Realidad y ficción

Durante las tres horas y media de duración de Quién lo impide hay dos pausas que permiten el descanso del espectador. En uno de estos intermedios de 5 minutos hice una foto de la pantalla con el cartel que indicaba el tiempo que restaba para la reanudación de la película y colgué dicha imagen en mis redes sociales. Sorprendentemente, casi enseguida tuve una interacción con uno de los jóvenes que aparece en la película y pude comprobar en ese mismo momento que su perfil en Instagram era exactamente igual que el que acababa de ver en la cinta de Jonás Trueba. Aquella casualidad me pareció el resumen perfecto de un film que borra la frontera entre la realidad y la ficción. 

En este documental, grabado durante 5 años, un grupo de jóvenes se ‘interpretan’ a sí mismos. Las situaciones en las que aparecen se recrean delante de la cámara y ante la presencia del director, por lo que se introduce inevitablemente un pequeño elemento de ficción. En este experimento, que a veces parece un intento de ‘reality’, pero sin sensacionalismo ni morbo, Jonás Trueba deja que estos adolescentes -entre 15 y 20 años tienen- se expresen como quieren, y como pueden, y que manifiesten sus dudas existenciales, sus miedos y sobre todo la incertidumbre ante su futuro. Los chavales hablan a cámara demostrando lo inexpertos e inocentes que son, pero también denotando una ilusión -más de una vez se habla de ‘cambiar el mundo’- que los que tenemos ya una edad, hemos perdido. 

Es fácil no tomarse en serio a estos chicos, pero Trueba se encarga de dejarnos clara su importancia al mostrar cómo votan por primera vez en unas elecciones, tras cumplir los 18 años que marcan la supuesta mayoría de edad. El retrato de una generación que aborda Trueba abarca varios aspectos de su vida: sus estudios, sus perspectivas laborales, la forma que tienen de relacionarse entre ellos y sus inquietudes artísticas -faltaría, quizás, explorar su relación con la generación anterior, con sus padres-. Cada espectador tendrá que sacar sus propias conclusiones sobre por dónde viene esa generación futura que ha tenido que enfrentarse a no pocos obstáculos -como la pandemia- ya desde el principio. Pero en mi opinión lo mejor de Quién lo impide son las dos fugas que emprende Jonás Trueba para contarnos, en términos ya decididamente de ficción, dos preciosas historias sobre los primeros amores, protagonizadas por cuatro de los jóvenes que hemos conocido a través del documental. Es entonces cuando, al menos a mí, verdaderamente me emociona esta película.