Planta permanente -ganadora en el Festival de Cine Iberoamericano de Huelva- es uno de los mejores retratos del ecosistema laboral que se hayan puesto en una pantalla de cine. El director argentino Ezequiel Radusky plantea una historia tan sencilla como efectiva y, sobre todo, reconocible. Las protagonistas son Lila y Marcela -interpretadas por Liliana Juárez y Rosario Bléfari– dos amigas que trabajan como limpiadoras en un edificio gubernamental cuya vida cambia con la llegada de una nueva regidora (Verónica Perrotta) que amenaza con ponerlo todo patas arriba. Peligran, por tanto, los contratos temporales y sobre todo la economía ‘sumergida’ con la que Lila y Marcela redondean su precario sueldo. Ambas gestionan un comedor en el edificio que funciona de forma irregular y del que se han hecho la vista gorda las administraciones precedentes. La clave de la película es cómo las dos amigas, de clase trabajadora, acaban enfrentándose en lugar de colaborar para “luchar” contra los supuestos enemigos que ocupan los puestos de poder.

Planta permanente dibuja, con una mirada documental y utilizando el retrato costumbrista, una sociedad de curritos que sobreviven a duras penas y que lejos de apoyarse, evitan arriesgar su puesto y su pequeña parcela de poder para echar una mano. La película muestra también cómo el poder se resiste a cambiar de manos y cómo la burocracia funciona para evitar que los de abajo puedan subir ni siquiera un peldaño. Eso sin presentar a los de arriba como malas personas: simplemente son así. Asimismo, el sistema se sostiene por los defectos del alma humana, la falta de solidaridad, el rencor y la envidia, que permiten la perpetuación de la injusticia y la desigualdad.