Por la magia es el segundo álbum de Los Perdidos, el mejor grupo de música surgido en este país a finales de los noventa. Y, Por la magia sirve de título a la historia de los miembros del conjunto, Álex, Lidia, Nico y Martín. Este es el punto de partida para un imaginario, que vive de experiencias, sean propias o próximas, ya que en innumerables ocasiones ese es el peaje del autor novel. 

Manuel Moreno narra primero al ralentí para más tarde imprimir mayor vigor a las azarosas vidas del cuarteto protagonista, desde la adolescencia hasta los 40 años. Sin un personaje que se imponga al resto, Martín, que ejerce de cronista, tal vez el escritor mismo, es quien lleva la voz cantante en cuanto al relato de situaciones y relaciones. 

Esta primera novela del autor se puede interpretar como una obra de iniciación, cuyo eje vertebrador en la parte inicial de la misma es conseguir entrar en una casa, presuntamente abandonada. En ese punto, la historia se puede entender como costumbrista. El poso literario se encuentra en la descripción del éxito de Los Perdidos, en los bares y garitos de Malasaña y en el sonado chasco que supone la no obtención del éxito esperado con el segundo álbum. Más adelante, el novelista se esmera en la exposición, sobre todo, del desaliento, cuando los protagonistas tropiezan con sensaciones no experimentadas y se enfrentan entre sí desde percepciones contrapuestas. No todos entienden por igual el inexorable sentido del paso del tiempo. 

El narrador incide en emociones y geografías y radiografía sin hiel, pero con pesadumbre, el negocio musical. Moreno también ha sido productor discográfico; por tanto, sabe de qué habla y acierta a la hora de plasmar alegrías y sinsabores, matizadas en las opiniones de los jóvenes protagonistas.    

Descubrir la Casa de las Beatas, su historia y su vejez, así como sus recovecos, sus muebles, el patio, la luz que los acuna, y quienes la habitan es otro de los logros de la narración. Sin saberlo, Lidia se convertirá en el nexo entre los tres chicos y la casona, a la que un día cualquiera del verano castellano, monótono y soleado, cien veces vivido, la ven salir del lugar, en bicicleta. Estamos a principios de la década de 1990. Los amigos descubrirán un mundo que presidirá la mitad de sus vidas.  

En esa casa, Lidia atiende las necesidades básicas de su tío, Federico, regresado de París, una suerte de anacoreta, que ni practica la vida contemplativa, ni hace penitencia. Se desenvuelve entre el vademécum, pues para todo tiene un remedio, en su ordenado caos documental –“escucha este disco, lee este libro, hojea este cómic o revista, mira esta película”– y la erudición, pues diagnostica sobre cualquier hecho cultural o disciplina artística que le haya interesado a lo largo del s. XX. 

Federico, que no desea volver atrás, los apremia a que vivan con pasión su adolescencia. Él, en definitiva, los encamina a montar Los Perdidos. Al hacerlo, sus vidas entran en «el otro lado». Esta suerte de mentor vive envuelto de los elementos de un tiempo anterior, compuesto de cintas de casete, de discos de vinilo, de fanzines –el narrador es un especialista de la memoria y arqueología de este medio de comunicación, producido de manera amateur– y de películas en VHS.  

Los capítulos, como marcas de memoria que son, cogen vuelo, desde la ternura, que no compasión –la carta de Álex a Martín es un ejemplo esclarecedor–, a la manera de cómo se descomponen los lazos entre los cuatro amigos. La particular y elástica relación entre Lidia y Martín es más habitual de lo que parece y más negada de lo que se sospecha en la realidad. La dificultad para reconectarse con uno mismo la encara el novelista con la naturalidad de quien, cuando menos, la ha vivido de cerca. En su debut, Manuel Moreno yuxtapone, desde la armonía, el deseo de vivir y la fantasía del éxito en el que los conflictos y las decepciones casi nunca se resuelven con lenidad. No cunde la tragedia, pero los egos desbocados suelen ser soberbios. Mediante el protagonismo de Lidia y Federico, el autor se decanta por la disonancia, sin llegar al abismo. Cuando el espejo de la vida indica que no hay vuelta atrás, hace uso de una finura que permite encajar mejor el desencanto. Con elegante tristeza.