La oratoria. Noble arte que en nuestro país se encuentra en evidente decadencia ¡Qué digo decadencia! En claro peligro de extinción. El embotamiento por sobredosis de smartphone no ayuda. ¡Pero si sólo fuera eso! Uno ve y escucha las capacidades oratorias de “quienes nos dirigen desde arriba” o de quienes se les supone ser “una voz autorizada” y se deprime. Los tertulianos y periodistas mediáticos rebuznan o graznan sistemáticamente al son del mejor postor. Algunos políticos nos hablan de bíblicos viajes en barco —Moisés en los tiempos de la Ciutat Morta— para disimular que no tienen la más remota idea de hacia dónde nos llevan —pero por el camino van poniendo la mano—. Otros se escudan en pantallas de televisión para no responder a las preguntas de los periodistas. Mientras los más abyectos nos intentan colar patrañas absurdas sobre “despidos en diferido”, pensando que somos imbéciles. Y entonces va la siempre recomendable editorial Malpaso y te sugiere la lectura de este Que levante mi mano quien crea en la telequinesis y a uno le entran ganas de llorar. ¿Por qué unos tanto y otros tampoco?

Me refiero, claro, a la alta estima que este subgénero tiene en Estados Unidos. Un predicamento que posibilitó que Kurt Vonnegut fuese requerido en numerosas ocasiones como orador. Nueve de esos discursos, siete de ellos dirigidos a estudiantes en el día de su graduación, más una breve recopilación de citas, conforman esta singular recopilación. Para los que no conocéis al escritor de Indianápolis sólo dos palabras: Matadero Cinco. Una de las mejores novelas antibélicas —surrealista, tierna y espeluznante al mismo tiempo— jamás escritas. A partir de ahí tenéis una ingente obra que descubrir, incluyendo trece novelas, múltiples relatos y ensayos, la de una de las mejores plumas y mentes más privilegiadas de la literatura norteamericana del siglo pasado.

En realidad, Que levante mi mano… sería únicamente un caramelo para completistas y fans del añorado escritor. Incluso, dada su brevedad, rayaría en el mero oportunismo comercial. Sin embargo, es el propio Vonnegut el mejor valedor de la existencia de este librito. Adentrarse en sus discursos es aproximarse al mundo de un escritor que dominaba como nadie la sátira, el humor —a veces un poco socarrón, otras muy negro— para decir cosas sencillas, llenas de sentido común y dirigidas sólo por un objetivo: intentar que este mundo sea un poco mejor. Ahora que el cinismo ha ganado la batalla intelectual, ahora que el desapego pragmático, profundamente capitalista, y la falta de compromiso venden, leer a Vonnegut adquiere una dimensión todavía más necesaria. En estos discursos lo que hay es empatía, sinceridad, amor por el prójimo y esperanza. Si os suena sentimental, naïf, es que tenéis un problema.

Que levante mi mano… está lleno de frases memorables, de perlas que, espero, se quedasen grabadas en la mente de los afortunados estudiantes que las escucharon y que, hoy en día siguen siendo tan o más válidas. Vonnegut hablaba a los jóvenes de tú a tú, lejos de cualquier idea de esnobismo o superioridad intelectual, buscando su complicidad. Dispara con bala contra los prejuicios o las estúpidas ideas preconcebidas como los “ritos de paso” —el párrafo sobre la guerra es inmejorable—. Los premios Nobel, el Código de Hammurabi, la religión, las ideas humanistas, la política, la maternidad, el borreguismo televisivo, el aburrimiento, los libros, etc, multitud de breves reflexiones planteadas a un auditorio con la voluntad de animarlos a afrontar el futuro con optimismo, hacerles reír, apoyarlos y hacerlos pensar. Estoy seguro que cualquiera que lea este librito tendrá sus propias frases preferidas. Yo me quedo con las tres siguientes, que creo que resumen a la perfección que, además de un escritor maravilloso, Vonnegut era, principalmente, una buena persona.

Sobre la música:
“La función del artista consiste en conseguir que a la gente le guste más la vida”. Preguntando si eso había sucedido alguna vez, respondía: “Sí, los Beatles lo lograron”.

Sobre la educación:
“¿Cuántos de vosotros habéis tenido un profesor, que os haya hecho sentir más contentos de estar vivos, más orgullosos de vivir, de lo que antes hubieseis creído posible? ¡Bien! Ahora decidle el nombre de ese maestro a otra persona y explicadle lo que hizo por vosotros. ¿Ya está? Pues no me digáis que esto no es bonito.”

Sobre la felicidad:
“Pero volvamos a mi tío Alex, que ya está en el cielo. Una de las cosas que objetaba a los seres humanos era que casi nunca advertían su felicidad cuando eran felices. Él hacía todo lo posible para celebrar los buenos momentos. Podíamos estar bebiendo limonada a la sombra de un manzano, en pleno verano, y el tío Alex interrumpía la conversación para exclamar: “No me digas que esto no es bonito ¿eh?” Que ese sea el lema de vuestra promoción.”

“Os sugiero, adanes y evas, que centréis vuestras aspiraciones en convertir una pequeña parte del planeta en un lugar seguro, saludable y decente. Hay mucho que barrer. Hay mucho que reconstruir, tanto espiritual como físicamente. Pero también va a haber mucha felicidad. ¡No os olvidéis de reconocerla!”

¡Que suerte tener a Kurt Vonnegut para darte consejos!