El sueño de un friki es que su sabiduría enciclopédica sobre la cultura popular se pudiese traducir en éxito económico, social -o que sirviese para ligar-. Todo eso se cumple en la simpática novela Ready Player One, una idea brillante que saca partido de la innegable nostalgia por todo lo que huele a los años 80, a través de un hilo argumental -coherentemente- de videojuego. El libro de Ernest Cline hace del guiño y del ‘huevo de pascua’ su principal razón de ser -tanto en la forma como en su contenido- y su éxito editorial ha convertido en realidad ese mismo sueño: Cline es un autor de éxito gracias a su pasión por Indiana Jones, los Goonies o Regreso al futuro y el tío tiene ahora un DeLorean en su garaje. Ready Player One es algo así como una mezcla entre Un mundo de fantasía (1971) -el tema Pure Imagination aparece tuneado en un trailer de la adaptación cinematográfica- y Matrix (1999). Su sencilla historia se desarrolla en el año 2045. El protagonista es un joven enganchado a una realidad virtual que sigue las pistas de un gurú de los videojuegos fallecido, con el fin de hacerse con su inmensa herencia y de paso, mantener esa realidad virtual, llamada Oasis, libre del control de las grandes corporaciones. Casi toda la trama transcurre en ese mundo virtual, que reúne todos los universos de ficción de la cultura popular, desde El Señor de los anillos a Mad Max, pasando, claro, por Star Wars. Resulta que el fallecido gurú -trasunto de Steve Jobs y Willy Wonka– era adicto a las películas, los cómics, la música pop, los videojuegos – ¡y los juegos de rol! – de los años 80. Por ello, el protagonista del relato es un estudioso de dichas referencias y por eso, la novela es una suma de todo lo que nos gusta.

Desde los 80 hemos estado diciendo que una película se parece a Star WarsGuardianes de la galaxia– que otra recuerda a Indiana JonesLa momia, Tomb Raider– o que aquella tiene un aire a E.T., el extraterrestreLa forma del agua-. Últimamente hemos vivido remakes o secuelas de Rocky, Mad Max, y Terminator o hemos recibido ficciones enmarcadas en aquellos años como Stranger Things o It. Nos hemos pasado los últimos 30 años buscando guiños, referencias, o secuencias inspiradas en un puñado de películas de nuestra infancia. Ready Player One hace de esta búsqueda su razón de ser y el McGuffin de la propia historia, y contiene referencias a todo, a absolutamente todo, desde Doctor Who hasta los cereales de Cap’n Crunch y la Commodore 64. Algo así como la biblia del nostálgico ochentero estadounidense. Quizás por esto, la adaptación cinematográfica solo la podía haber dirigido Steven Spielberg… o quizás justo por ello, no. ¿No habría sido más adecuado poner a los mandos a un fan del director de En buscar del arca perdida (1981) como J.J. Abrams? Nunca lo sabremos.

Steven Spielberg coge el material de Cline -que participa en el guión- y lo hace completamente suyo. Si queréis recuperar la sensación de salir del cine tras ver E.T., el extraterrestre (1982), esta es vuestra película. Spielberg parece el de siempre, y la música es de Alan Silvestri -autor de la banda sonora de Regreso al futuro (1985)- por lo que la sensación de estar de vuelta en aquella época es total. Hay que decir, eso sí, que el director de Tiburón (1975) limpia del texto original todo lo incómodo -fuera menciones a la masturbación- suprimiendo la violencia y la muerte. Además, ser retraído socialmente no es “ser raro”, como en la novela, sino adorable, como todos esos nerds de las películas de los 80: Mark RylanceEl puente de los espías (2015)- interpreta a un inepto, pero simpático gurú de los videojuegos. Tampoco hay rencor en el protagonista, Wade Watts (Tye Sheridan) -nombre aliterado como los que ponía Stan Lee a sus superhéroes- que aquí es un chaval tímido, soñador, y huérfano. Creo que el film falla en la presentación de su protagonista y de su mundo, y, la verdad, me parece mucho más interesante la chica de los sueños de Wade, Art3mis -estupenda Olivia Cooke de Yo, él y Raquel (2015)-.

Como en todo el cine Amblin, el auténtico objetivo del joven héroe es ese primer beso, que todo chaval desea en su temprana adolescencia. Spielberg también reduce al mínimo las referencias más oscuras de la novela: a los juegos de rol, a grupos de rock menos conocidos como Rush, a series japonesas de los 70, a videojuegos antiguos. Los guiños se actualizan para no dejar fuera a los millennials: aparecen King Kong, el Gigante de Hierro, juegos de lucha más longevos como Street Figther, o shooters recientes como Halo; también se tira de referentes demasiado conocidos como el baile de Fiebre del sábado noche (1977) en el que es el peor momento del film. Y es que Spielberg hace películas para todos. Además, el director de Las aventuras de Tintín (2011) aumenta la acción en el mundo real con respecto al original -los avatares generados por ordenador son horrendos- y estas secuencias con actores de verdad tienen un delicioso sabor a Los Goonies. Pero, a pesar de estos esfuerzos, lo que emociona realmente de la historia es lo que pasa en el mundo virtual y aunque tampoco quiera Spielberg apoyarse demasiado en los homenajes a otras películas, estos son lo mejor de la función: la maravillosa secuencia dentro de El resplandor (1980) -que sustituye a Juegos de Guerra (1983) en la novela-, el DeLorean y el cubo Zemeckis. Y cuando la película se permite referencias más oscuras, me parece aún mejor: como Mechagodzilla, el videojuego de Atari Adventure, la moto de Akira, el mecha Gundam, la estrella de Krull, ¡la santa granada! Yo conozco todas esas referencias ¿y vosotros?