En series como GleeAmerican Horror Story y American Crime Story, Brad Falchuk y Ryan Murphy utilizan un marco genérico -el musical, el terror, el relato criminal basado en hechos reales- para contar una historia, claro está, pero también para introducir temas que sin duda parecen preocuparles especialmente: los derechos civiles, el feminismo, la lucha contra el racismo y los derechos LGTBI. Temas que aparecen de forma secundaria, como apuntes, que enriquecen lo que de otra forma sería un mero divertimento televisivo. Tienen estos dos señores, además, la tendencia a provocar. Sus series suelen incluir una violencia algo más gráfica de lo habitual, y sobre todo escenas sexuales que parecen destinadas a remover en su sofá al espectador más conservador. Han adoptado, por último, una clara postura anti-Trump en los últimos tiempos -véase American Horror Story: Cult, que comenzaba cuando éste ganaba las elecciones-. Con estos antecedentes, Pose parece la obra en que los dos front runners se deciden a convertir estos temas sociales y políticos en la historia principal de una serie. 

Nominada al Emmy a la mejor serie dramática y creada junto a Steven CanalsPose nos lleva a 1987, Nueva York, y sus protagonistas son un colectivo de marginados: transexuales y homosexuales que se encuentran al borde de la pobreza y la exclusión social. Estamos ante un relato coral, pero la protagonista es sobre todo Blanca Rodríguez (MJ Rodríguez), mujer trans, de origen dominicano y ‘madre’ de una ‘casa’ que compite cada semana en un ballroom, expresión artística de esta subcultura underground, que consiste en un extravagante concurso de performances, celebrado en un club nocturno, donde se premia la puesta en escena de una fantasía cuyos temas van variando en diferentes categorías. 

En esta subcultura, que tiene sus propias reglas y códigos, nos encontramos con personajes que representan temas sociales: desde el SIDA que padece la propia Blanca; pasando por el gay rechazado por su familia creyente, Damon (Ryan Jamaal Swain) que sueña con ser bailarín; y sobre todo la marginación del transexual, cuya única salida es la prostitución, como Angel -la modelo Indya Moore-. 

Paralelamente, nos encontramos con la historia de un ejecutivo ambicioso, Stan Bowes -interpretado por un habitual de las producciones de Murphy y Falchuk, Evan Peters– que trabaja nada menos que para Donald Trump. Casado -con Patty (Kate Mara)- y con hijos, secretamente requiere los servicios de una prostituta trans como Angel.

Con estos temas, Murphy dirige varios episodios -como ya lo hiciera en la estupenda Feud– que son además una fiesta de música pop -con algunos artistas elegidos a conciencia, como Whitney Houston– que tienen mucho petardeo, y que recrean éxitos del cine ochentero sin rubor –Flashdance (1983)-. Pero también hay escenas provocadoras y hasta incómodas, como el beso entre el personaje de Evan Peters y el de Indya Moore, que parece pensado para sacar del armario a más de uno. Un personaje que mantiene relaciones extra matrimoniales con una mujer transexual, en el cine de los ochenta, habría sido probablemente descrito como un pervertido. En Pose, Stan, a pesar de sus errores, es presentado como un héroe positivo y romántico. Ya solo por eso, esta ficción merece mucho crédito.

La serie se desarrolla en su primera temporada como un melodrama televisivo que podría pasar por convencional, como el episodio navideño, o el dedicado al Día de la madre, cuando Blanca recupera las recetas de la madre que la despreció. Pero, como ya se ha dicho, en esta ficción se tratan temas que pocas veces habrán aparecido en la televisión. La charla sobre sexo homosexual que Damon nunca tuvo con su padre; ver cómo los gays discriminan a los transexuales -echando de un bar a Blanca-; el retrato del personaje de Evan Peters como un individuo -un WASP- cuya existencia no tiene contenido y que se ha enamorado -sin ser gay- de la autenticidad y el coraje de alguien como Angel.

