The Leftovers es el gran enigma de la televisión actual. No porque su trama contenga un misterio a desentrañar, si no porque es extrema: alterna capítulos y secuencias absolutamente geniales con alguna trama impropia de una producción HBO. Palo y zanahoria. No sabes lo que te espera cada semana que te pones ante la tele. Emoción o (por momentos) aburrimiento. Sin término medio. Y engancha. Y (a veces) molesta. El gran enigma es, ante todo, si el público logrará engancharse a un producto gélido, desagradable, espiritual y básicamente anticomercial. Pero una cosa no admite dudas, es televisión con mayúsculas. Y De momento HBO la ha renovado para una segunda temporada, pero eso no es un indicativo fiable. Suelen dar carrete al menos dos temporadas a sus producciones aunque no gocen de grandes ratings, como es el caso.

Para el que no haya oído hablar siquiera de esta serie, ahí van tres líneas explicativas sobre The Leftovers. ¿Qué pasaría en nuestro modo de vida, en nuestro sistema de creencias, si 170 millones de personas desaparecen en un segundo sin dejar rastro, plof, y sin que nadie sepa tres años después por qué? La gran ventaja de la serie no se centra en qué les pasó, por ahí podría sobrevenirnos un misterio barato a lo Stephen King, si no en cómo sobreviven a un shock tan terrible los que sí siguen en la Tierra. En cómo afrontar el día a día cuando toda tu familia ha desaparecido mientras les preparabas el desayuno, en cuestionar tus convicciones religiosas cuando crees que es una acción divina y descubres que en lo que se interpreta como una ascensión al cielo están incluidos asesinos y narcotraficantes. Por el camino se desbarata la fe tradicional y surgen profetas y sectas… Todo, centrado en una pequeña colmena, el pueblo de Mapleton, en Nueva York.

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Un material denso y complejo, para el que HBO involucró a Tom Perrotta (el autor del libro original) poniéndole al frente de la adaptación televisiva junto a un zorro, Damon Lindelof, más conocido por ser la mitad del dueto de showrunners que hicieron de Lost un fenómeno sin precedentes. Y creo, mira por donde, que esta decisión le sienta bien a la serie porque han llevado el libro más lejos hacia territorios más sombríos pero, paradójicamente, la perjudica. Leyendo la sinopsis y viendo a Lindelof en los créditos, muchos espectadores pensaron que era casi una secuela de las peripecias del famoso vuelo Oceanic 815. Menudo error.

Quitando un gag inicial, en el que no puedes dejar de escapar una carcajada cuando ves que entre los 170 millones de ausentes están Jennifer Lopez, Shaquille O’Neal, Miss Texas, Adam Sandler, Putin y hasta el Papa (Ratzinger, ojo), la primera temporada de The Leftovers consta de once capítulos casi sepulcrales. De una oscuridad tremebunda y por momentos asfixiante. Más que nunca cuando aparece el Remanente Culpable, una secta en la que sus miembros visten de blanco (qué ironía), no hablan y fuman simbólicamente sin parar. Su única misión es impedir al resto que olvide lo que pasó. Y para ello recurren al autosacrificio, al martirio y algunos de los momentos más inquietantes de la televisión actual (y no entraré en spoilers).

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El tercer episodio, ‘Dos barcos y un helicoptero’ (centrado en el reverendo Matt) y el sexto, ‘Guest‘ (este en Nora), son una obra maestra de la televisión moderna y en el elenco funciona bastante bien el protagonista, Justin Theroux (guiño musical, su cara le sonará a los fans de Muse porque apareció en el videoclip de ‘Hysteria‘), aparece también Liv Tyler (sorprendentemente bien, quién lo diría) pero estamos ante uno de los descubrimientos del año con Carrie Coon. Ojo a esta mujer. Ahí hay una actriz de futuro.

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La primera temporada se ha basado en el libro de Perrotta, pero la segunda será material cien por cien nuevo. Ahí estará la prueba de fuego. De momento, ya han conseguido algo, y es no dejar indiferente a quien la ha visto. Punto para The Leftovers.