En el terreno literario, 2020 fue un año muy irlandés para quien escribe, con varias lecturas recomendadísimas tratando la convulsa época de «los Troubles». Pero todavía quedan «balas en la recámara». Es el caso de este Por los buenos tiempos, reencuentro con el escocés David Keenan tras el estupendo Memorial Device, de nuevo gracias a Sexto Piso. Una novela cortante, desbocada y surrealista sobre los escalofriantes años setenta en el norte de Belfast. Una historia de iniciación y supervivencia anárquica, poliforme y vertiginosa.  

Por los buenos tiempos nos sitúa en Ardoyne, conflictiva y empobrecida área de mayoría católica en la capital norirlandesa. Allí nos encontramos con Sammy, Tommy, Barney y Patrick, cuatro jóvenes descerebrados, deseosos de poner su ira, testosterona y pocas luces al servicio de la lucha por la unificación de una Éire libre, aunque la política en realidad les interese cero comparada con sus colegas, la juerga y un estatus glamuroso, pseudo heroico —real o en sus cabezas—. Carne de «provo» —miembros del IRA Provisional— en el período más crudamente febril del conflicto. Una pandilla cuyas vidas van a quedar eternamente marcadas, o seccionadas, por la violencia.    

Y es que Por los buenos tiempos es un relato de lo indisociable que fue la contienda de la existencia de varias generaciones de norirlandeses. Narrado mayoritariamente —excepto un brutal episodio contextual, post Bloody Sunday, en la embajada británica en Dublín, y los pasajes de delirio-cómic, unos esotéricos «Vengadores» provos, que «comen aparte»— por la locuaz y sinpar voz de Samuel «Sammy» McMahon desde la cárcel de Maze, leemos sobre las andanzas del cuarteto. Unas peripecias que incluyen borracheras, conciertos, relaciones familiares, amistades, devaneos amorosos… entremezcladas con crímenes, luchas intestinas, secretos, mentiras y muertes. Que estos sean los buenos tiempos es la broma definitiva.

La profusión de escenarios, subtramas y tonos narrativos, aboca al lector a una sensación de caos que no decrece durante el libro. Tiene toda la lógica, ya que refleja el persistente sinsentido de esos «años de plomo». Sin embargo, creo que, a veces, a Keenan se le va la mano y la novela presta más atención al impacto —la gamberrada automovilística con canción del ubicuo Perry Como, la grotesca orgía— y la originalidad en la puesta en escena que a su satisfactorio desarrollo. Muy al estilo de un cierto tipo de cine, la combinación de hiperviolencia, humor caústico y abundantes puntos de fuga —espiritismo y Aleister Crowley incluidos— hace de Por los buenos tiempos un cóctel tan intenso como, en ocasiones, autoindulgente…

… ¿O quizás Keenan sabe exactamente lo que quiere contar? Otra probable lectura de la novela es aproximarse al horror abrazándolo, señalando lo delirante y grotesco de unos colectivos antagónicos —o no, atentos también al dibujo de la conspiranoia y corrupción interna—, enfermizamente dispuestos a cualquier cosa para causar dolor y salirse con la suya… signifique eso lo que signifique. Diría que en Por los buenos tiempos, el autor escocés usa la aparente evasión, los desvaríos, el lado más deforme de la ficción en definitiva, para retratar el absurdo y lo abominable. «¿Y si la verdad es un pozo apestoso lleno de cuerpos?» nos dice Sammy. No hay nobleza en la guerra. Solo extravagancia, estupidez, delirios de grandeza y barbarie. 

Además, Por los buenos tiempos tiene múltiples elementos a disfrutar y destacar. Para empezar, es un prodigio de ritmo. A renglón seguido, la prosa de David Keenan brilla en infinidad de pasajes, escenas espídicas —secuestros, palizas, el atentado en el Hotel Europa— en las que, igual que con su compás narrativo, la sólida traducción de Francisco González López no pierde comba. Su labor como periodista musical también se manifiesta en el libro, siendo un factor relevante en el mismo, introduciéndonos en el underground norirlandés de la era punk y post-punk —asistimos a un bolo de los mismísimos Clash— más allá del almibarado crooner italoamericano ya mencionado. La ecléctica banda sonora de la bisoña rebeldía.

Porque, finalmente, Keenan nos está hablando de una juventud cuya cotidianidad y cultura era la violencia y, en donde el estatus social se fraguaba siendo su mejor ejecutor posible. Una querencia por la destrucción que obnubila, intoxica y forja relaciones salvajemente deformes —ahí tenemos la esencial subtrama de Kathy—. Una irrealidad que hace que el asesino, esbirro de algo que ni siquiera entiende, se crea una estrella de rock local… o un aspirante a mártir. Quizás la novela no alcance el equilibrio entre la reflexión y la celebración vacua de la violencia, pero Por los buenos tiempos es un viaje en primera clase al corazón de la locura.