En el mismo sentido, la hipocresía del éxito, reflejada en esos ejecutivos -Dick Ford (Christopher Meloni)- que prefieren que su amante trans -Elektra (Dominique Jackson)- siga teniendo pene. O también el deseo de Elektra -su lucha- por hacerse la operación de cambio desecó; las penurias de Candy (Angelica Rosa) y Angel para inyectarse silicona, y ser más voluptuosas en una clínica clandestina; la tensión antes de recibir los resultados del test del VIH; el cabaret en la sala del SIDA; la desesperación cuando ser seropositivo era una condena de muerte. ¿Cuántas ficciones televisivas que hayamos visto se interesan por esto asuntos? Pose lo hace desde una postura didáctica, reivindicativa e incluso combativa. Pero sin olvidar que debe entretener a un público para mantenerse en antena. De hecho, el final de la primera temporada acababa interesándose más por el lado lúdico de sus tramas: los varios enfrentamientos entre las ‘casas’ por ganar premios en el ballroom, en los que la ‘casa de Evangelista’ deberá derrotar definitivamente a la de Elektra Abundance -y a otros antagonistas que surgirán durante la historia- en un cierre digno de una película ochentera del estilo de Rocky o Karate Kid

La segunda temporada se sitúa en 1990 y presenta dos líneas temáticas complementarias. En el primer episodio, Acting Up, vemos, por un lado, la reivindicativa, centrada en la epidemia del SIDA y en los movimientos activistas para luchar contra la enfermedad, como Act Up -recordemos la estupenda cinta francesa 120 latidos por minuto (2017) sobre el mismo asunto-. Paralelamente, Angel será animada por Blanca a probar suerte como modelo -Indya Moore es una famosa modelo en la vida real y su biografía, muy similar a la de su personaje- convirtiéndose en una Cenicienta trans. Mientras tanto, Blanca, que ha descubierto que ha desarrrollado la enfermedad, sueña con que el éxito de la canción Vogue de Madonna abra el camino hacia la aceptación de su comunidad.

El segundo episodio, Worth It, mantiene el tema del SIDA y añade una nueva reivindicación cuando Blanca es discriminada al intentar emprender su propio negocio. La serie introduce aquí, de forma algo superficial, la especulación inmobiliaria y la gentrificación como nuevos campos de batalla temáticos, mientras aparecen tramas más ligeras como los líos sentimentales de Damon y una nueva ‘casa’ que entra en la escena de los ballroom, comandada por Elektra. Esta es la protagonista de una subtrama macabra y divertida en el siguiente episodio, Butterfly/Cocoon, en la que se enfrenta a la muerte accidental de un cliente masoquista de sus servicios como dominatrix. Denunciar dicha muerte equivaldría la cárcel para una transexual afroamericana como Elektra, por lo que se ve obligada a deshacerse del cadáver, en un guiño a El corazón delator de Poe. Además, los temas sentimentales se siguen liando, ahora entre Lil Papi (Ángel Bismark) y Angel, situación que se complica cuando ella se acerca al éxito como modelo. El episodio, por cierto, se beneficia de tener unos 10 minutos menos de duración, que agilizan la narración y enfocan las tramas. 

En referencia al ‘cabaret del SIDA’, que organizan Pray Tell –Billy Porter, nominado al Emmy- y Blanca en el hospital, un diálogo de ella resume el espíritu de Pose: “ofrecemos espectáculo pero removemos conciencias”. El episodio Never Knew Love Like This Before, es probablemente el mejor y más emotivo de la serie: la muerte de -atención spoiler- Candy genera un material dramático profundo que demuestra una de las fortalezas de Pose: sus personajes. A pesar de un elenco nutrido, conocemos a estas personas y hemos aprendido a compartir sus anhelos y frustraciones. Candy era uno de los personajes más divertidos de la serie: chunga, protagonista de un runnig gag chorra que la hacía meterse en categorías de los ball para las que no era adecuada, capaz de mantener los diálogos más rápidos, crueles e ingeniosos con Pray Tell. Su muerte añade capas al personaje, redondeándolo y sobre todo dotándolo de humanidad -la visita de sus padres al funeral-. El episodio está construido con sencillez, a través de fantasías: Candy habla sucesivamente, desde la muerte, con sus compañeras y luego protagoniza un último ball. La historia denuncia, además, la marginación del colectivo transexual, cuya exclusión le coloca en situaciones de riesgo. Pero sus muertes no serán investigadas, no aparecerán en las noticias y muchas veces, ni siquiera serán lloradas por sus propias familias. 

