En América Latina, después de dos siglos de repúblicas meramente representativas –derecho al voto, no siempre universal; y poco más–, marcadas por caudillos, militares y oligarcas, empezaron a surgir movimientos de base que reclamaban sus derechos. El Hermano del Norte; es decir, Washington DC, observaba ese panorama político y social con preocupación. En la década de 1950, en plena Guerra Fría, se instó a calificar esos movimientos populares de «comunistas». De ahí a promover y financiar golpes de Estado no pasó mucho tiempo. La extinta revolución cubana con su crisis de los misiles es un ejemplo. Moscú vociferando contra los norteamericanos y viceversa. 

Los norteamericanos encontraron su zenit represor en los conflictos políticos acaecidos en el Cono Sur, principalmente entre las décadas de 1950 y la de 1980. Chile, Argentina, Paraguay y Uruguay y antes Brasil fueron países arrasados por la hoz de la represión. Lo cierto es que, a día de hoy, «Latinolandia» no encuentra la paz. Ni la prosperidad. Las economías que emanan del capitalismo salvaje arrasan con los derechos más elementales. Síntoma de ello son las permanentes devaluaciones, la economía dependiente y la desaparición de la clase media. En los años 70 llegaron a Europa miles de ciudadanos latinoamericanos, y muchos convirtieron París en su lugar de exilio. Es uno de los escenarios de lucha política y creación artística en que se desarrolla la obra de Ángel de la Calle (1958). 

Desde la acción política, entendida como elemento didáctico, el autor construye una novela gráfica, por momentos, negrísima, sin caer en el exabrupto de banalizar el horror, en que se cruzan las hazañas vitales, los errores estratégicos, el desvanecimiento de una idea de igualdad entre todos y las ganas de alimentar el sueño de volver a casa, aunque sea clandestinamente. En origen, Pinturas de guerra se publicó en 2017. Este año, el historietista presentó en el Ficomic una edición ampliada, en la que desarrolla y pone fin a la vida de algunos de sus personajes porque aún le quedaban ganas de «hacer justicia donde la realidad no puede». Cuando el certamen se llamaba el Saló del Còmic premió esta obra como el mejor cómic de 2018. 

La lección de historia contemporánea que supone esta novela gráfica se desenvuelve en dos líneas argumentales que basculan entre la política y el arte de vanguardia como tal. Y, también, como elemento político, tiene un valor determinante. El argumentado de Pinturas de guerra es un escritor que se traslada en los estertores de la dictadura franquista a París para escribir un libro sobre Jean Seberg, una actriz que deslumbró tan rápido como se desvaneció. Pero recordada por un film clave de la Nouvelle vague. Y se sitúa sin saberlo en la vorágine de un grupo de pintores latinos, exiliados y avanzados a su tiempo. Por activa y por pasiva, el propio autor no solo forma parte de la trama, sino que en un sentido narrativo decide alterar el flujo informativo que, por extraño que parezca, no complica el relato, al contrario. 

En lo gráfico, plasmado en un rotundo blanco y negro, la estructura se sostiene en tres tiras por página, que el dibujante no duda en romper, alterar o suprimir y, en ocasiones, sumergirlas en fondos difusos que acentúan la acción y las situaciones y los personajes. El realce visual, también se beneficia de los enérgicos efectos de luces y sombras. Ángel de la Calle, reconocido teórico del medio, traza con firmeza y compromiso la historia de una derrota.Pinturas de guerra deja una reflexión sombría. Estados Unidos como Europa muestran el exilio como una anomalía, cuando en realidad es un problema estructural de la redistribución del poder, la riqueza y los recursos naturales. Soñar con una vida mejor se convierte en un desafío a ojos de los poderosos, atrapados también en sus propios miedos.