Josep Guardiola (Santpador, Barcelona, 1971), el laureado entrenador del primer equipo del F C Barcelona, entre 2008-12, Pep, para todos, es el vector del libro de Luis Martín (Barcelona, 1967), Lu, también para todos. Aquellas cuatro temporadas son el terreno de juego de Quan vàrem ser eterns. Anatomia del Barça de Pep Guardiola (Cuando fuimos eternos. Anatomía del Barça de Pep GuardiolaLibros Cúpula). Lu, periodista deportivo de largo recorrido, que cabe suponer que las ha visto de todos los colores, traza alrededor de la figura del más reciente campeón de la Copa de Europa –eso de la Champions suena mal–, toda una reflexión de la personalidad y el impacto del preparador. A los mandos, desde hace seis temporadas, del Manchester CityGuardiola es «interpretado» a partir de una multiplicidad de voces –jugadores, directivos, periodistas, etc.– que lo tratan en el día a día en Manchester o que lo conocieron en su etapa en el FC Barcelona. 

En 2008, Guardiola encontró en el Barça un grupo humano con hambre y talento. Mientras se iban profesionalizando, el líder se fue obsesionando con su trabajo. Su exigencia, su sentido culé y el legado de Johan Cruyff, una idea a la cual el exjugador encontró el método con el que expresarse, lo fueron consumiendo. Cabe entender que el modelo de la excelencia, que está al alcance de pocos, se podía cobrar un número indeseable de víctimas. «Prendrem mal», dijo. «No haremos daño, me voy» es la versión abreviada de un íntimo desencanto. Un elegido, no solo en el deporte, sino ante la vida, experimentó el sabor más ocre de la gloria, como es la amargura de la soledad. Más que incomprensión, una figura tan prominente como esta genera una suerte de envidia en ciertos sectores del barcelonismo, que prefieren un perfil más estándar, más dócil. «No hay nada más peligroso que no arriesgarse», reza la página web del entrenador. 

Ante todo, el Barça es un club cainita como pocos. Algunos críticos aseguran que pesa más el amiguismo que el barcelonismo. Guardiola dejó la entidad de la que es socio, en el verano de 2012. Para fortalecer esa decisión aludió a que se había vaciado; además, escogió tomarse un año sabático. Tras el paréntesis, volvió a la élite dirigiendo durante tres temporadas al Bayern de Múnich. El resultado de su trabajo fueron tres Bundesligas.

El mánager, como dicen en Gran Bretaña, demuestra, día a día, que en el deporte de élite, él es uno de los escasos referentes que pueden presumir de ser contraculturales. Supone una celebridad anómala en medio de un campo de minas. Futbol, ríos de dinero y contracultura. ¿Sé puede ser más profesional ante tanto ruido, glamur y ruido vacuo?  «Perdonaré a los jugadores que no acierten, pero nunca les perdonaré que no se esfuercen». Palabra del gurú. También tiene una legión de detractores, pocos dados a admitir sus triunfos. Una excepción fue Sir Alex Ferguson, quien reconoció aquella noche de 2011, en Wembley, la derrota frente al Barça. Tuvo la elegancia de reconocer sin excusas la victoria del rival. Habiendo tenido la oportunidad, no todos son capaces de decir lo mismo. Que tu rival es mejor que tú. Aquella victoria supuso la segunda Copa de Europa para el entrenador, la cuarta para el club.  

El autor tercia sobre estas y otras cuestiones. De lo verosímil y lo imposible. De la lealtad y el respeto. En un notable ejercicio periodístico, el libro es un reportaje amplio y diverso, en que también, caben anécdotas divertidas. Con la velocidad del relato bien medida, las voces invitadas, las pausas y los desvíos narrativos que la crónica demanda, técnica poco utilizada en Martín. Se le conoce más como un relator rocanrolero, con mucho riff expositivo, poco dado a la calma narrativa. En esa agradecida sutilidad se podría decir que el autor está en el centro del campo. Amaga, se para, radiografía los espacios, arranca de nuevo, con el pie cosido a la pelota. Filtra un pase e insufla vida al fútbol, en su caso, la escritura. Con esta oda a un personaje distinto, rendido a su tozudez ilimitada, expone sus némesis y apunta sus prolapsos. Luis Martín pone el foco en cómo se fabrica un territorio etéreo, como es la eternidad, que va más allá del éxito puntual.