La franquicia de Depredador puede ser el mejor ejemplo de la encrucijada -o el callejón sin salida- en la que se encuentra el cine comercial estadounidense, el blockbuster, más allá de los superhéroes de Marvel Studios.

El fan quiere revivir las sensaciones experimentadas al ver Depredador, dirigida por John McTiernan, en 1987, y sueña con una secuela que debe ser muy parecida al original, pero al mismo tiempo diferente y fresca. ¿Cómo se consigue eso?

Por otro lado, el cazador alienígena al que se enfrentó Arnold Scwharzenegger no es un personaje con suficiente entidad para generar nuevas aventuras por sí mismo: es un monstruo atrapado en la estructura del film original, algo así como una variación del mito de Jasón y los argonautas, en el que los héroes deben enfrentarse al dragón para robar el vellocino de oro. No hace falta decir lo complicado que debe ser crear algo con esa misma estructura que, al mismo tiempo, parezca original.

El primer intento de recrear el éxito de esa primera cinta fue cambiar el entorno selvático por el urbano, en Depredador 2 (1990), una secuela discreta que ha ido creciendo en simpatía con los años; mucho más tarde llegaría otra variación como Predators (2010), estupenda secuela que convertía a los humanos en alienígenas en el mundo del Depredador. Por último, El Depredador (2018) apostaba por la aventura fantástica al estilo ochentero, en una mezcla de acción y comedia que no encontró a su público. Mencionemos también la muy pulp Alien vs. Predator (2004) y su secuela en plan slasher juvenil, Alien vs. Predator 2 (2007), cuyos planteamientos son muy diferentes ante la necesidad de enfrentar a los dos monstruos extraterrestres.

Ahora, a través de Disney Plus -¿Quién lo hubiera dicho en 1987?- llega Predator: la presa, una secuela que intenta, una vez más, contar lo mismo de forma diferente. Tiene a su favor el que han pasado 35 años desde Depredador, por lo que repetir la jugada se justifica en la búsqueda de un público nuevo.

Dirige el interesante Dan Trachtenberg, que debutó con Calle Cloverfield 10 (2016) y que aquí se muestra bastante efectivo. La película juega con la sugerente idea de que los depredadores han visitado la Tierra desde hace siglos y nos sitúa en el siglo XVIII en unos todavía salvajes Estados Unidos habitados por nativos americanos.

Si la cinta original de 1987 exudaba testosterona gracias a su musculado reparto de héroes de acción, aquí la protagonista es Naru (Amber Midthunder), una joven que quiere demostrar a su comunidad que es capaz de cazar como los hombres y que se niega a ser una recolectora como su madre.

Con este argumento étnico feminista, la película se desarrolla, sin embargo, de forma clónica a Depredador (1987),  por lo que no podemos esperar demasiadas sorpresas. Más allá de esto, el guión -firmado por Patrick Aison– se empeña en expresar visualmente la metáfora que encierra la figura del depredador sobre la supervivencia, la ley del más fuerte y la ley de la selva -el papel del ser humano en el orden natural-. Para ello, nos muestra a animales salvajes -creador por ordenador- enfrentándose y comiéndose unos a otros, siguiendo la cadena alimentaria hasta el ser humano, una idea que se quedaba en el subtexto en la cinta original, y que hacerla explícita es un buen testimonio de lo que los autores actuales piensan de los espectadores.

Y es que, si no era suficiente con ver a una hormiga comida por un roedor que luego es devorado por una serpiente en una secuencia que parece sacada de El libro de la selva, hacia la mitad de la cinta un personaje nos explica claramente cuáles son las intenciones del Depredador. Por si alguien no se había enterado. A pesar de esto, Predator: La presa, con sus texturas digitales, su carencia de fisicidad y aunque a sus personajes les falta un pelín de carisma, es una secuela estimable, con tono de tebeo o de novela juvenil de aventuras, que nos hace pasar un rato agradable.