Sigo empeñado en no quedar sepultado por «la dictadura» de la novedad. Aún menos con un género tan querido para quien escribe como el de los relatos. Y es que habría sido una desgracia perderse Sabrina y Corina, el debut de Kali Fajardo-Anstine que Minúscula publicó a finales de 2021. Una colección de historias abrumadora, dolorosamente taciturna y de singular hondura. Una mirada tan penetrante como cohesiva sobre el desarraigo, los quebradizos vínculos humanos y familiares, o la sororidad (im)posible en un entorno desoladoramente hostil para la mujer de origen latino en el Medio Oeste americano. 

Como sus relatos, Kali Fajardo-Anstine es nacida y residente en Denver, Colorado. Sus historias aparecieron en The American Scholar, Boston Review, Bellevue Literary Review, The Idaho Review o Southwestern American Literature antes que su debut, Sabrina y Corina, se convirtiera en una de las sensaciones de 2019-2020. La retahíla de galardones habla por sí sola. Ganadora del American Book Award, finalista del National Book Award y el Story Prize, incluida entre los mejores libros del año por Kirkus Review, Library Journal y la Biblioteca Pública de Nueva York, etc. Parabienes más que merecidos.

Porque los once relatos de Sabrina y Corina son inusualmente poderosos. Tanto por su aplomo sin efectismos, no obstante la densidad y crudeza de los temas abordados. Como por su precisión, pese al generoso espacio cedido al lector para que éste rellene las pesadas mochilas con las que cargan sus personajes. Además, su consistencia temática y tonal hace que el libro pueda leerse como una única historia. En ese sentido, con independencia de sus particulares protagonistas y tramas, estaríamos ante una suerte de novela fragmentada sobre la mujer mestiza —en distintas edades, siempre de escasos recursos—, enclaustrada en la llamada Mile High City. Un lugar de teóricos vastos espacios abiertos, pero que aquí resulta opresivo. 

Con esas coordenadas tan delimitadas y esa unidad narrativa —impecablemente reflejada por la traducción de Maia Figueroa Evans—, se antoja complicado destacar algún relato de Sabrina y Corina por encima de otros, así que mejor abordarlos todos. Su arranque, con «Bebés de azúcar» y el titular «Sabrina y Corina», es soberbio y marca el tono del volumen. El primero, sobre la maternidad ausente, el pasado y los traumas perennes, aún tolera algún instante que pasaría por humor offbeat cortesía de la joven Sierra, una adolescente tan dura como afligida. En cambio, el segundo, donde dos primas de vidas tan distantes como paralelas se reúnen por última y luctuosa vez, no hay resquicio para la ligereza. Asistimos a un ritual trágico que recurrentemente asola a la familia, un matriarcado forjado por la violencia.

Más directo y, quizás más discursivo, tenemos «Hermanas», donde la violencia, ahora también respecto a la soterrada identidad de género, se nos muestra cruelmente silenciada. Le sigue una especie de brillante díptico, formado por «Remedios» y «Julian Plaza», donde la enfermedad —casi trivial o insalvable— es el factor sobre el que gravitan las herencias maternofililales y las familias devastadas. No le anda a la zaga «Galapago», de nuevo ese duelo atávico, ahora golpeando a la generación más longeva. Y aún menos el magnífico «Cheesman Park», brutal recuento de desastres padecidos por mujeres en su condición de madres, hijas, esposas o novias… y el intento de no vivirlos en soledad. 

Sinceramente, el volumen demandaba un «tiempo muerto» entre tanta dureza. Con bastantes matices, ese sería el papel de «Tomi», un atisbo de esperanza, de segunda oportunidad entre todas las dificultades, gracias a la conexión de sus personajes centrales, sobrino y tía, recién salida de prisión. Pero rápidamente retomamos la senda de la aspereza con «Un poco más hacia el oeste», otra historia de madre e hija —atentos a la sutileza con la que Kali Fajardo-Anstine insinúa la ocupación materna— que cambian su inveterado Colorado por California en busca de un futuro… que no es tal. 

Quizás el rigor y semejanza de la colección provoque que, para cuando avistamos «Todos sus nombres» y «La enfermedad del fantasma», encargados de cerrar Sabrina y Corina, el lector acuse cierto agotamiento. Es una pena, porque el primero aporta una sugerente y mohína poética a la tragedia conyugal mediante el grafiterismo en trenes —expresiones artísticas que llegarán a lugares a los que la protagonista visitará—. Igual que el relato final, con su intrahistoria del novio desaparecido y la tragedia acechante. 

En cualquier caso, y asumiendo que los estómagos más sensibles puedan preferir opciones más amables, Sabrina y Corina no tiene desperdicio. Es una colección de relatos formidable, fiera y magnética, con una telúrica presencia de la ascendencia y el inhóspito lugar de origen que determina los vínculos femeninos. Una perdurable compilación de mujeres fuertes y, en la mayoría de los casos, valientes, lidiando con la adversidad: la heredada y la atrozmente adquirida. Autora a seguir.