Russian Doll – Atrapada en la juerga

El mecanismo agumental de un clásico reciente de la comedia como Atrapado en el tiempo (Harold Ramis, 1993), en el que el héroe del relato –Bill Murray– debe revivir constantemente la misma jornada, intentando escapar de un bucle temporal generando pequeñas variaciones, ha sido utilizado felizmente por varias películas en los últimos años. Como si el esfuerzo inútil a lo Sísifo se hubiese convertido en la mejor manera de expresar nuestras preocupaciones actuales. Dos buenos ejemplos son Al filo del mañana (2014), que aplicaba el concepto a la ciencia ficción robando recursos de la narrativa de los videojuegos; y Feliz día de tu muerte (2017) que utiliza el esquema para hablar del slasher como subgénero del terror y de sus secuelas interminables –Viernes 13 o Halloween sin ir más lejos- y para convertir a la víctima femenina estereotipada en protagonista con enjundia.

Ahora, Russian Doll, nominada al Emmy a la mejor comedia y disponible en Netflix, se vale del mismo artefacto narrativo para abordar los problemas existenciales de una mujer, en su cumpleaños, que ha dejado de ser ‘joven’ y comienza a experimentar la crisis de la madurez. La fuerza creativa detrás de esta producción son tres mujeres, nominadas también a un Emmy por el guión de esta serie. La más conocida es Amy PhoelerSNL, Parks and Recreation-; pero también está Leslye Headland, que escribe y dirige; y Natasha Lyonne, que protagoniza la serie y hasta dirige un episodio.

Lyonne es Nadia Vulvokov, una mujer con un montón de defectos: fumadora, bebedora, aficionada a todo tipo de drogas, pasota en su trabajo, y con pocas ganas de enamorarse: prefiere acostarse con los hombres que le apetece y luego, dejarlos tirados. Lyonne no es la típica protagonista de una comedia romántica -aquí, romance, poco- que suelen ser absolutamente adorables, con las debilidades imprescindibles para parecer humanas. Es muy probable que Nadia no sea de nuestro agrado, si no fuera precisamente por su humanidad, además de por sus agudas réplicas y su actitud descreída ante la vida. Su historia, como ya se ha dicho, es la de descubrirse atrapada en la fiesta de sus 36 años, que se repite sin cesar, con el tema Gotta Get Up de Harry Nilson funcionando como leitmotiv de cada reinicio tras la(s) muerte(s) de Nadia. Este es quizás el elemento más flojo de la propuesta: la gran cantidad de veces que muere Nadia, nunca de una forma demasiado sorprendente, original o contundente. Las sucesivas repeticiones de la misma jornada servirán para conocer el entorno de Nadia: un amante de una noche, Mike (Jeremy Bob); un ex amante despechado, John (Yul Vázquez); sus mejores amigas, Maxine (Greta Lee) y Lizzy (Rebeca Henderson); el dependiente de la tienda de la esquina, Farran (Ritesh Rajan); sus compañeros de trabajo -por cierto, Nadia es programadora de videojuegos, por lo que aparece aquí la idea de repetir acciones hasta ‘pasarse’ por fin una pantalla-; una amiga-madre-psicóloga, Ruth (Elizabeth Ashley); su camello habitual; incluso un mendigo, Horse (Brendan Sexton III).

Todo esto lleva a pequeñas historias, que son el relleno de la trama y que sirven para dar pistas sobre la explicación de eso tan raro que le ocurre a Nadia. El problema es que estos personajes secundarios no son todo lo interesantes y atractivos que deberían ser para engancharnos completamente a la serie, que apoya todo su peso en la Nadia interpretada por una efectiva Lyonne, nominada al Emmy por su trabajo. Este problema se soluciona, sin embargo, cuando aparece un nuevo personaje, Alan (Charlie Barnett) cuyas circunstancias serán claves para resolver el misterio. A partir de su aparición en el ecuador de la serie, la historia comienza a generar su propia mitología, sus propias reglas de lo que está ocurriendo, con elementos misteriosos y siniestros como que frutas y verduras aparezcan podridas cuando Nadia está cerca. En este tramo final, Russian Doll recupera el impulso inicial y felizmente su desenlace es de lo mejor de la propuesta, con interesantes ideas de tono fantástico que trascienden la cotidiana propuesta inicial y exploran conceptos como los universos paralelos, pero también temas como el destino, el karma, el misticismo judío y por qué estamos aquí.