaciones de cera cruda. «Sinatra confiaba en aquellos que lo rodeaban, sacando partido de las ventajas que le ofrecía la tecnología de vanguardia, de forma muy similar a como hizo la transición del disco a la cinta, del mono al estéreo y del analógico al digital», como señala el productor e historiador musical Charles L. Granta en su estupendo, El sonido de Sinatra. Sesiones de grabación con La Voz (1939-1994), de Alba Editorial, 2009. 

El verdadero hogar del cantante eran los estudios de grabación, rodeado de canciones, músicos y desplantes. Ahí no cabían inseguridades, no había la necesidad de buscar la aceptación de sus pares. Simplemente, sin ser el mejor cantante, Sinatra era considerado «La Voz». Actualizó el rol de la música dando más protagonismo a los versos, y así pasar a expresar una lírica narrativa que se acompañaba de notas. Quienquiera que lo escuchara se convencía de que le cantaba en exclusiva. Su fraseo era una ceremonia íntima, de tú a tú.  

Anunciado su retiro definitivo, la industria del disco lo premió grabando un par de álbumes deficientes, en que el repertorio y algunos de los invitados no estuvieron a la altura. Duets I, 1993, y Duets II, 1994, suponían su regreso a Capitol. Lo más hiriente de la situación fue que ingenieros y músicos presentes entendieron que Sinatra, casi octogenario, ejecutó unas interpretaciones inmaculadas. Esas cintas siguen guardando polvo en alguna bóveda. Los productores se convencieron de que las intervenciones de la mayoría de los invitados no superaba, ni de lejos, lo que acababa de hacer el cantante, junto a los músicos de estudio. 

Una vez más, el criterio comercial se impuso a la calidad y la transcendencia de las canciones. Francis Albert Sinatra es una piedra angular de la cultura musical. Esa es la esencia del mensaje de Tony Oppedisano. Su amigo, para lo bueno y para lo malo, fue un personaje de excepción. Y él, testigo, de primera fila, de esa grandeza.