Arrancamos el nuevo año de lecturas con algunas obras publicadas en el tiempo de descuento del aciago 2020. Como este Que rule el amor, las memorias del inefable rockero, productor y actor Lenny Kravitz —en su cabeza, el «da Vinci negro»— junto al reputado musicólogo David Ritz —a quien descubrimos el mes pasado con su excelente biografía de Aretha Franklin— que nos trae Libros del Kultrum. Un relato sosegado, ameno y minucioso de su juventud y temprano asalto a la fama, evidente volumen inicial que garantiza una continuación en el horizonte. 

Porque, aparecido en nuestro país casi simultáneamente que la edición original inglesa —lo que, imagino, justifica el cambio estético de la cubierta por parte de la editorial—, Que rule el amor abarca desde el nacimiento de Leonard Albert Kravitz en Manhattan en 1964, hasta el lanzamiento de su alabado disco de debut, Let love rule, en 1989. Veinticinco nutridos años, pormenorizados e hilvanados de forma ligera, gracias al impecable trabajo en la traducción del gran crítico musical Ignacio Juliá —única objeción: la dudosa elección del verbo, demasiado «jipioso» a mi juicio, para el título del libro—. Y muy reveladores de la contradicción permanente que rodea a la figura de nuestro protagonista.  

Y eso que Kravitz puede resultar un personaje irritante —para quien escribe, en grado sumo—. ¿Genio virtuoso o rey de los imitadores? ¿Artista genuino o celebrity global? ¿Voz trascendente o goliardo multimillonario trasnochado? ¿Iconoclastia o arrogancia? No somos pocos quienes creemos que fusilar a conciencia a Prince, James Brown y Jimi Hendrix  —amén de los riffs del «otro» Jimmy, Page—, restan credibilidad creativa, pese a los innegables aciertos rockeros y souleros de una carrera que bordea las tres décadas. O que la querencia por la pose, la moda, la grandilocuencia del show business, la espiritualidad new age y el «picaflorismo» de tabloide hacen lo propio con la dimensión de su figura. Sin embargo, Que rule el amor fluye y convence.

En mi opinión, ello se debe precisamente a Que rule el amor logra mostrar al lector las distintas caras de la vida y carrera del polifacético personaje, reflejando, quizás involuntariamente, la discordancia y el conflicto inherentes a su figura. Así, en estas páginas prolifera el Kravitz pelín insufrible. Un crío algo pagado de sí mismo, forjado en un entorno privilegiado, por el que pululan los nombres insignes —entre los amigos de sus padres encontramos a Duke Ellington, Count Basie, Miles Davis o Sara Vaughann—. O un adolescente ambicioso, con pingües recursos a su disposición —atentos al motivo para disolver la primeriza banda Wave, o a la financiación de sus primera maquetas—, más bien holgazán, excepto en lo musical, el skate o el «fumeteo».  

Sin embargo, estas memorias también nos permiten descubrir a un Lenny Kravitz mucho más de carne y hueso. Un joven sempiternamente confuso, nacido en el seno de dos culturas familiares casi antagónicas, a la vez que poderosamente atraído por polos explosivamente opuestos. Y no me refiero a los devaneos juveniles. Ni a esa improbable coctelera de góspel —su primigenio encuentro con los escenarios—, jazz, The Jackson 5ive, Led Zeppelin y gotitas de emergente hip-hop, de las que se nutrió y asimiló para cincelar su propio sonido. Hablamos de extremos y circunstancias de las que marcan a fuego la existencia.

Cuestiones como el peso del color de la piel. Nueva York versus Los Ángeles. Cristianismo o judaísmo. Y esa misma religión frente al hedonismo, por no hablar de la incipiente sensualidad y promiscuidad de la que hará bandera en el futuro —aunque, ¿no pasó una supuesta época de celibato en los 2000s?—. La insobornable voluntad de trazar un camino propio frente a los cantos de sirena y directrices de la industria discográfica. Y, diría que por encima de todo, la compleja y ambivalente relación con sus progenitores: la fama de su madre y, singularmente, la severidad y los secretos de su padre Sy. En definitiva, antes del astro, hubo un muchacho con ganas de comerse el mundo… y repleto de dudas. 

Esa dualidad digamos emocional, unida a la falta de pretensiones —sinceramente, uno se temía lo peor de alguien capaz de ponerse Romeo Blue de seudónimo— y la naturalidad en el desarrollo de la biografía, convierte a este Que rule el amor en una grata sorpresa. Lenny Kravitz brinda al lector un muy disfrutable primer envite de su vida. Uno que escarba en la gestación y evolución del naciente artista de forma sumamente honesta. Deteniéndose tanto en la rebeldía pseudo romántica de quien desafía a multinacionales, modas —su «revivalismo» no parecía tener cabida en los 80s y 90s—, e incluso constreñimientos familiares, como en el titubeo y la zozobra. «But what I really want to know is / Are you gonna go my way?»