El loco viaje del héroe

Hay veces que menos, es más. El argumento de la película Prisoners of The Ghostland no parece demasiado original: un atracador de bancos es reclutado para rescatar a la hija de un señor de la guerra. Podría ser la historia de muchas películas de acción. Pero si el protagonista es Nicolas Cage, sabemos que el tono del film va a ser, como poco, peculiar, ya que el actor nos tiene acostumbrados a sus excéntricos excesos interpretativos. Pero es que, además, el director de esta cinta es el japonés Sion Sono, cuya visión artística es todo menos convencional. La conjunción de ambas sensibilidades, la de Cage y la de Sono, dan como resultado un film visualmente estimulante y divertido, pero, en mi opinión, insatisfactorio.

La historia es una mezcla argumental y estilística de muchos elementos: el western, las películas de samuráis y el cine de acción, todo enmarcado en una especie de distopía a lo Mad Max. Esto lo filma Sono casi como si fuera un musical, con decorados enormes, repletos de figurantes y utilizando a grupos de personajes a modo de coro, que acompañan la acción con réplicas, bailes y canciones. A esto hay que sumar ideas descabelladas como el traje que lleva el personaje de Cage, que lleva incorporados explosivos listos para detonar si el antihéroe se desvía de su misión, incluyendo un par de cargas en los testículos. Todas estas ideas pueden parecer simpáticas, y, de hecho, lo son, pero juntas acaban estorbándose en una propuesta demasiado barroca. Acompañan a Cage actores como el estupendo Bill Moseley y la carismática Sofia Boutella -que podría haber dado más de sí con más escenas de acción- entre un amplio reparto que incluye intérpretes estadounidenses y japoneses, hablando, cada uno, en su idioma. El resultado, como ya he dicho, es una película inclasificable, que se acaba perdiendo en una estimable libertad creativa. Menos es más.