Hace apenas un año reseñamos Monasterio, la notable novela del guatemalteco Eduardo Halfon publicada con nuestros amigos de Libros del Asteroide, una obra breve en su extensión pero ambiciosa en su confección —un proyecto literario compuesto por múltiples historias, hasta la fecha con las novelas El boxeador polaco, La pirueta y la susodicha Monasterio— y muy potente en su alcance al lector, proponiéndole un singular viaje, físico pero sobre todo emocional, en busca de la identidad, buceando en el pasado familiar e interactuando, sumido en la confusión, con el presente. Pues bien, hoy tenemos la siguiente pieza del puzle, titulada Signor Hoffman.

A nivel formal, Signor Hoffman supone una más que interesante “vuelta de tuerca” a la historia que Halfon nos cuenta recurrentemente —en definitiva la suya y la de su familia, pero con tantos interrogantes abiertos acerca de la memoria, su valor en el presente así como el sentido de nuestras acciones que resulta inevitable no acabar cuestionándose a uno mismo—, el paso de la novela a los relatos. Y el cambio de formato le sienta como anillo al dedo. Las seis historias que conforman el libro en realidad se engarzan perfectamente, por lo que pueden leerse como los capítulos de una novela breve, pero personalmente creo que, degustados de forma individual su efecto acumulativo se multiplica. Halfon parece decirnos “he estado en todas partes pero aún no he encontrado lo que estoy buscando”. Y al igual que la clásica canción de ciertos irlandeses que en nada nos visitan, el mensaje cala hondo en el lector…

De este modo, Halfon, en un nuevo ejercicio de condensación formidable, es capaz de llevarnos hasta Italia, Guatemala, camino de Belice, Harlem, Nueva York y Lodz, Polonia en un tránsito que en el que el escritor oficia como tal —el relato que da inicio y título al libro se inicia con una presentación de su obra en Calabria— pero donde el eje vertebrador es la memoria de su abuelo polaco, superviviente del nazismo, y su trayectoria vital: campos de concentración, playas y costas de arena negras y blancas, locales de jazz y, finalmente —siempre un punto y seguido en el caso de Halfon— la casa, o lo que queda de ella, en la que vivió en Polonia. Muchos pero un único destinos. Él mismo lo apunta, mejor dicho, sentencia, en la obra. “Todos nuestros viajes son en realidad un solo viaje”.

Como sucedía en Monasterio, nuestro autor-protagonista sigue profundamente aturdido, confundido. ¿Está buscando el legado de su familia? ¿Recordarlos, entenderlos mediante la experiencia? ¿O más bien entenderse a él mismo? Los lugares son concretos pero tanto las personas con las que se encuentra y, sobre todo, los sentimientos y la actitud de Halfon son difusos y complejos. Como no podrían ser de otra manera al darse cuenta que el campo de concentración que estás visitando en realidad es una reconstrucción. Cuando tu coche se queda tan varado como tú camino a Belice, en medio de ninguna parte, camino a Belice. Cuando te enteras de la muerte del irrepetible Philip Seymour Hoffman en un bar de un pueblecito de la provincia de Cosenza. Cuando se produce una conexión íntima y fugaz con una desconocida que te ha conducido hasta la puerta del mítico local musical . O cuando —memorable relato final Oh gueto mi amor— descubres que quien habita la casa de tu difunto abuelo ahora es una actriz porno. Lo anecdótico y lo trascendente. El señor Halfon y el signor Hoffman. Las dos caras de la misma moneda. La identidad construida, con la que nos protegemos cada día al salir de casa… y quiénes somos en realidad.

Quizás no todos los relatos tienen la misma pegada —los que acontecen en Guatemala en mi opinión— pero como decía anteriormente, la acumulación de sensaciones transmitidas, con ese desasosiego vital como punta de lanza, de reflexiones apuntadas y cuestiones sin resolver hacen de este Signor Hoffman una lectura de una intensidad singular. Relatos no concluyentes pero que sin embargo, pesan. Donde “importa lo que se escribe y también el papel sobre el que está escrito”, abiertos en su concepción y cierre, porque la vida, y los sentimientos, no se detienen. Y hay que seguir buscando…