Sin hilos

Cada película animada con la técnica de stop motion -fotograma a fotograma- es un milagro y la versión de Pinocho salida de la cabeza de Guillermo del Toro -estrenada en Netflix- es un precioso regalo. El director mexicano es un friki de la animación artesanal que ha contado con los mejores animadores y artistas -codirige Mark Gustafson– para llevar a cabo su visión de un personaje cuya imagen canónica sigue siendo la del clásico de Disney de 1940. El resultado es, visualmente apabullante, precioso, una gozada, a pesar de algunas incoherencias estilísticas que quizás se pueden achacar al trabajo coordinado de diferentes estudios de animación. Aún así, la obra que cobra vida en la pantalla tiene la huella de Del Toro y sus señas de identidad aparecen claramente. Al clásico relato sobre Pinocho, en el que un muñeco de madera cobra vida para alegría del solitario Geppetto (David Bradley) se le agregan un tema de fondo: el fascismo, que aparece ya en cintas dirigidas por el mexicano como El espinazo del Diablo (2001), El laberinto del Fauno (2006), relacionadas estas también con el universo infantil, y en la oscarizada La forma del agua (2017).

La trama ocurre en la Italia de los años 30 y Pinocho acaba convertido, claro, en una marioneta del autoritarismo. El personaje que nos presenta Del Toro es un niño rebelde, un pequeño salvaje que se niega a seguir las normas y que, como el Pinocho de toda la vida, debe encontrar esa brújula moral que le devuelva a los brazos de su padre adoptivo. Aquí Geppetto es un personaje más trágico, con más sombras y el relato incide, con más ahínco de lo acostumbrado en una cinta familiar, en el problema de la muerte, curiosamente inevitable para todo el mundo, menos para el propio Pinocho (Gregory Mann). Los dos personajes principales brillan y son muy humanos, acompañados de un excelente Grillo interpretado por Ewan McGregor. En su línea, Guillermo Del Toro imprime en el relato momentos de terror: cuando Pinocho cobra vida, se retuerce en posturas imposibles que le acercan a los monstruos de buen corazón que suelen poblar la filmografía del mexicano, que además nos regala una imaginería fantástica marca de la casa en el diseño del hada madrina (Tilda Swinton). La propuesta se redondea con una excelente música de Alexandre Desplat que le ha valido la nominación a los Globos de Oro a la mejor banda sonora y canción original.