Es una evidencia, casi una redundancia, que los Rolling Stones son una referencia de la cultura popular de las seis últimas décadas. Pero también son más cosas dentro de esa cúpula que supone ser la crème de la crème del rock and roll. Mick Jagger y Keith Richard (s)  –dependiendo de lo cabreado que estuviese con su padre, la ese entraba y salía de su apellido– han conformado y confirmado una idea ya clásica de lo que supone esa institución mercantil, aristocrática y decadente que es el matrimonio. 

Jagger y Richards han hecho de su trabajo y de su vida en «pareja» un infierno, interrumpido por microdivorcios, haciendo ver que no se necesitaban. Su antepenúltima contradicción se puede disfrutar en el documental My Life as a Rolling Stone, 2022. Dejaron de grabar juntos en los años 70, pero sí estuvieron juntos en las giras. Jagger ha conducido la «nave» Stone no con inteligencia, que también, sino como lo que es un empresario. Un magnate con unas cuantas inseguridades,  muy pendiente de las tendencias y las modas, como observa el autor.

A Richards, como cualquier pendenciero que se precie, ha hecho de la fidelidad laboral una misión. Actitud emocionalmente legítima, pero que a Jagger le ha traído al pairo. Conclusión: desde “Tattoo You” (1981) el combo británico no ha vuelto a hacer un álbum de nivel hasta 2016 con “Blue & Lonesome”, excepción de algunos singles, repleto de blues añejo de Chicago. Qué descanso coincidir en este sentido con Edison. Entonces, ¿cómo hemos llegado hasta aquí? Fácil. Charlie Watts, el músico que Jagger y Richards, siempre han respetado, que nunca han cuestionado. La verdadera ancla entre ambos.

En su sexto libro, Mike Edison, New Brunswick, New Jersey, 1964, también batería de profesión, ha hecho algo más que un juego de palabras –Sympathy for the Devil– en este Simpatía por el baterista. Por qué importa Charlie Watts (Sympathy for the Drummer: Why Charlie Watts Matters, 2019) para sentenciar que el músico, vía su apreciadísimo Charlie Parker, hizo del rock and roll algo decente. Era un entendido en jazz, amaba esa música, creó una orquesta y luego un quinteto, mientras los Stones sesteaban. Esas sonoridades, Watts las incorporó al rock and roll. Como dijo Duke Ellington, «el rock and roll es la forma más estridente del jazz». Amén.

Mike Edison argumenta desde un hondo sentido del rock and roll, que el poso del jazz es capital para sostener al grupo desde el mismo día que el batería londinense se unió al conjunto. En el libro, se explica que sus antecedentes no se reducen solo al jazz. El autor compila una selecta relación de bateristas que hicieron atractivo tanto el rock and roll primigenio, como el R&B, el soul y el disco. Son músicos que recibieron mucha atención de un autodidacta como Watts. Por motivos que bien explica el escritor, los Stones –nunca los Rolling, no hay necesidad de insultar a la esencia del rock and roll–, se han movido en una ecuación muy elástica que bascula entre el blues, el soul, el R&B, el country, el rock and roll, el reggae, y el disco. 

En otro orden de cosas, el autor considera que un álbum como «Some Girls«, (1978), su penúltimo número en Estados Unidos, que armoniza una concepción de estilos muy diversa, es un gran disco, que el ensayista considera punk. Esto último es discutible. Además, reivindica, y con razón, el denostado entonces, y hoy revalorizado, «Black and Blue» (1976). Y en todo ello, Charlie Watts ha tenido –todavía cuesta hablar en pasado del batería– un papel esencial. Unas muestras, atiendan a su ritmo, en «Jumpin’ Jack Flash», «Can’t You Hear Me Knocking» con la inestimable participación del director musical de la banda, Chuck Leavell, «Honky Town Women», «Hey Negrita», «Slave», «Miss You» o «Midnight Rambler», sea en estudio o en directo.  

El «matrimonio» de Jagger y Richards no tuvo hijos. Pero Watts observó que debía jugar el papel de padrino, que sus amigos fueran más sus ahijados que sus compañeros de trabajo. Mucho más tarde, llegó Ron Wood, que permaneció veinte años en calidad de «asalariado» hasta que lo hicieron «socio de la empresa». El drummer, además de ancla, es el pegamento del grupo. El que hace las entradas, los puentes, el que arregla las cantadas cuando Richards se equivoca, el que da soporte a Jagger, etc. Con los años, su forma de administrar el ritmo ha hecho mejor cantante al frontman. Y un buen día de agosto de 2021, Charlie Watts, de 80 años de edad, dio un beso a su esposa, Shirley Ann Shepherd, con la que estaba casado desde 1964, y dijo: hasta aquí. Pero antes tuvo tiempo para leer el libro de Edison y hablar del mismo con el autor. 

Este ensayo, que rebosa humor, erudición y desdén por los mediocres por muy famosos que sean, no tiene nada que ver con una biografía al uso, pues se nutre de diversos géneros literarios y periodísticos, es una obra hecha por y para sospechosos habituales, quienes se sientan aludidos, la disfrutaran. En la vida del rock and roll no hay mejor frase que está. «¡Ladies and Gentlemen… the Rolling Stones…!» 

Con Charlie Watts, la pulsión jazzística está garantizada. Como músico es la viva imagen de una no-rock star. Incluso, en los largos años de rock de estadio, cuando Jagger y compañía mutan su status de amenaza juvenil a adalides de las marcas globales, se mantiene firme en su estatus de músico. La parafernalia, tan característica de sus socios, no va con él. No cabe duda de que en lo suyo, los Stones siguen siendo los mejores. En última instancia, Mike Edison muestra admiración, cariño, respeto, conocimiento y reconocimiento por la figura, la cordura y el talento de Charles Robert Watts.