La semana pasada se cumplió un año de la muerte de Kobe Bryant tras el fatídico accidente de helicóptero en Calabasas, California, en el que fallecieron nueve personas, incluidas su hija Gianna. Y hoy, gracias a Libros Cúpula, conmemoramos la efeméride con Showboat, saludada como su biografía definitiva, de la mano del periodista deportivo Roland Lazenby, a quien descubrimos apenas hace un par de meses con su monumental obra acerca de otro «Dios» —el «GOAT» para muchos, entre los que no me incluyo— de la canasta: Michael Jordan. Vasos comunicantes…

Porque el 23 de los Bulls y «Last dancer matón» es el elefante en la habitación. La alargada e imitada sombra de una biografía que muestra una acerada y omnipresente dicotomía en la trayectoria de Kobe, acaso el verdadero eje de Showboat. Por un lado, el talento descomunal, la ética de trabajo sin paragón, la competitividad e indestructible confianza en uno mismo —la «mentalidad mamba»—. En el otro, el ego desmedido, la actitud despótica con rivales y compañeros, y el egoísmo dentro y fuera de la cancha. Factores que lo elevaron a los altares baloncestísticos, pero a la vez abocaron al malogrado escolta Laker al aislamiento social y deportivo, forjándose una imagen arrogante y huraña que sólo su etapa post-jugador logró borrar. ¿Os suena? Lo dicho, vidas paralelas…

Más rasgos en común. En Showboat, Lazenby repite el enfoque y estructura seguidos en su libro sobre Jordan: la obra exhaustiva. Como en aquella, el nivel de profundidad vuelve a ser apabullante, con su investigación arrancando en la historia familiar y el periplo de su padre Joe «Jellybean» Bryant, un singular what if en la NBA —circunstancias deportivas varias, pero sobre todo su mala cabeza, acortaron dramáticamente su carrera profesional— transformado en todo un trotamundos del baloncesto europeo. Algo que proporcionó una formación distinta al joven y, muy pronto tan prometedor como divisivo, Kobe Bean Bryant.

Bryant y Jordan en 1998. Vasos comunicantes. Foto: Getty Images.

Sorprende lo alejado que el autor se muestra de la hagiografía. Sin duda, en Showboat hay espacio para narrar las numerosas gestas en la pista, las eliminatorias cruciales resueltas brillantemente —o con ayuda arbitral, never forget el robo a los geniales Kings de Rick Adelman— y los éxitos incontestables. No obstante, Lazenby no titubea a la hora de mostrar los numerosos claroscuros del camino seguido por Bryant. Incluso a una edad muy temprana. Así, decisiones drásticas como jugar para Lower Merion —un instituto de menor nivel donde fue la estrella absoluta—, el arriesgadísimo salto a la NBA a los 18, o ser la cara de Adidas para pasarse a Nike después, se enmarcan en un periplo en frágil equilibrio entre la sana aspiración por competir y ganar a los mejores, entremezclada por un individualismo y avaricia extremas.   

De hecho, ahondando en ese relato de brutales contrastes, nos encontramos con el que, a mi juicio, quizás sea uno de los aspectos más notables de Showboat. El papel de los otros actores principales de la historia. En la vertiente familiar, además del mencionado Joe Bryant, tenemos a Pam y Vanessa, madre y esposa, fundamentales en el devenir del jugador. Y en el terreno deportivo, Shaquille O’Neal y Phil Jackson —sin olvidarnos de Jerry West o Tex Winter, padre del mítico esquema de juego de los Bulls de Jordan y los Lakers de Kobe, el «triángulo ofensivo»—. Una pléyade de relaciones retorcidas, rivalidades demenciales, brutales choques de ego, conspiraciones y traiciones, arquetipos villanescos y yokonescos… Apasionante. 

Además de la magnífica crónica de esa «nave de los locos» que fueron los Lakers —me dejaba a la familia Buss, propietarios de la franquicia, merecedores de un libro aparte— durante sus dos décadas como líder de los púrpura y oro, Roland Lazenby también aborda los episodios extradeportivos más desagradables, incluida la acusación por violación y el tortuoso proceso legal posterior. En su conjunto, diría que la brutal presión —autoimpuesta, en primer lugar—, las decisiones discutibles —la no reconciliación familiar trasluce una honda amargura— y reprobables, o las graves lesiones, se habrían llevado por delante a cualquiera. Pero Kobe Bryant, muy a semejanza de Michael Jordan, aguantó todas las zozobras. Era(n) de otra pasta.  

Desgraciadamente, Showboat concluye con Bryant colgando las botas, con lo que su vida de empresario de éxito —y oscarizado—, filántropo reconocido, padre virtuoso, y personalidad amable, en paz consigo mismo tras años y años de personalidad esquiva y arisca, se queda en el tintero. Es una lástima, porque hablar de su legado, algo por lo que luchó como pocos, bien merecería algún capítulo extra. En cualquier caso, esta es una lectura a recomendar. Intensa como cabía esperar hablando de Kobe. Pero sorprendentemente nada elogiosa y, a cambio —felizmente—, notablemente profunda en su alcance. Un honesto último baile…