Supongo que uno de los mejores cumplidos que se le pueden hacer a un libro sobre un grupo/solista es que mientras se lee, o justo después de concluirlo, su lector se lance como un poseso a recuperar o descubrir la música en éste relatada. Bien, ese es mi caso. Desde hace un par de semanas mi banda sonora particular son las canciones de Dean Wareham, ya sea descubriendo a Galaxie 500, revisitando la discografía de Luna, o volviendo a escuchar sus últimos trabajos junto a Britta Phillips. Todo gracias a Postales Negras.

Y es que este libro engancha. Irremisiblemente, casi desde sus primeras páginas. ¿Por qué? Porque es un relato, sorprendentemente franco, de su periplo como músico. Pero sobre todo, y ahí está la magia de estas memorias, de cómo su carrera como líder de dos bandas, ahora consideradas «de culto», y su posterior trayectoria, es indisociable de su vida. El Wareham músico y el Wareham ciudadano, con facturas que pagar y no pocos problemas domésticos, son la misma persona.

En ese sentido, Postales Negras es una bofetada en toda regla a la mayoría de biografías que pululan por ahí. Sin heroísmos, por favor, que diría el genial Raymond Carver. Quien espere unas memorias «heroicas» o «kamikazes», se llevará una sonora decepción. Quien aguarde diatribas contra ex compañeros, tortuosas justificaciones sobre el final de bandas como Galaxie 500 o Luna, o amargas críticas contra una industria musical que busque en otro lado. Wareham se ocupa de todos esos temas, y muchos más de índole privada, sin atisbos de drama, pontificaciones ni pretensiones altisonantes. Nada más -y nada menos- que su punto de vista. No tienes que compartir sus opiniones -muchas de sus aceradas críticas contra determinados grupos en mi caso, por ejemplo- para entender el comportamiento de su autor.

Wareham quizás no sea un escritor con unos recursos estilísticos inagotables, o un talento extraordinario para deslumbrar al lector con sus frases. De hecho, en más de una ocasión, sus recuerdos están demasiado cerca de la pura digresión o el comentario excesivamente superficial de algunos hechos (diablos, ¿a qué viene tanta comida?). Pero si es un «personaje literario» diáfano, porque como autor, no podría ser más honesto. No hay muchas obras en las que el «músico baje a la Tierra». Y muchas menos en las que el artista, desprendido de todo glamour, sea tan capaz de diseccionar ese mundo con el que miles de mortales soñamos.

La cantidad de momentos absolutamente reveladores que el lector se va a encontrar en Postales Negras convierten a este libro en un acontecimiento literario-musical. Sí, la industria musical es cruel, tremendamente exigente y volátil. Es un negocio, para lo bueno y para lo malo.Sin jets privados, legiones de groupies o toneladas de dólares gastados en ti, la vida en la carretera es mundana. Grabar un disco puede ser tedioso, insoportablemente cansino e irritante. Convivir con tus compañeros de banda durante semanas inacabables puede acabar destruyendo tu amistad con ellos. Tu vida sentimental va a ser inevitablemente frágil si no eres capaz de trazar claramente cuáles son tus límites. ¿Hasta donde vas a sacrificarte por ser escuchado?

No se trata de mostrarse como una víctima y buscar que el lector se compadezca de tus frustraciones. No, Wareham simplemente nos ofrece su relato, veraz, aunque siempre personal, reflejo de las miserias y triunfos de quienes han decidido que se van a ganar la vida -o al menos intentarlo- subiéndose a un escenario y cantando sus historias. Estas postales no tienen nada de negras. Son absolutamente brillantes.