En un tono completamente lúdico, What Would Candy Do?, es otra historia en el molde de cumplir sueños y buscar el éxito. Damon tiene la oportunidad de hacer una audición para participar en una gira de Madonna -el éxito de Vogue es un leitmotiv de la temporada-. Pero todo se complica cuando su ex, Ricky (Dyllon Burnside) también es elegido para el casting, por lo que el lío sentimental entra en juego. La casa de Elektra, de la que forma parte Ricky, decide tomar medidas al más puro estilo Tonya Harding, pero la sangre no llega al río. 

Love’s in Need of Love Today tiene un contenido dramático, por centrarse en las numerosas muertes que se cobró el SIDA en los años 80 y 90, pero acaba siendo un episodio musical, ya que se trata de una nueva edición del ‘Cabaret del SIDA’. En la primera parte, Pray Tell es ingresado en el hospital donde sufre alucinaciones y la visita de fantasmas de su pasado, en lo que parece una recreación de All That Jazz (Bob Fosse, 1979). La idea es buena y luego se desarrolla con varias actuaciones musicales, incluida la canción de Stevie Wonder que da título al episodio. Pero la mejor interpretación es sin duda la de la malvada casera, Frederica Norman (Patti Lupone), que sorprende tanto por su gran voz, como por la maldad de su personaje de opereta.

Blow da un giro inesperado con respecto al optimismo del que Pose ha hecho gala hasta ahora. Blanca y Pray Tell asumen la responsabilidad de ser de los pocos supervivientes del SIDA para echar una mano a los jóvenes decaídos tras el fin de la moda del Vogue de Madonna, la muerte de Candy, y otros golpes de la vida. Para animar a los jóvenes, deciden llevar a cabo una estrafalaria protesta, como es colocar un condón gigante sobre la casa de la malvada casera Frederica. Además, Angel consigue una importante campaña y formaliza su relación con Lil Papi. Pero todo se tuerce: está última pareja se inicia en el consumo de cocaína, Blanca recupera su negocio pero es amenazada por Frederica, y Ricky da positivo en el test de VIH.

Todos estos conflictos estallan en el siguiente capítulo, Revelations, que lleva la metáfora de la ‘madre’ hasta el extremo: los ‘hijos’ de Blanca, con sus virtudes y sus defectos, abandonan finalmente el nido, tras haber madurado. El tema de la maternidad, la educación y la responsabilidad para con los hijos, para con las nuevas generaciones, está en Pose y posiblemente en varias temporadas de Glee y American Horror Story, por lo que se puede hablar de una preocupación temática recurrente en el tándem de Falchuk y Murphy. El episodio es seguramente excesivamente dramático, pero rompedor: el consumo de cocaína de Blanca no es presentado de una forma moralizante, sino como una opción; la sorprendente relación entre Ricky y Pray Tell es juzgada por el entorno social, pero el mensaje es que también es importante la felicidad del individuo por encima de los prejuicios. La escena de sexo homosexual, entre afroamericanos, larga y detallada, me parece rompedora en una serie de televisión mainstream.

Life’s Beach es un episodio algo gratuito que se justifica en el amor por los personajes. Si te han conquistado hasta ahora, lo disfrutarás. Blanca, Angel y Lulu (Hailie Salar) se van a la playa aprovechando la casa de otro cliente masoquista de Elektra. Un viaje de chicas que podría ser el argumento de una comedia romántica o de un episodio de Sex in The City, solo que en este caso las chicas son trans y eso modifica su historia: desde cómo se ponen el bañador hasta cómo son (mal) tratadas en un restaurante de lujo. Blanca vive además una romántica fantasía con un socorrista que estudia para ser médico tras morir su madre de cáncer.

Por último, In My Heels, es un epílogo, una despedida de todos los personajes: la fantasía del éxito de Angel se estrella con la realidad, Damon triunfa para mantener el legado de Blanca y la ‘casa Evangelista’. La propia serie cuestiona el significado de los balls, similares a concursos de belleza en un exceso, quizás, de corrección política. El número final resulta atrevido en su reivindicación de los excluidos utilizando el himno de los Estados Unidos como emocionante canción de cierre en un claro mensaje sobre lo que debe ser un país democrático y tolerante.