El pasado año servidor pudo, por fin, descubrir y, sobre todo, disfrutar, a una autora largamente «pendiente de lectura», Shirley Jackson, gracias a los Cuentos escogidos publicados por Minúscula. Había ganas de más y, por suerte, la exquisita editorial barcelonesa acaba de reeditar Siempre hemos vivido en el castillo, novela breve de perversa e irreprimible adicción con un personaje principal, Mary Katherine Blackwood, «Merricat», sencillamente inolvidable. Pero dejemos que sea ella misma, nuestra singular narradora, quien haga las presentaciones —si el primer párrafo del libro no te «engancha», deberías ir al médico, algo grave te ocurre—.

«Me llamo Mary Katherine Blackwood. Tengo dieciocho años y vivo con mi hermana Constance. A menudo pienso que con un poco de suerte podría haber sido una mujer lobo, porque mis dedos medio y anular son igual de largos, pero he tenido que contentarme con lo que soy. No me gusta lavarme, ni los perros, ni el ruido. Me gusta mi hermana Constance, y Ricardo Plantagenet, y la Amanita phalloides, la oronja mortal. El resto de mi familia ha muerto».

Efectivamente, Merricat y Constance —la mayor— Blackwood pasan sus días en un estado de semi-aislamiento en la vetusta casa familiar, a las afueras del pueblo, cuidando de su inválido anciano y algo senil tío Julian y el gato Jonas. Pero no hay drama, son felices en su existencia ajena al resto del mundo, repleta de suculentas comidas, el cuidado del jardín y las constantes ensoñaciones de Merricat. Aunque sí existe un problema. Hay un pasado, aterrador, que no deja de estar muy presente, el del fallecimiento de sus familiares. Envenenados por ingesta de arsénico en el comedor.

Ese atroz e irresuelto homicidio múltiple alimenta la hostilidad, la repudia, de buena parte del pueblo al mismo tiempo que justifica su reclusión cuasi absoluta. Hasta que una inesperada visita irrumpe en la casa, trastocando, amenazando irreversiblemente su peculiar rutina que nuestra singular narradora atesora como la vida perfecta, que debe protegerse a toda costa. Y hasta aquí puede leerse sin spoilear demasiado la turbadora trama de Siempre hemos vivido en el castillo. Inquietante, malévola, rebosante de irresistible humor negro —esas conversaciones sobre «lo ocurrido», apuntaladas en su cáustico surrealismo por el Alzheimer galopante de tío Julian—, siempre capitaneada por Merricat, mitad joven ingenua, asilvestrada e infantilizada. Mitad retorcida bruja. Huckleberry Finn en versión gótica…   

Publicada originalmente en 1962, tres años antes de la autora fallecería —fue su última obra—, lo que logra Shirley Jackson con su personaje central es un pequeño milagro literario. Poderosa y frágil. Irreverente, juguetona y sutil, trastocada y lúcida en un entorno opresivo, tan absorbente como terrorífico. Casi podría decirse, a modo de ligera crítica —eso y unas mínimas repeticiones que «estiran» algunos acontecimientos son lo único que se me ocurre—, que incluso empequeñece en demasía al resto de protagonistas. Pero, claro, ella es la seductora y original voz que desarrolla la historia. De hecho, es su historia. Y el eje central a través del que la autora nos habla de ambientes malsanos, muy familiares para quienes quedamos noqueados por esa obra maestra del relato que es La lotería. De locura, patologías diversas —agorafobia y neurosis, que asolaron a la propia Jackson en vida—, y «otredad», condensada en las reacciones que provocan el miedo y el desconocimiento: al exterior, en el caso de la reducida familia aislada, y a la «diferencia» de quienes habitan la mansión, por parte del pueblo iracundo y arbitrario —muy atentos al final—. Terror psicológico, tensión, una personalidad desbordante y una autora —nuevamente— en estado de gracia. Siempre hemos vivido en el castillo es un clásico de lectura obligada. Queremos más Shirley Jackson.

Merricat, tontuela…