La ciencia ficción de la conciliación

¿No es la vida laboral el mayor problema de nuestra existencia? Eso mismo que nos permite subsistir y que nos convierte en privilegiados es también un tedioso sacrificio para cualquiera que tenga un mínimo de sensibilidad. Nos pasamos cinco días deseando la llegada del viernes y del fin de semana en un ciclo que se repite el lunes, cuando, como Sísifo, volveremos a empujar la roca hasta el siguiente viernes. Esta no-vida se extiende, además, hasta los períodos vacacionales -puentes, festivos y el ansiado verano-. Lo peor de este planteamiento existencial es que, durante el esperado período de descanso, muchas veces tenemos problemas para desconectar del trabajo.

La premisa de una de las grandes series del año, Separación (Severance), disponible en Apple Tv, responde a una pregunta que es pura ciencia ficción (social): ¿Qué pasaría si pudiésemos separar completamente nuestra vida laboral de nuestro tiempo personal? Una desconexión completa que beneficia al empleado, que se olvida del estrés laboral cuando está fuera de la empresa, pero también al empleador, que tiene así un trabajador que no se distrae con las preocupaciones de su vida privada. El protagonista de Severance, Mark Scout -un estupendo Adam Scott, que explota su pinta de buen tipo tanto como la cámara explora su peculiar rostro-, se nos presenta como un hombre que ha optado por trabajar en este régimen, en Lumon Industries, para dejar atrás una pérdida personal, una trama que conecta con la romántica Olvídate de mí (2004). Mark quiere olvidar y quiere tener la oportunidad de comenzar una nueva vida: su innie, su yo del trabajo, podrá vivir libre de esa pena.

Con este planteamiento, Severance se abre con un primer episodio espléndido que cuenta una historia que prácticamente no necesitaría más desarrollo, y que plantea temas existenciales estimulantes: ¿Son los innies personas? La serie establece que los trabajadores de Lumon se convierten en sus innies al entrar en el edificio y cuando salen, recuperan su personalidad y sus recuerdos. La consecuencia de esto es que los innies están condenados a una vida dentro de las instalaciones de la empresa. Una vida que se desarrolla en jornadas de 8 horas. ¿Es eso el infierno, quizás? Poco a poco iremos descubriendo lo que ocurre dentro de la empresa, donde el tono es kafkiano: nadie entiende muy bien qué trabajo hace y todo se rige por una serie de normas absurdas que tienen un trasfondo mítico-religioso que remite a un legendario fundador, a un patriarca creador de leyes. Los escenarios laborales remiten a espacios asépticos, de simetrías kubrickianas, con puntos de fuga infinitos como las oficinas de El apartamento (1960).

Nos encontraremos allí con personajes peculiares, tragicómicos: el humor remite a las distopías de Terry GilliamBrazil (1985)- en las que el hombre común es aplastado por el sistema. El reparto de los compañeros de trabajo de Mark es excepcional, encabezado por un gran John Turturro -inolvidable en Barton Fink (1991)-, al que acompañan Patricia Arquette, Britt Lower, Zach Cherry y un gran Christopher Walken. En el entorno laboral la serie adquiere texturas de thriller, con tramas paranoicas que hacen pensar en el espionaje industrial, pero que poco a poco derivan hacia misterios fronterizos con el fantástico y con ideas que parecen sacadas de un manual de autoayuda escrito por Ayn Rand. En el ‘mundo real’ de la serie, fuera de Lumon, el tono es melancólico, algo triste, pero con tendencia también al humor absurdo: ahí están la hermana y el cuñado de Mark –Jen Tullock y Michael Cernus– a punto de afrontar la paternidad, pero adhiriéndose a todas las teorías de moda sobre el desarrollo infantil; por no hablar de que él, Ricken Hale, es un escritor de libros de autoayuda que vive poniendo en práctica ideas absurdas -pero muy plausibles- como una cena sin cena, para obligar a los comensales a hablar sin que se distraigan con la comida.

Creada por Dan Erickson, el guión de Severance mezcla ideas de ciencia ficción, existencialismo y humor absurdo, pero no renuncia a desarrollar una trama con giros y sorpresas que enganchan al espectador -aunque, en mi opinión, rebajen su potencial transgresor y acercan la serie a lo convencional-. Por último, destacar que esta ficción confirma a Ben Stiller como un director no solo de comedias, sino elegante y eficiente en el drama -ya lo demostró, por ejemplo, en la magnífica Escape at Dannemora-, lo que redondea una magnífica producción. Como ya he dicho, posiblemente la mejor del año.